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Lolas

Domingo 30 de noviembre de 2008
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PARA LA NACION

Nunca me molestó tener senos pequeños. Al contrario. Como de jovencita me gustaba hacer ballet, sentía que mi cuerpo se parecía al de la mayoría de las bailarinas famosas: menudas, bajitas y de pechos muy chicos. Después no fui bailarina, pero igual siguió sin importarme. Vivía en Venezuela, iba a la playa todos los fines de semana y me ponía bikini sin problema.

El problema empezó después de que llegué a Argentina. En un momento dado me di cuenta de que yo, que nunca me pinto, que tomo vino pero tiendo a comer sano, y que jamás me hago las uñas, estaba pensando en hacerme las lolas. Algo que no tiene nada que ver conmigo.

¿Por qué? Porque mis senos pequeños empezaron a avergonzarme. Y eso que no veo televisión. Pero bastaba con que saliera de casa para ver por todas partes carteles publicitarios, tapas de revistas y vidrieras de negocios mostrando mujeres con unos pechos de tamaño y turgencia descomunales. En el gimnasio al que iba, todas menos yo las tenían hechas. Al principio me parecía raro ver tantos senos perfectos. Después, la rara era yo.

Fui a un cirujano. La persona que me lo recomendó dijo que era el inventor de un nuevo tipo de cirugía para las mujeres operadas de cáncer de seno. Parece que había inventado un modo de reconstruirlos de a poco, pezón incluido. Cuando entré al consultorio no podía dejar de sentir vergüenza por la banalidad de mi deseo. Pensé que antes de verme estaría preguntándose: "¿Qué clase de paciente será esta?, ¿la que realmente lo necesita o la que no".

Me dijo que lo primero que hacía era hablarles a sus pacientes del riesgo de la cirugía. Explicó de qué manera reacciona el cuerpo ante la presencia de un elemento extraño. Dijo que es erróneo decir, como dicen muchos, que la prótesis se "encapsuló" porque en realidad alrededor de todas las prótesis se hace una cápsula. Recordé una amiga a la que una bala le había pegado por error y se le quedó incrustada en la frente sin causarle ningún daño; ni siquiera una mínima infección. Encapsular la bala o la silicona es la manera del cuerpo de protegerse de un invasor.

-¿Entiende lo que le estoy diciendo? -dijo.

-Sí -contesté. -El cuerpo encapsula al enemigo para neutralizarlo y seguir adelante con la vida.

Haciendo dibujos sobre un papel para ilustrar sus palabras, el cirujano siguió diciendo que el problema surge tan sólo en aquellas ocasiones en que la cápsula empieza a contraerse. Cosa que ocurre en cerca del diez por ciento de los casos. Entonces aprieta la silicona, el seno se endurece, cambia de forma, se arruga y produce dolor.

El hablaba y yo no podía dejar de calcular.

-¿Diez por ciento para las dos, o diez por ciento para cada una? -pregunté.

El levantó la vista del papel. Me miró como a un animal extraño.

-Nunca me habían hecho esa pregunta -dijo. Se acomodó los anteojos. Agregó: -Diez para cada una.

-Entonces la probabilidad es del veinte -contesté.

El médico puso cara de asombro. Apoyó sobre el escritorio el bolígrafo con el que había estado escribiendo, y dijo:

-Usted no se va a operar nada.

Salí de ahí orgullosa de mis dos pequeños senos. Sólo si alguna vez pierdo uno volveré a ver a ese doctor.

revista@lanacion.com.ar

La autora es escritora y periodista

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