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¿Civilización u hormiguero Wi-Fi?

Viernes 05 de diciembre de 2008
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LA NACION
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El lunes, justo antes de mi disertación en la Maratón de Entrevistas con que se clausuró la Semana Internacional de la Seguridad Informática ( https://seguridadinformatica.sgp.gob.ar/?p=530 ), en la sede de la Oficina Nacional de Tecnologías de Información, estaba charlando con Andrea Delfino, periodista de Télam, sobre las abismales diferencias que existen entre cómo los adolescentes de hoy administran sus retratos y la forma en que nosotros lo hacíamos, 25 o 30 años atrás.

En realidad, no podemos saber qué hubiéramos hecho nosotros en los ´70 con las tecnologías de que disponen los chicos hoy, es historia de lo que no pasó. Estamos haciendo comparaciones con lo que nosotros hacemos hoy, siendo adultos, con nuestras imágenes.

Tengo la sospecha de que nosotros también habríamos colgado miles de fotos personales en un sitio Web, si hubiéramos podido. A los 15 años uno está buscando su identidad, diferenciándose de la familia, construyendo una personalidad. Tal vez tanto autorretrato adolescente no sea sino una forma de verse y mostrarse desde perspectivas hasta ahora imposibles.

Es un hecho que uno no puede verse a sí mismo como lo ven los demás, y los fotoblogs parecen a menudo un esfuerzo dirigido a elaborar una imagen más clara de sí por parte de alguien que está luchando cada hora, cada día, por tener una imagen más clara de sí.

La adolescencia no es una época fácil. Seamos honestos, todos recordaremos las exorbitantes y no obstante silenciosas dificultades de ese período, en el que se daba la paradoja de necesitar el consejo paterno y al mismo tiempo desear arreglarnos por nuestra cuenta. Un dato habla con suficiente elocuencia: la adolescencia es la única etapa de la vida en que uno se suma años.

Desde luego, las fotos por sí solas no son la solución, pero me imagino que son parte de la solución, y que detrás de algo que los adultos no llegamos a comprender hay alguna clase de búsqueda. Las búsquedas son buenas, y son un atributo mayor de la adolescencia.

Brujos, horario de atención

En fin, estábamos hablando, Andrea y yo, muy informalmente, de la privacidad, un asunto que me parece de enorme importancia, sobre el que ya he escrito antes ( www.lanacion.com.ar/1005587 ) y sobre el que abundan razonamientos inválidos.

La excelente nota de John Markoff que publicamos el miércoles en el canal Tecnología ( www.lanacion.com.ar/1076576 ) también abordaba, en el fondo y aparte de los temas estrictamente técnicos, el asunto de la privacidad. Si la mitad de lo que dice Markoff prospera, y estoy seguro de que será mucho más que la mitad, entonces la privacidad está siendo ajusticiada en la plaza pública.

La pregunta, en este punto, no es si podemos vivir sin ella. La pregunta es si podemos vivir bien sin ella.

Thomas Malone, del MIT, citado por Markoff, dice que hubo una época en la que vivíamos en pequeñas tribus en las que todos nuestros conocidos sabían lo que hacíamos, y que podría ser que ahora nos estemos convirtiendo en una aldea global en la que la privacidad vendría a ser "una anomalía". En rigor, la única anomalía que veo aquí es la calidad de su razonamiento.

En primer lugar, Malone parte de una premisa falsa. Ninguna tribu humana carecía de privacidad. Este lugar solía reservarse para un solo individuo, pero existía. En todo caso, la posibilidad de resguardar un espacio propio, alejado de la mirada del otro, constituyó un avance de la sociedad humana tan pronto dejamos de ser cazadores-recolectores, adoptamos la agricultura, la escritura y el cuarto de baño.

En segundo lugar, el razonamiento de Malone parece ignorar que, nos guste o no, casi todo lo que hace una sociedad tiende a preservar la supervivencia de la especie; no lo hacemos adrede, pero es raro, y ciertamente efímero, un comportamiento global suicida.

La falta de privacidad para la mayoría de los individuos de esas "tribus pequeñas" que vagamente señala Malone era funcional en este sentido. Uno no podía andar solo por un mundo donde la población total de humanos era escasa. Además, habíamos heredado este estilo de nuestros antepasados menos evolucionados.

A medida que progresamos y nos multiplicamos, fue más importante el aporte individual que el cobijo colectivo para asegurarnos la supervivencia.

En las "pequeñas tribus" el único que tenía derecho al secreto, el misterio, la privacidad y el silencio era el brujo, el sumo sacerdote, el líder espiritual. Era el individuo diferenciado. Necesitaba soledad para sus observaciones y acaso para fundamentar sus ritos y fórmulas; la magia funcionaba si no se revelaba su cocina. El conocimiento se pasaba también secretamente, de boca en boca, en ocasiones seguido de un sangriento enroque.

Con el tiempo, la figura del brujo se diversificó. El vate no era sólo el adivino que apelaba a la magia, sino el mensajero de los dioses. No sólo fue Delfos, sino también Eleusis. El poeta creaba en soledad. Es un clásico entre los artistas que no quieran mostrar su obra inconclusa. Privacidad pura.

Moneda de cambio

Por fortuna (o, al menos, creo que por fortuna), el mundo evolucionó hasta un punto en el que todos tuvimos derecho a esa clase de espacio propio, individual, inescrutado, uno en el que rezamos, pensamos, creamos o simplemente perdemos el tiempo, pero sabemos que nos pertenece íntegramente y por derecho propio. Es que cuando te rodean 6500 millones de desconocidos, cuando viajás en subtes colmados, cuando es posible corear un gol o un estribillo junto a 50.000 extraños, cuando es difícil y caro acceder a un lugar aislado en el planeta, la situación es exactamente la opuesta a la de las "pequeñas tribus". Por entonces, estar solo equivalía a estar muerto. Y si te morías, la especie perdía un eslabón precioso en su frágil cadena de supervivencia. La privacidad era tremendamente peligrosa; me temo que el brujo no la vivía con felicidad, sino con renuncia.

