Si usted es una persona con dificultades visuales, navegue el sitio desde aquí

La joven guardia

¿En qué andan las nuevas generaciones de creadores argentinos? Pintura, escultura, multimedia, performance, instalaciones... Al ritmo de la globalización, nada les resulta ajeno

Domingo 30 de noviembre de 2008

Catalina León (27) participó, entre 2003 y 2005, del Programa de Talleres para las Artes Visuales Centro Cultural Rojas - UBA/Kuitca, realizó su primera exposición individual en 2004, y en 2007 obtuvo el primer premio de arteBA-Petrobras con la instalación Pintura para piso y plantas . Este año, el Malba compró una de sus obras y el Museo de Arte Contemporáneo de Lyon, Francia, la convocó para la muestra Rendez-vous . Otro ex becario Kuitca y también con obra incorporada a la colección del Malba, Eduardo Navarro (29), obtuvo en 2006 una beca para "jóvenes talentos" del UBS de Suiza, formó parte de la residencia Aspex Contemporary Art, en Portsmouth, Inglaterra, y este año fue invitado a exponer en una galería de Nueva York. En 2005, Nicanor Aráoz (27) participó del concurso Curriculum Cero, organizado por la galería Ruth Benzacar. Vendió obra a coleccionistas locales, expuso en la galería Sicart de Barcelona y en 2007 su instalación El miedo se conduce en mí a tanta velocidad, intento detenerlo fue seleccionada para el Premio arteBA-Petrobras. Recientemente obtuvo el tercer lugar en el Premio Hotel Panamericano, dirigido a artistas emergentes, y pudo realizar una intervención en las instalaciones del Panamericano Bariloche.

León trabaja con Durlock, escombros, tierra amasada, hasta dar forma a un Nido de hornero para humanos (una de sus últimas obras). Navarro realiza simulacros de casas, dibujos ínfimos, instalaciones inclasificables, como Fabricantes Unidos (una fábrica de budines montada en la galería La Dulce del barrio de Once). Aráoz trabaja con animales disecados, objetos falsamente infantiles, esculturas realizadas con galletitas.

Apenas tres. Sólo tres casos dentro del movedizo y difícilmente acotable magma de artistas de entre 23 y 35 años que en las principales ciudades de nuestro país generan obra, experimentan, trabajan con todo tipo de formato, material o temática y suelen no saber de solemnidades o movimientos consagrados. Según estén ubicados más cerca o más lejos del centro del mercado del arte (o según vengan y vayan de uno a otro de estos puntos), realizan muestras de entre casa, se posicionan en el exterior y, en algunos casos, realizan obras que llegan a cotizar entre 8000 y 12.000 dólares.

Carreras meteóricas, ausencia de toda posible clasificación, una dosis de desconcierto para, al menos, una buena parte del público: ¿la marca del arte más joven que se hace en la Argentina? "En el siglo XXI, buscar el orden... ¿dónde? -se interroga Marcelo Pacheco, curador en jefe del Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (Malba)-. En el mundo del arte, ya todo es global. Todo es post-Kuitca, acá y en todas partes." Lo cual significa que se acabaron los tiempos de las taxonomías claras, los criterios de estilo o generación ("ya no son generaciones; son oleajes", insiste Pacheco). También terminaron los pronósticos fiables. ¿Alguno de estos jóvenes artistas está llamado a ser el próximo referente de las artes visuales locales? Difícil saberlo. Y más difícil aún, lograr que algún especialista lance sus apuestas.

Muchas voces, mil técnicas

"Son chicos que se criaron con el animé, las historias de naves espaciales. La tecnología no es novedad para ellos -se entusiasma el galerista Daniel Abate-. Usan todo: video, escultura, pintura, digital, música, performance. ¿Lo más nuevo? La obra de los que ya están más allá del arte digital."

Considerado por la revista inglesa I-D como uno de los 250 artistas de todo el mundo que van a influir en el arte de los próximos 15 años, el artista, escritor, diseñador y productor Diego de Aduriz (31) participó este año en el sector performance de Límite Sud/South Limit, y afirma: "Estoy como pegado a lo digital". Su proceso creativo transcurre entre seres y mundos con reminiscencias de Xul Solar, y lo despliega en fotologs, performances y cierto engolosinamiento con la velocidad informática -"no por la rapidez en sí misma, sino por su concepción del tiempo"-. Diego vive y trabaja en una casa-taller en el barrio de Constitución. El año pasado, durante unos días convirtió a su hogar en galería y expuso allí su obra. El fragor del mercado del arte todavía no lo desespera; prefiere darle tiempo a la tarea creativa, ocupado en "capturar esas musas que se entremeten entre los subjects del correo electrónico y los msn".

