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Carroñeros al poder

Por Rosa Montero

Domingo 23 de noviembre de 2008

En el momento en que escribo estas líneas se acaban de aprobar nuevas medidas de ayuda a la banca, y las bolsas han empezado a subir, pero no sé si para cuando ustedes lean el artículo la situación seguirá apuntalada o yo estaré viviendo debajo de un puente, entre bidones llameantes, esqueletos ferruginosos de chatarra industrial, cartones mohosos y nidos arrugados de cochambrosas mantas, como en el más perfecto decorado de una película antiutópica de ciencia ficción. Exagero, desde luego, pero tampoco tanto: no me digan que ustedes no se han sentido en algún momento un poco así, en el borde del precipicio, en el resbaladizo filo de un tobogán de gran slalom. Los crujidos del sistema financiero al derrumbarse resultan tan atronadores como el hundimiento de un imperio, y la sensación de catástrofe inminente se multiplica hasta el infinito para las personas que, como yo, no entendemos ni un pimiento de las famosas leyes del mercado. Que me parece que somos la mayoría.

Desde luego hay pocas cosas tan esotéricas y oscuras como la macroeconomía. De repente las bolsas se desploman, los bancos tiemblan, los dirigentes del mundo palidecen, y por más que me caliento las meninges no consigo comprender cómo es posible que nuestro sistema fuera tan volátil. Cómo es posible que estuviéramos viviendo dentro de un espejismo sin saberlo. Tampoco tranquiliza demasiado intuir que ni siquiera los llamados expertos parecen tener las ideas claras. La economía debe de ser la ciencia más inexacta del mundo, a juzgar por lo mucho que la pifian los especialistas con sus predicciones. Me parece que fue The Economist el que pidió a los profesores de ciencias económicas, a los ministros de Economía europeos, a los periodistas económicos y a los barrenderos de diversos países que hicieran un pronóstico de cómo sería la situación cinco o diez años más tarde. En 1984, pasado el plazo, publicaron y contrastaron con la realidad las predicciones: como era de esperar, quienes más habían acertado eran los barrenderos. Ya no recuerdo quiénes se habían equivocaron más, si los ministros o los periodistas, pero en cualquier caso todos los expertos se columpiaron lamentablemente.

Esta historia siempre me pareció regocijante y deliciosa, pero ahora, bajo las oscuras sombras de la crisis, resulta más bien estremecedora. Aquí estamos todos, sumidos en el desconcierto y sin saber qué hacer. Nuestro miedo tiene un regusto apocalíptico: ¿aguantará la cosa con las ayudas estatales? ¿O se derrumbarán de verdad el sistema y nuestras vidas? Es algo que puede suceder, que ya ha sucedido en pequeña escala en alguna ocasión: por ejemplo, en la Alemania de entreguerras la inflación era tan brutal que los sellos de las cartas con las que los bancos te comunicaban el cierre de tus cuentas costaban más que los ahorros de toda tu vida, y los sueldos se pagaban todas las jornadas a mediodía para que la gente pudiera comprar la comida, porque por las noches el dinero ya no tenía ningún valor. ¿Podemos caer en un agujero así? A veces me parece que somos como ignorantes e indefensos plebeyos medievales a la espera de la llegada de la peste.

Y lo peor de este tipo de crisis es que una tiene la sensación de que, si se produjera de verdad una catástrofe, los únicos que se salvarían serían los tiburones.

Pues esa gente, ese tipo de gente indescriptible, y, aún mucho peor, aquellos que tienen el capital en las islas Caimán y alrededores, serían los supervivientes, los triunfadores, los que saldrían reforzados del desastre. En todas las épocas de crisis han medrado los seres carroñeros. Estraperlistas y desaprensivos se hacen de oro en los tiempos revueltos y terminan convertidos en respetables próceres. Esto es lo que más me desconsuela, lo que más me irrita.

revista@lanacion.com.ar

La autora, española, es periodista

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