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Sueños 2.0

En un taller de reparación de computadoras, Luis, Emilse, José, Rafael y Adrián aprendieron un oficio, encontraron un refugio y descubrieron que su destino no está escrito y que ellos pueden cambiarlo

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LA NACION
Domingo 14 de diciembre de 2008

San Salvador de Jujuy.- "¿Ves acá?" Señala su muñeca derecha; se toca con la otra mano la cicatriz sobre el hueso. "Esta me la hizo mi mamá, un día que se enojó y me clavó un cuchillo." Luis Hurtado tiene 18 años y una historia que pesa.

Luis Hurtado baja la mirada y ensaya una sonrisa. Y le sale, con naturalidad.

Es que la vida -como dice la canción- a veces te da sorpresas. Y no sólo de las malas. Es lo que le pasó justamente a Luis a partir del momento en que, junto a otros chicos, comenzó a asistir a los cursos especiales en el Centro de Reacondicionamiento de Computadoras (CRC), una iniciativa que el Consejo Federal de Inversiones (CFI) puso en marcha en esta provincia para que jóvenes en riesgo de 18 a 30 años aprendan durante 6 meses un oficio útil con proyección laboral: cómo limpiar, desarmar y evaluar piezas de computadoras, y con lo que aún sirve rearmar nuevas PC para donar luego a ONG.

Los ex alumnos Rafael Churquina y Adrián Chaile dictan un taller de reacondicionamiento de PC en un colegio secundario
Los ex alumnos Rafael Churquina y Adrián Chaile dictan un taller de reacondicionamiento de PC en un colegio secundario. Foto: Martín Lucesole

De lunes a viernes, Luis asiste al curso que se organiza en esta ciudad. Todos los días camina 6 kilómetros, y es el primero en llegar. Valeria Macia, profesora de Ciencias de la Educación, y a cargo de los chicos, recuerda junto a Edgardo Aramayo, coordinador del proyecto, cuando la tutora de la fundación a la que Luis pertenece (Dar.Lo.Cab , acrónimo de Darío Rodrigo López Cabana) les habló. Les dijo que irían los chicos a quienes les había interesado el proyecto, pero sobre Luis le advirtieron: "Mirá que no termina nada de lo que empieza".

Cuando se conocieron, Valeria le preguntó por qué quería ir al CRC. Luis no dudó y respondió que por primera vez empezaría y terminaría algo. Y que lo haría por su mamá.

Todo por ella

-Mi mamá siempre me dice que no voy a llegar a ningún lado. "Sos un caso imposible." Yo no sabía qué hacer; entonces, cuando entré a la fundación empecé a hacer trabajos de panadería. Después trabajé como cadete. Aprendí repostería y electricidad domiciliaria. Pero me dijeron que querían que estudiara.

-¿Por qué dejaste el colegio?

-Estudié; dejé cuando me fui a vivir solo.

¿Qué pasó?

La mirada se pierde en una canilla que gotea. Al cabo de unos segundos, las pupilas vuelven como las frases, que brotan sin vacilar. Y sin aire.

-Fue un día de carnaval, a los 14, cuando dejé a mi mamá. Me había peleado con ella, bah, en realidad tenía miedo de que me siguiera pegando. Se habían perdido la llave y 5 pesos. Como yo soy el mayor de 4 hermanos era el responsable. Me dijo que si al volver de su trabajo no estaba la plata me iba a reventar. Ahí yo empezaba ya a temblar. Ya me había lastimado.

-¿Qué hiciste?

-Primero me fui a la iglesia, después a los jueguitos del centro y ahí lo vi a mi hermano, que me dijo que mamá me andaba buscando. No pensaba volver. Me puse a llorar y empecé a caminar; mi hermano me seguía, me corría. Logré perderlo. A la mañana siguiente tenía 50 centavos, compré un bizcocho y me fui caminando hasta Perico [a 30 km de Jujuy capital]. Ahí me encontró un amigo. Yo estaba mareado porque no había comido; me llevó a comer a su casa, donde me quedé 3 meses.

-¿Tu mamá no te encontró?

-Sí, me latía el corazón del miedo; me iba a pegar. Me fue a buscar en un auto. Había carteles con mi cara por todos lados. La gente me decía "ya viene tu mamá", y yo no sabía por dónde escapar. Cuando llegó, me abrazó llorando y me dijo que no me iba a golpear más.

-¿Qué sentiste al volver?

-Como que no era de la familia. Mi mamá me despertaba a las 6 y me decía que no volviera hasta que no tuviera trabajo. Yo volvía; si no había conseguido plata, ella no me hablaba y cocinaba sólo para mis hermanos.