Hoy, la privacidad es una válvula de seguridad que nos evita la enajenación. Como especie, elegimos el camino de la diferenciación, el cultivo individual, la idiosincrasia. La intimidad nos recuerda y actualiza nuestro libre albedrío y nuestro dominio e independencia del medio. La situación en que la lluvia, las fieras y la noche son amenazantes sólo aparece en las pesadillas. Lo admitamos o no, necesitamos saber que tenemos alguna clase de control sobre nuestra vida y nuestro destino. La privacidad es un manifiesto de ese estado de cosas y nos mantiene en un sano equilibrio entre nuestra fuerte tendencia gregaria y la poderosa individualidad que nos llevó al progreso, la supremacía y a otros planetas.

Hay, en tercer lugar, una cuestión bastante evidente. Una aldea global está bien lejos de ser una tribu pequeña, y en ese contexto la pérdida total de la privacidad no ofrece ninguna ventaja. Excepto en casos aislados, como señalaba Vinton Cerf el año pasado en esa larga y provechosa charla que tuve con él ( http://www.lanacion.com.ar/939775 ), cuando rendimos intimidad lo hacemos a cambio de otra cosa.

Que el emisor de la tarjeta de crédito sepa qué compramos es aceptable, dada la comodidad de ese medio de pago. Además, podemos no usar la tarjeta, es posible optar. En la tribu primitiva no era posible elegir prácticamente nada. Los humanos somos adictos a las opciones, ése fue nuestro camino, nos desvelamos por poder elegir. Por eso rendimos parte de nuestra privacidad a cambio de alguna ventaja: una forma de pago ubicua, mayor grado de seguridad en ciudades que son blanco del terrorismo, el fenomenal invento del teléfono. No es posible encontrar hoy a alguien que rinda su privacidad porque sí.

Ergo, la privacidad tiene valor.

La desaparición de la privacidad no sería el resultado de habernos convertido en una aldea global (si tal es el caso, habría que verlo), sino un retroceso a tiempos inmemoriales. Dudo mucho de que hasta los más tenaces enemigos de la privacidad quieran vivir en un mundo donde el disenso, la libertad y los derechos civiles son anomalías .

De brazos cruzados

No es poco común que en esta polémica surja la actitud resignada, esa flácida combinación de cinismo epidémico con frívola ignorancia. Una frase típica es: "Las cosas son como son, la privacidad y la intimidad quedaron en el pasado porque ahora hay desde satélites hasta cámaras, celulares y sensores de toda clase, sitios Web, cookies, programas espía, logs, minería de datos y redes sociales... todo lo que hacemos queda registrado".

Imagínese que Edward Jenner hubiera dicho: "Oh, bueno, sí, la viruela es terrible, pero es lo que hay, es un virus muy malo, si te contagiás, adiós, mala suerte". Imagínese que Pasteur, Koch, Salk y Fleming se hubieran quedado de brazos cruzados. Imagínese que a Gandhi no le hubiera importado. Pocas cosas pueden ser más contrarias al espíritu humano que la indiferencia, el rendirse sin luchar, la aceptación impotente, la desidia apática.

Además de que va contra las leyes, invadir la privacidad no se ajusta a los números actuales, no es funcional al tipo de sociedad que hemos construido. O bien alguien se está aprovechando de conocer mis actos privados o bien - y esto podría ser incluso peor - mis actos privados no le importan a nadie, dado que hay registros sobre al menos la mitad de la humanidad. En ambos casos, la intimidad encuentra armas para defenderse.

Es, además, económicamente inviable. Para que las cosas marchen, al menos para que marchen como estamos habituados en las sociedades libres, las personas deben poder elegir. Sin privacidad, todas las demás elecciones desaparecen, vaciadas de sentido.

Paradojas

Para los mentores del mundo donde todos saben todo de todos pronto habremos pasado de civilización pujante a hormiguero Wi-Fi. ¿Es realmente así? ¿O la supuesta agonía de la privacidad es sólo un argumento fundado en que a algunas compañías les conviene hurgar en nuestra intimidad? Si desaparece la privacidad, ¿todos sabremos todo de todos o más bien unos pocos sabrán todo de la mayoría?

Aparte de estas dudas, tenemos varias paradojas aquí. ¿Haríamos las mismas cosas si supiéramos que estamos siendo observados? Si no es así, lo que los sensores capturan es en realidad información sólo parcialmente cierta, nuestra vida pública electrónica, nuestra persona digital. Persona en el sentido original; es decir, máscara .

Así que me pregunto: ¿no será más bien al revés, no será que la privacidad no sólo no está agonizando, sino que está volviéndose cada vez más robusta a medida que las personas entienden cómo funcionan estas tecnologías y se abocan a modelar su avatar? ¿No habrá detrás de estos categóricos pronósticos de sepelio un atroz miedo a que los individuos se resistan usando las mismas armas que se emplean para fisgar en su intimidad?

No me cabe duda, como dije, de que vamos hacia un mundo en que todo lo que hagamos podría ser registrado. La pregunta que me hago es si acaso eso es bueno para la civilización o si es bueno tan sólo para unos pocos.

La pérdida total de la privacidad no ofrece hoy ninguna ventaja al común, y si no lo hace, no sirve. Hemos progresado mucho, pero nunca perdimos ese delicioso pragmatismo que caracteriza a la naturaleza y según el cual aquello que no ofrece ventajas al común termina por desaparecer.

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