Por su parte, Marianela Fasce (31) divide el tiempo entre su flamante maternidad, el trabajo free lance en publicidad y la exploración en el video, la tecnología 3-D y la animación. Marianela estudió pintura, escenografía y fotografía. Vivió en Nueva York y en Barcelona, y fue directora de arte de Glue, historia adolescente en el medio de la nada , premio al mejor film argentino en el Bafici 2006. Su producción más personal es Novela rosa , un estallido de locura pop en el panorama más bien solemne de la videocreación local. Con guión basado en Corín Tellado, brillante estética kitsch e imágenes en tres dimensiones simuladas por una computadora, fue realizada gracias al subsidio de una fundación catalana y presentada en la Argentina el año pasado. "Me crié yendo a ver obras de Mireya Baglietto, Minujín, Le Parc", recuerda Marianela, justificando así su gusto por la instalación (todas las presentaciones del video se hacen en un marco performático), el humor y la posibilidad de "invitar a la gente a sumergirse en otro mundo".

Integrante de una camada aún más reciente, Ramiro Oller (26) también vive de su trabajo como ilustrador publicitario mientras construye las bases de su perfil artístico. "Algunos piensan que hago arte digital", cuenta, mientras muestra unos acrílicos de trazos limpios, colores intensos y ambiguas superficies arquitectónicas. Su proceso de trabajo comienza con la creación digital de las imágenes, que luego imprime en diapositiva, proyecta sobre tela y, finalmente, pinta. Ayudante de cátedra en el IUNA, con obra seleccionada en tres concursos de pintura y dos cuadros vendidos hasta ahora, apuesta a vivir del arte en un futuro no demasiado lejano. Y no desdeña ninguna técnica: "El pincel, la computadora. Todo son herramientas". Si bien muchos estudian en instituciones como el IUNA, buena parte de los jóvenes artistas prefiere la educación no formal: talleres y clínicas con artistas prestigiosos que, además de brindarles formación, los introducen en el imprescindible tramado de vínculos, conexiones y savoir faire del mundo de las inauguraciones, las muestras, las galerías. "Es parte del trabajo", aseguran. Pero también de la construcción de un entorno desde donde poder dar esa porción de sí mismos que, finalmente, es su creación. Porque, como indica Daniel Abate, "¿qué es la obra?, es un pedazo de ellos; un artista te entrega algo de él". Eduardo Navarro cuenta algo de ese particular ejercicio: "Me gusta la idea de trabajar con las consignas que me da un contexto puntual. Los contextos son para mí parecidos a los moldes de la torta; mi trabajo actuaría como el preparado que, por su propio peso, se acomoda al molde. Quiero empezar también a filmar más y a documentar las experiencias que se generan en mi forma de trabajar; siempre suceden cosas que no preveo y me toman por sorpresa. Quisiera en los próximos trabajos que el resultado final esté solamente dentro de una pantalla, casi como una película".

Ayer nomás

Los orígenes de este panorama pueden rastrearse en la década del 90, cuando se implementaron dos experiencias fundamentales. Por un lado, el programa de clínicas de la Fundación Antorchas, que favoreció el intercambio entre artistas y críticos de todo el país, potenciando tanto la actualización artística como la descentralización (algo visible en la actual pujanza de los medios artísticos de Rosario, Córdoba o Bahía Blanca, por ejemplo). Por esos años también se implementó la Beca Kuitca, cuya hasta ahora última edición -hasta ahora- tuvo lugar entre 2003 y 2005. "En estos circuitos se generan intercambios y comunidades educativas que funcionan en forma paralela a la enseñanza de las escuelas", escribe la crítica Andrea Giunta en el ensayo Air de Buenos Aires , publicado en un catálogo de Daniel Abate Galería. La especialista señala el papel protagónico de la artista Diana Aisenberg como formadora de esas nuevas camadas ansiosas por tomar contacto con un arte contemporáneo más bien ausente en las aulas de las escuelas de arte. Mientras esto ocurría localmente, en el mundo crecía la oferta de bienales, becas y residencias. Una tendencia que, globalización mediante, abriría nuevas puertas a los talentos nativos.