-¿No comías con ellos?

-Si me servía o comía 3 miñones, me miraban mal. No aguanté y me fui otra vez. Fue cuando estaba por cumplir los 17. Le dije a mamá que quería pasar mi cumpleaños con ellos y me dijo que no estarían. Me fui para Sucre (Bolivia); tengo un tío ahí. Tampoco me fue bien; él tenía su familia y fui de sorpresa. Busqué a mi papá, pero sólo tenía el nombre; no lo encontré.

Se hace un silencio y Luis lo termina rápidamente.

-Ahora llego a la noche y tomo té, nomás. En mi casa tengo mi pieza, pero no toco la comida, porque apenas toco me dicen: "¿Acaso vos compraste?"

En su huida, que duró más de dos años, trabajó en Perico en la época de tabacaleros, en un puesto de la feria minorista, y luego fue pochoclero en la terminal de ómnibus, pero la paga era tan mala que empezó a ir a la fundación a comer. Y la pieza que alquiló para escapar de su casa se convirtió en un problema.

-Empecé a alquilar y me endeudé. De repente estuve en aprietos; el chico que me la prestó se enojó conmigo y mis cosas quedaron ahí.

-¿Robaste?

Hubo un tiempo que no andaba robando, pero sí fumaba marihuana, tomaba y jalaba paco. ¿Sabés lo que es jalar?

-Sí.

-Bueno, cuando jalaba (con la bolsa) ya no sentía nada. Andaba mareado de un lado para el otro. La última vez que jalé me agarró una amiga y me preguntó qué me pasaba, y te juro que no le podía contestar. Andaba perdido, hacía cosas sin sentido.

La gotera gana la atención otra vez. En cuestión de segundos, retorna con la mirada y las palabras. Que duelen.

-Como esto: tengo cicatrices de cigarros. Me hice estas tres marcas porque representaban a mi familia. Mientras yo no estuve en mi casa me enteré de que la habían operado dos veces de la vesícula a mi mamá. Me puse remal, porque si le pasaba algo y yo no sabía, me moría. Me puse las pilas y dejé de drogarme. Igual, cuando le pregunto cómo está, ella me responde que a mí no me importa.

-¿Cómo están las cosas ahora?

-Los fines de semana hago changuitas, esos 20 pesos se los doy a ella para que compre para la casa, porque si yo compro no lo usan. Es capaz de tirarme las cosas en la cara. Ahora me deja salir para venir acá y arreglo los CPU en casa. Mientras me vea que estoy ocupado está bien, feliz (le dijo a mi vecina, la escuché).

-¿En febrero te entregan el diploma?

-¡Sí!, yo ruego que esté mi vieja. Quiero hablar delante de todos, hacerla pasar y dedicárselo, que vea que puedo. Me gustaría que hablemos bien, que nos tengamos en cuenta los dos, que me cuente sus cosas, que confíe en mí, porque se puede hablar con la mamá, ¿no?

Un modelo en expansión

La iniciativa que busca capacitar e insertar a jóvenes en riesgo también está en las provincias de Chubut, Formosa y San Juan. El modelo puesto en marcha se desarrolla en Montreal, Canadá, y llegó a nuestro país con el financiamiento del gobierno de ese país a través de la Agencia Canadiense de Cooperación Internacional (ACDI). El próximo paso es que los chicos que hoy se entrenan en estos centros sean los capacitadores de nuevos establecimientos a lo largo del país, según explicó el ingeniero Juan José Ciácera, presidente del CFI.

-Tratamos de hacer crecer estos centros primero. Estamos conversando con otras provincias; la idea es que los alumnos entrenados sean profesores de nuevos centros. Y que sea de mayor cobertura.

En los CRC los chicos aprenden junto a técnicos, trabajadores sociales y profesionales de la educación.

¿Por qué dejan de ir al colegio? Es una pregunta que no responden las estadísticas. ¿Qué pasa en las casas de los chicos que cuelgan el guardapolvo y no regresan a las aulas? La deserción escolar es un tema que preocupa y asocia problemáticas de todo tipo.

En Jujuy, según un informe desarrollado en conjunto por el Ministerio de Educación de la Nación y su par provincial, va a la escuela el 76,7% de los chicos de séptimo a noveno grado, mientras que al 23,3% restante se lo considera "no escolarizado". Los números se ponen más serios a medida que la edad avanza: desde el 10° grado (equivalente al tercer año del tradicional secundario) hasta el fin del secundario, sólo el 50,7% está escolarizado (el 49,3% quedó en el camino). Esto significa para la provincia que más de 8800 de sus chicos no van a la escuela.

