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PARA LA NACION
Domingo 21 de diciembre de 2008

Definir el propósito de educar a una persona no es tarea sencilla. Esa dificultad vuelve aún más sugestiva una frase que, a propósito de esa cuestión, pronunció no hace mucho Felipe González. Quien fue presidente del gobierno de España dijo: "Educar es hacer de una persona un ser histórico".

Se trata de una afirmación que evoca múltiples reflexiones. En última instancia, cada uno de nosotros es, en un momento dado, producto no sólo de la acumulación de las experiencias que ha vivido en el devenir de su limitada existencia personal, sino también de aquello que se le ha enseñado. Que es otro modo de decir que, en gran medida, somos consecuencia de la educación, a la que los griegos llamaban humanitas porque, al darnos esa dimensión de seres históricos, nos hace, o debería hacernos, humanos. Precisamente dotados del atributo que nos singulariza: la conciencia del transcurrir del tiempo.

Así, junto con los demás, como seres sociales, trascendemos nuestro ser biológico, e incorporando nuestra herencia de cultura y saber adquirimos la dimensión de seres históricos, insertos en el tiempo. Se ha afirmado, con razón, que no nacemos como si fuéramos el primer ser humano, sino que lo hacemos en un medio ya organizado socialmente al que nos incorporamos en plenitud mediante la educación.

En uno de los innumerables homenajes que recibe a propósito de su octogésimo aniversario, el gran escritor mexicano Carlos Fuentes, acaba de afirmar con respecto a los jóvenes: "Ellos nos traen las noticias del porvenir. Nosotros, los mayores, aseguramos, sin embargo, que no olviden las novedades del pasado".

Allí reside el núcleo de la educación, en ese encuentro de las noticias que, en cada momento de cada época, llegan avasallantes desde el porvenir con las novedades que vienen del pasado. Es que el pasado es novedad para los jóvenes, y es gracias a su transmisión que se incorporan a un mundo de experiencias que no podrán vivir, pero que, de todos modos, les pertenecen. Es ésta la esencia de la tarea educadora de los mayores, mediante la que padres y maestros asumen la responsabilidad de estimular, como lo señala Fuentes a propósito de la literatura, esa "constante rebelión contra el tiempo como flecha dirigida al futuro, convirtiéndolo en mirada que le devuelve actualidad al pasado y posibilidad al porvenir, en memoria de todo lo que el pasado dejó de decir".

Porque vivir es intentar decir eso que queda por decir. Pero para hacerlo hay que conocer lo ya dicho. La pretensión de educar significa, otra vez Fuentes, "el rechazo de la cómoda noción del fin de la historia, que nos invita a abandonar las armas de la esperanza crítica y aceptar amodorrados la beatitud del mundo tal como es... y así abrir las puertas de la imaginación para no contentarnos con una sociedad que quiere divertirse hasta la muerte y olvidar hasta el olvido". Ocuparse de esa tarea es honrar no sólo a nuestros antepasados, sino también a nuestros descendientes, parafraseando al escritor.

Experiencia personal enriquecida por el conocimiento histórico, original y desafiante vida vivida, pero también vida aprendida con humildad, libre imaginación propia estimulada por la imaginación antes materializada por otros. El trabajo de construcción de un ser humano es el resultado de esa delicada argamasa de lo propio y lo ajeno, lo real y lo imaginario, la proyección al futuro y el enraizamiento en el pasado, la tradición y la ruptura. Supone, en suma, su transformación en un ser histórico.

Dejemos a Fuentes las palabras finales: "Los mayores somos, como lo serán ellos, los jóvenes, puentes entre lo que fue, lo que es y lo que puede ser... mediadores de la tradición que requiere de nueva creación para prolongarse en el tiempo y así asegurar la constante resurrección del mundo".

revista@lanacion.com.ar

El autor es educador y ensayista

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