Lejos de entibiar este proceso, la crisis de 2001 lo catapultó. Al ritmo de las calles enardecidas surgieron numerosos colectivos y redes de artistas y no artistas. Algunos directamente ligados con el arte político (Taller Popular de Serigrafía, Argentina Arde, Arde Arte), otros abocados a investigar en herramientas tecnológicas, narratividad y reciclaje (Oligatega Numeric) y, finalmente, aquellos que apostaron a la creación de comunidades de intereses, disfrute y deseos, como el Proyecto Venus, concebido por el artista Roberto Jacoby junto con un grupo de personas vinculadas al mundo del arte.

Otra gran protagonista fue la pintora y escritora Fernanda Laguna, creadora de la galería y editorial Belleza y Felicidad (que estuvo abierta desde 1999 hasta fines de 2007) y cofundadora de la editorial Eloísa Cartonera y la feria Periférica, todos espacios de enorme gravitación entre los sectores con hambre de renovación. El panorama podría completarse con el lanzamiento del premio Curriculum Cero de la galería Ruth Benzacar, el Barrio Joven de arteBA y, en el marco de esta misma feria, el premio arteBA-Petrobras de Artes Visuales. De este modo, el circuito de formación, experimentación y legitimación ya estaba dado. Con el alza del arte contemporáneo en los mercados mundiales la ecuación terminaría de cerrar.

Crear, encontrarse, vender

Es artista, docente y galerista. Aunque esto último surgió casi sin quererlo: a fines de 2004, junto con otros dos artistas -Sandro Pereira y Virgina Vitar- Moira Aguirrezábal expuso obras en su propio hogar. Jardín oculto se llamó aquella muestra íntima, de entre casa. Y Jardín Oculto terminó llamándose la galería que primero funcionó en el comedor, luego en ese ambiente y otro más, y que finalmente "terminó tomando todo". Como curadora, Moira se concentra en "inventar, revisar, construir el espacio del artista joven o emergente". Aquel que estaría entre los 23 y los 35 años. "Aunque la edad no es excluyente -aclara-. Yo busco la obra emergente, la que tiene compromiso con lo contemporáneo." La primera salida "pública" del discreto Jardín Oculto se concretó al presentarse en la feria Periférica, en 2005.

Luego vendría el Barrio Joven de arteBA. Y en diciembre de este año, la mudanza a San Telmo, a un espacio más amplio, con cartel y puerta "a la calle". "La idea es que allí convivan distintas artes -comenta-. Que haya muestras, música, diseño de autor. Queremos crear un ámbito de encuentro y producción." El proyecto de Aguirrezábal es similar al de otros pequeños espacios que también se proponen exhibir y estimular la actividad de los jóvenes creadores sin renunciar al eje comercial: entre otros, La Oficina Proyectista, Cordón Plateado (Rosario), Corazón Cordobés. "Aunque aún falta que se amplíe el mercado y que la gente se habitúe a comprar obra, es un buen momento porque la sociedad está más abierta al arte contemporáneo", asegura Moira.

También artista y galerista, Daniela Luna es un torbellino que asegura: "No hay dualidad. Todo lo que hago es obra. Y no lo es". Tras la inauguración, hace tres años, de la galería Appetite (proyecto basado en "construir puentes, relaciones entre personas y disciplinas"), Luna se perfiló como posible continuadora de la experiencia realizada por Fernanda Laguna en Belleza y Felicidad.

Informal y arrolladora, asegura que, antes que venderle obra a un museo, preferiría "tenerlo a David Bowie de comprador". Lo cierto es que en tiempo récord y con presupuesto mínimo logró abrir su galería, mudarla luego a un espacio más amplio, recibir a curadores extranjeros y hasta inaugurar una sucursal en Nueva York. Pero también es cierto que, unas semanas atrás, un grupo importante de sus artistas decidió desvincularse de Appetite. Más allá de las discrepancias internas que derivaron en esa separación (y de los interrogantes tanto sobre la próxima estrategia de la galerista como de los futuros movimientos de los artistas) el dato confirma que la escena del arte joven está activa, en movimiento y absolutamente vital.