Otro relevamiento realizado por el Ministerio de Educación referido a la tasa de abandono interanual -el último, que data del período 2006/2007- dice que en esa provincia el 29, 93% de los chicos que están en 2° año de polimodal (cuarto año de la secundaria) no se matricula para el año lectivo siguiente. Si bien esto no significa que abandonan la escuela (puede que hayan optado por la escolaridad nocturna), sí es un dato para seguir.

Las aulas del CRC poco tienen de ambiente educativo formal. Y parece que eso es lo que los chicos necesitan. Cuatro alumnos están en el taller luchando con carcasas. Desde el depósito de PC llegan las risas de otros dos -que contagian a Fabián Yáñez, el "profe" a cargo de la capacitación- y se mezclan con la cumbia, al tiempo que en la cocina una pava humea lista para el mate cocido de media mañana.

Permuto un piquete por un curso

"Yo pongo mi granito de arena. Si un chico viene a cursar en lugar de ir al piquete, logro algo. Aquí, en Jujuy capital, hay una cultura piquetera muy fuerte: cada 15 días hay cortes, y los chicos no escapan de eso", cuenta Fabián.

La ministra de Desarrollo Social de la provincia, Liliana Domínguez, se suma: "Los chicos que venían de organizaciones piqueteras aprendieron a escuchar, a negociar y a gestionar recursos. Eso, y la contención del modelo técnico-social-tecnológico del CRC, funciona".

Actualmente, dos chicos del movimiento social Tupaj Katari, encabezado por el "Perro" Santillán, asisten al CRC. "Que vayan y enseñen a sus compañeros también nos sirve. Trabajamos desde el ejemplo, en un ambiente ameno. Creo que ése es el secreto, porque vuelven todos los días", explica Fabián.

Los profes

Rafael Churquina (19) y Adrián Chaile (20) son los "ídolos del CRC". Cuando egresaron del curso de capacitación, Edgardo los propuso en la escuela provincial N° 1 Aristóbulo Vargas Belmonte, de orientación técnica en informática, para que ayudaran en el mantenimiento de las computadoras. Pero el director del lugar tenía mejores planes para ellos.

"Los alumnos ven pura teoría, nada de práctica", dice Adrián, tímido pero seguro, y toma la posta de la entrevista. Así, él y Rafael se transformaron en septiembre en los profesores del Taller de Reacondicionamiento de Máquinas de los chicos de primer año.

"El problema es con las chicas, que hablan mucho y no prestan atención; no les interesa", se queja Adrián.

-¿Qué enseñás cada día?

-Lo que aprendimos acá: todo lo que sabemos de reacondicionamiento. De a poco vamos explicando como podemos. Nunca pensamos que íbamos a llegar a dar clases.

Sin embargo, las aulas parecen sentarles bien. Adrián terminó la secundaria y está estudiando para ingresar en la Facultad de Ingeniería. "Estoy rindiendo; quiero llegar, pero cuesta", dice.

-¿Y vos, Rafael?

-Me anoté ahora en el colegio. Con el certificado del CRC falto a Educación Física para dar las clases en la escuela, porque vivo muy lejos, a 8 kilómetros.

-¿Cómo era tu día antes de tener esta actividad?

-No estudiaba, no hacía nada, vagueaba y trabaja con changuitas de albañil. Al principio no entendía nada de las computadoras, pero después le fui agarrando la mano.

-¿Cuál es el sueño?

-Tener un título universitario y trabajo seguro.

Adrián desenreda sus dedos y vuelve a la charla. "La experiencia es muy buena; sólo nos falta aprender más cosas; para eso el profe nos está ayudando, haciendo un seguimiento.

-¿Cómo recibieron en tu casa la noticia de que serías profesor?

-Mi tía, con la que vivo desde que nací, se puso muy contenta. Pasa que ella no podía ayudarme mucho: ya bastante tiene con sus 4 hijos. Era complicadito. A los 15 años yo empecé a cobrar un Plan Jefes y gracias a eso pude terminar la secundaria. A mí me daba vergüenza decir que cobraba el plan (en el colegio te preguntaban), porque iban a pensar que era piquetero.

-¿Cuál es la meta ahora?

-A los 27 años quiero recibirme, y después formar una familia.

-¿No hay tiempo para la novia mientras tanto?

-¡No! No sé si alguien puede entender que tengo que concentrarme en la facultad. Entonces prefiero dejar eso para más adelante.

Ida y vuelta. Siempre vuelta

Emilse Etchenique (18) y José López (19) son novios y dos que regresan. Fueron alumnos del primer grupo del CRC y egresaron en junio de este año. Hace 4 meses nació su hijo, Tiago.

