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Rigurosamente incierto

Deberes humanos

Opinión

Por   | LA NACION

Sobre derechos humanos ya se habló bastante y todo el mundo entiende a cuáles derechos se hace mención y de qué tratan. Caramba, no pasa lo mismo con los deberes humanos, y eso que la convivencia civilizada sólo es posible cuando a ella concurren del bracete ambas fuerzas, igualmente robustas y bien pertrechadas, para complementarse con pareja templanza y con pareja bravura. Ocurre que la política ha distorsionado esta certeza, acaso porque los derechos humanos son la mar de simpáticos y juegan importante papel en toda disputa proselitista, en tanto que los deberes humanos tienen facha adusta y andan siempre buscando camorra, creando obligaciones que por vileza, viveza o torpeza (o bien por fiaca) más vale desoír. La realidad social y tantos políticos de morondanga demuestran que una rara conjura genética ha hecho posible que los argentinos sean renuentes al cumplimiento de los deberes humanos.

Por mandato constitucional, ningún individuo puede impedir el camino a otro, pero a diario resulta sencillísima la comprobación de que tal premisa es graciosamente violada, casi siempre con auspicio de quienes deberían preservar el orden y el libre tránsito. Veamos un ejemplo ya clásico de duplicidad divergente y arbitraria: si por un lado el Gobierno ha hecho la vista gorda durante años, prestando anuencia muda, sorda y ciega al bloqueo de dos o tres pasos de la frontera con Uruguay, ¿cómo puede ser que, por el otro, conspicuos gobernantes hayan enronquecido de furia, hayan puesto el grito en el cielo y hayan logrado -mérito notable- que la palabra "oligarquía" resucitara en bocas neoperonistas cuando el piqueterismo agrario cortó rutas intestinas?

Hay automovilistas al volante de carísimos coches importados que con astuta venalidad cubren con un trapo la chapa-patente del vehículo, o que le retocan un número para que parezca otro y así eludir multas, y hay estudiantes secundarios y universitarios que usurpan aulas y cuanto escenario debería servir para que aprendieran a ser personas maduras y responsables, con tantos derechos como obligaciones. Asimismo, se advierte una tendencia a suponer que el ejercicio del poder vuelve omnímodos a sus funcionarios, muchos de los cuales pretenden acreditar facultades para predicar jactancias y ejercer superpoderes. Nada tan pernicioso: un gobierno democrático ha de ser referente esencial de los derechos humanos, pero también de los deberes humanos, a contar desde el módico deber de rendir prolija cuenta de sus actos.

Cuesta admitirlo, pero resulta incontrastable que, extendida a la política, la viveza criolla ha hecho que los deberes humanos sean un perimido guiñapo. .

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