Diana Fernández Irusta dfernandez@lanacion.com.ar

El talento, esa discusión

Respecto del arte joven, no todas las voces son complacientes. Así, la galerista y teórica Florencia Braga Menéndez asegura: "El concepto de emergente me parece siniestro. ¿Emerger de qué? Se tiene talento o no se tiene". Segura de que "no hay que sucumbir a la fascinación por lo nuevo", Braga Menéndez reconoce, no obstante, que la identificación de talentos "es la parte más divertida del asunto" . Orly Benzacar coincide: "Lo más interesante es detectar el talento. Ver dónde hay ideas, conceptos, sensibilidad". Pero en cuanto a la posibilidad de descubrir al joven talento que sea la gran figura del mañana, es tajante: "Es imposible predecir. Un pibe de veintipico puede dar mil vueltas antes de consolidar un camino". De la experiencia de Curriculum Cero, el premio que organiza su galería, le gusta citar el caso del rosarino Adrián Villa Rojas, ganador de la convocatoria hace unos cinco años. El artista, que tenía 22 en ese momento, no fue a recibir el premio porque ese día tocaba con su banda de rock. Benzacar recuerda que en la obra presentada por Villar se veía "un concepto, una poesía" que hablaban de un creador en germen. Recientemente, Villa Rojas presentó la muestra Lo que el fuego me trajo .

Lara Marmor, curadora de la galería 713 Arte Contemporáneo, considera que en la actualidad, efectivamente, "se palpa una ebullición. Muchos chicos quieren ser artistas. Pero hay mucha ansiedad, excesiva voracidad por parte de la crítica y del mercado para captar eso que se llama arte joven . El problema es que a veces no se deja decantar el proceso natural de la obra". Entre los más jóvenes de 713 Marmor destaca a Débora Pierpaoli (29) y Estanislao Florido (31), y sintetiza su idea de talento artístico: "Alguien que en su obra pueda unir placer estético con inteligencia".

Vivir del arte

El taxi avanza por Puerto Madero rumbo al Faena Hotel, donde se aloja Vicente Todolí. El director de la Tate de Londres se mueve a mil. Fundó el IVAM de Valencia, creó la colección del Museo Serralves, en Portugal, estudió en Harvard y en el 2000 fue fichado por la Tate, que es decir el templo del arte actual. En Buenos Aires, luego de visitar galerías y museos y dictar un seminario en el Centro Cultural de España, resistió estoicamente la porteña hospitalidad opípara, que se traduce en múltiples comidas. Relajado en el taxi, habla de lo que más le gusta: arte contemporáneo y vinos. Lleva en su Moleskine de bolsillo una lista de los vinos argentinos de alta gama que no quiere perderse y, también (ojo, el orden de los factores no altera el producto), una de artistas argentinos.

Casi es un lugar común decir que quienes nos visitan se asombran de la escena efervescente, de la multiplicación de galerías, de premios, libros, ferias, espacios alternativos, de plataformas internacionales y carreras informales. La explicación más a mano tiene que ver con la expansión que siguió a la crisis de 2001, cuando los artistas, capaces de arreglarse con su talento y acostumbrados a vivir con poco, pasaron de la noche a la mañana a ser Gardel.

Los noventa, con el arte Light, el Rojas, la becas Kuitca, el sótano de Florida del entonces ICI, la creación de la Fundación Proa y el salto fenomenal que significó Internet, con el acceso directo a la información caliente del arte recién salido del horno, abonaron el terreno para que en el siglo XXI despertara y creciera el fervor por el arte contemporáneo.

Pero a no llamarse a engaño. Nadie prometió un jardín de rosas: en la Argentina de hoy hay más producción que mercado, y los coleccionistas de verdad (no los que compran arte porque está de moda) se cuentan con los dedos de una mano. Los galeristas se quejan de pocas ventas, y ferias como arteBA siguen siendo la mejor vidriera de comercialización por la concentración de la oferta, el efecto contagio y la existencia del Barrio Joven, que siempre puede deparar la sorpresa de encontrar una perlita por poca plata.

El camino del éxito está sembrado de espinas, aunque algunos artistas tienen la suerte de comprar el billete ganador. En la Argentina de 2008, la escalera a la fama tiene varios peldaños: Curriculum Cero, los premios Petrobras y la cadena nacional de distinciones, que se ha multiplicado desde que el arte está de moda, son el acceso seguro a la primera muestra y al primer catálogo. Aunque ya se sabe: una golondrina no hace verano.

Por Alicia de Arteaga Editora de Arte de adnCultura

Te puede interesar