"Aprendimos no sólo a reparar computadoras: también tuvimos clases de primeros auxilios, nos enseñaron cosas de facturación y a armar un currículum. Los viernes con Vale hacíamos taller para saber expresarnos", cuenta José, mientras Emilse sostiene a Tiago y se ríe. "Nos divertíamos mucho", cuenta la joven mamá con una voz muy tenue.

Ellos motivan a los demás. Juntos armaron un pequeño taller, rústico, en la casa de Emilse, donde viven. "Empezamos a reparar cosas, pero como la familia de ella hace pan y el lugar es muy chico, nos fuimos para mi casa, donde arreglo computadoras… y todo lo que me traigan: dvd, audio, tele, yo me animo. A veces hay cosas que no sé arreglar, pero las agarro igual. Le hablo al profe acá y él me ayuda", dice, y no puede evitar la carcajada. Lo mismo le pasa al profe. "Me manda S.O.S. en mensajes de texto. Hablamos 2 o 3 veces y luego me manda un último mensaje que me deja tranquilo y contento: «Ya está profe». Lo solucionó."

A veces ocurre que no tienen todas las herramientas, pero ellos creen que con darse maña alcanza. José hace changas; hasta trabajó en la panificadora de la familia Etchenique. Las mejor pagas son las changas de albañil, pero es lo que menos le gusta, porque lo que más le interesa es la computación, sobre todo hacer álbumes digitales de fotos y video. "Nadie le enseñó, pero el mete mano y se compra programas de edición, aunque no tenga idea", lo carga Emilse, pero lo apoya. Y destaca la labor de Valeria. "Se

desarma para ayudarnos; se mueve por nosotros. Pensábamos que luego del curso no nos darían más bolilla, pero fue un error. Nos llama todo el tiempo para ver cómo estamos."

Ahora el sueño es que Tiago tenga lo mejor. Esperan construir su propia casa y dejar la de Emilse, donde viven 9 en dos habitaciones.

"Cuando yo voy a arreglar cosas y digo que estoy trabajando, la familia de ella es como que no me cree. Si no volvés enchastrado, si no trabajás en construcción, piensan que te vas a dormir o a vaguear", explica José.

Otro tema que trabajaron, además de la timidez de Emilse, fue la violencia en su casa. Valeria cuenta que "después se abrió un poco más y me contó que su padre tenía actitudes violentas. Ella tomaba como algo natural que les pegara. Hablamos de esto en los talleres, sobre todo por algunas actitudes de José, algo mandonas".

Emprendedores

Valeria sabe que los chicos no van a poder vivir de reparar cosas, pero cree que es una herramienta más. Abre los ojos bien grandes, con orgullo: "¿Sabés que ahora presentaron un proyecto al Ministerio de Desarrollo Social para el programa Familias Emprendedoras? Otorga subsidios para comprar herramientas, y con eso montarían un mejor taller".

Su compañero, Edgardo, se desvive en elogios: "Ella los ayuda en todo. José aprendió a moverse, evaluó que una oferta laboral no le convenía porque le pagaban 100 pesos por semana por 9 horas. El solo dijo que no lo haría porque ganaba esa plata haciéndolo en la casa".

Hoy la familia Etchenique tiene otra representante en el CRC: se trata de Banina, hermana de Emilse y otro gran reto para Valeria. En una carta pedía ayuda, porque no sabía qué quería, que no se entendía a sí misma. Entre teclados, CPU y ruido a metal, la profesora en Ciencias de la Educación logró entrar en confianza. "Yo psicóloga no soy, pero puedo ayudarte si te comprometés." Con esa premisa, ambas empezaron a charlar más seguido. En la última conversación Banina confesó que se le había declarado Flores, un compañero. «¿Y qué le has dicho?», le pregunté. Me dijo que ni loca, que ella quería otra cosa. Ahora tiene autoestima", se ríe, pícara, Valeria.

Al comenzar el proyecto, Valeria y Edgardo se preguntaron si lograrían retener durante 6 meses a los chicos "desatornillando cosas". Allí se resume el objetivo: es un taller, es un modelo de capacitación para jóvenes que no encajan en la educación formal. Pero sobre todo es un refugio. Hay exigencia en la asistencia, pero una vez allí, nadie los hace sentar y escuchar durante horas a un profesor. Hay un mate cocido, hay miradas de Flores para Banina.

Y está Valeria, para escuchar cómo lo desalentó.

Para quienes estén interesados en donar equipamiento o tener más información del programa pueden llamar al 4317-0700, o escribir a crc@cfired.org.ar.

Más información en www.cfired.org.ar .

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