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Cuánto y cómo duermen los adolescentes

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PARA LA NACION
Domingo 07 de diciembre de 2008

Mariano, de 14 años, llegó a una consulta psicológica luego de un par de meses en los que entraba, desde la tarde del viernes hasta el domingo por la noche, en un estado de letargo. Se despertaba para comer, y al rato seguía la ruta del sueño que lo llevaba a saltearse el fin de semana entero. Sin amigos, sin deseos, sin vitalidad, encontraba en el dormir un parapeto que lo protegía de la angustia y la soledad.

Dormir en demasía es uno de los indicadores de inicio, de anuncio del proceso puberal. Asociada a la revolución hormonal que acompaña al crecimiento alrededor de los once años, un incremento en las horas de sueño augura el comienzo de una nueva etapa.

El modo de dormirse también adquiere características singulares: se desploman, se duermen vestidos, con los zapatos puestos, la luz encendida, el cuarto revuelto. Un sueño profundo los desconecta de tal modo que al despertar les cuesta mucho despabilarse, salir de la cama, recuperar sus reflejos y vitalidad.

Defienden y usan su habitación como un reducto propio en el cual atrincherarse. Piden respeto por su privacidad, aunque generan a menudo con sus actos comportamientos opuestos a los que proclaman. Luces sin apagar, restos de comida acumulados, velas que quedan encendidas en su ausencia, obligan a quienes con él conviven a entrar en su territorio.

El dormir en exceso es, en la adolescencia, un indicador para no pasar por alto. La falta de horas de sueño durante tiempos prolongados también produce desajustes en la ecología de la vida cotidiana que vale la pena evitar. A veces, prescindir del dormir es vivido por los chicos como una proeza. Seguir de largo sin dormir, algo que en la jerga actual se denomina maratón, supone por definición una duración excepcional y es ostentado entre ellos como evidencia de fortaleza y resistencia.

La noche ofrece también un perfil sensual. La penumbra, la luz de una vela, la luna, ciertos brillos, maquillajes, la tornan seductora. La fantasía la elige como escenario apto para la conquista, la pasión, el contacto de piel. La textura de la noche, su atmósfera llena de contrapuntos entre el silencio profundo y el ruido estruendoso, entre las sombras de la oscuridad y las luces de neón, son el lugar propicio para el encuentro con el placer.

Placer en un sentido amplio: el de una cena con amigos, una charla íntima, un espacio para ver y compartir una serie en DVD, una reunión, un café, un asado, un encuentro de pareja.

En este contexto, los conciertos masivos, entre ellos, los recitales de rock, son para los jóvenes espacios vitales porque los reúnen, los alojan, los habilitan para el contacto y el movimiento, legitimando así una pertenencia masiva. Sonidos a todo volumen, calor humano, horas de espera, graffiti indelebles en el propio cuerpo, hacen a la necesidad adolescente de buscar estímulos que les permitan reconocerse con identidad.

Pero, también, la adolescencia es terreno fértil para estados de desdoblamiento, en los que conviven aspectos de la persona que funcionan en sintonía con la realidad junto a otros que, regidos por la omnipotencia, alimentan la fantasía de invulnerabilidad. En esos momentos, los riesgos son desmentidos. Es allí donde ocurren descuidos, atropellos cuyos efectos y consecuencias pueden tener alcances inconmensurables.

Intentar comprender ciertas vicisitudes de la adolescencia no significa justificar; menos aún, avalar todo. "La parentalidad descaecida [debilitada] ante el agobio de lo social circundante acucia en el hijo como una suerte de fondo amorfo que atrapa y atrae, configurando una profunda ambivalencia. El daño en el narcisismo parental lleva a desembarazarse de los hijos literal y metafóricamente, y la violencia de la indiferencia causa estragos en la estructuración subjetiva", dice la psicoanalista Myrta Casas de Pereda.

No debemos inferir que ya no hay posibilidad de cuidar, de orientar, que con los jóvenes ya no hay espacio para intervenir. Enseñar a vivir en el marco de la legalidad es parte del amparo y el sostén que hacen a nuestra responsabilidad mayúscula: la del ejercicio pleno de la paternidad.

revista@lanacion.com.ar

La autora es psicoanalista, autora junto a Noemí May del libro Desvelos de padres e hijos (Emecé)

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