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Una historia que nació en Turquía

Papá Noel vive en el Artico y recibe visitas de todo el mundo

Información general

Atraídos por la leyenda, casi 500.000 turistas llegan por año hasta una ciudad de Finlandia

ROVANIEMI, Finlandia.- Disparar así, delante de él, resulta casi ofensivo: "Señor Claus, hay quienes creen que usted no existe.".

El hombre con chaqueta y pantalón de felpa roja acaricia la barba que le cruza el abdomen y frunce un ceño peludo. Acababa de confesar que tiene "cerca de 200 años"; por eso, impresiona cuando decide levantarse de la silla. Dos metros de Papá Noel y un dedo amenazador: "Dígales a esas personas que usted estuvo aquí. Que me vio. Y que existo".

Por si acaso: Santa Claus vive en Laponia (Finlandia), al otro lado del Círculo Polar Artico y cerca de la frontera con Rusia, en un lugar llamado Korvatunturi. En esta época del año, sin embargo, el personaje navideño suele acercarse hasta la línea del anillo polar, en las afueras de la capital lapona, Rovaniemi (50.000 habitantes), donde recibe visitas de todo el mundo.

Se sienta en una silla de madera, al final de una gruta que recuerda a un descenso a las entrañas de la Tierra. Por el camino, uno va encontrando un primitivo mecanismo de ruedas dentadas en movimiento. Santa Claus, sentado junto a una enorme palanca unida al engranaje, dice: "Con este sistema puedo ralentizar la rotación de la Tierra cuando llega la Nochebuena".

Nos encontramos a 66 grados, 33 minutos, 7 segundos de latitud norte, sobre una línea que marca la diferencia entre la región polar ártica y el resto del globo. Temperatura: -10 grados centígrados. Laponia, el lugar donde los renos, más numerosos que las personas, cruzan la carretera a paso tranquilo y donde una alfombra de nieve confunde la ruta y los caminos.

En esta autoproclamada "capital mundial de la Navidad" se encuentra también la Oficina de Correos de Santa Claus, abierta en 1984. Desde entonces llega hasta aquí casi cualquier carta dirigida a Papá Noel. Una que envió un niño inglés decía: "Santa, Polo Norte". Y llegó. La muestra Male, una ayudante que se pasa el año vestida de elfa. Rebusca entre miles de sobres hasta dar con un fajo de cartas españolas. Son minoría, pero las hay (en 2007 recibieron 5000 escritas en español, frente a las 350.000 del Reino Unido). Male enseña una remitida por Samuel y Carlos Díez, con matasellos de Alicante. La elfa no permite leerla, pero apunta que desde que se abrió la sede postal se han recibido 12,5 millones de cartas de 147 países. Cuando se acerca Navidad, el ritmo sube hasta 30.000 diarias.

Con 500.000 visitas al año, cerca de un tercio de esta ciudad de Papá Noel trabaja en el turismo. Rovaniemi, arrasada en 1944 por los nazis en su retirada de territorio finlandés, vive hoy de Santa Claus. Quizá por eso, aquí, y en el resto de Laponia, uno tiene la sensación de que la leyenda es infranqueable.

El origen del mito

Pero cómo llegó a serlo resulta uno de los virajes más prodigiosos de la cultura popular. Su historia surge en Asia Menor a partir de otra leyenda, la del obispo San Nicolás, benefactor de la infancia. De San Nicolás se sabe que nació en Licea (Turquía), cerca del año 280, como cuenta Pepe Rodríguez en su libro Mitos y leyendas de la Navidad (Ediciones B, 1997). Fue un hombre generoso, nacido en una familia rica. Sus padres murieron cuando era niño, y entonces regaló sus bienes e ingresó en el monasterio de Sión. Con 19 años fue ordenado sacerdote, lo llamaban "el niño obispo".

De entre las fábulas que rodean su vida y ayudaron a forjar el mito, una de ellas cuenta cómo San Nicolás auxilió a tres hermanas en edad de casarse, pero cuyo padre, arruinado, no podía darles dote. Al progenitor se le había ocurrido una solución: venderlas. Y cuando la transacción de la mayor estaba a punto de producirse, Nicolás, conocedor del asunto, decidió entregar a la joven una bolsa con monedas de oro. Para que nadie se enterase, lanzó su ofrenda desde la ventana de la casa, haciéndola caer adentro, en un calcetín que la muchacha había dejado a secar sobre la chimenea. Gracias al dinero, la hija mayor pudo casarse. Y repitió el procedimiento con las otras dos hermanas.

Rápidamente, su fama se disparó. Y quienes más contribuyeron a la leyenda fueron los navegantes holandeses que volvían a casa desde los puertos del Mediterráneo narrando las historias fabulosas. Pronto lo hicieron patrón de los marinos. Poco a poco, como el tiempo deforma las palabras, San Nicolás pasó a ser Sinterklaas. Con su nuevo nombre, el obispo se marchó a hacer las Américas en un buque holandés, según narra Pepe Rodríguez: cuando los emigrantes desembarcaron en 1621 en Nueva Holanda, hoy Manhattan, erigieron una escultura al patrón de los marineros.

En 1809, el escritor neoyorquino Washington Irving escribió una sátira sobre el origen holandés de su ciudad, Historia de Nueva York , en la que plasmó a Sinterklaas como un holandés corriente, vestido con sombrero, calzones y fumando una pipa. Para llevar sus regalos cabalgaba sobre un caballo volador y descendía por las chimeneas. Los colonos ingleses adoptaron la fiesta, y el nombre de aquel Nicolás turco dio su giro definitivo: Santa Claus.

La mecha de un nuevo personaje ya estaba prendida, pero fueron dos ilustradores de los siglos XIX y XX quienes le dieron los retoques y la fama definitivos. En las Navidades de 1862 a 1886, el dibujante estadounidense Thomas Nast fue matizando el aspecto de Santa Claus con barriga, cinturón y la vestimenta de felpa rojo intenso. Santa Claus se había convertido en un "símbolo nuevo para un país que estaba naciendo", reflexiona Pepe Rodríguez en su libro, "pero que resultaba familiar a todos, ya que entroncaba con antiguas leyendas y tradiciones de las culturas en Norteamérica".

The Coca-Cola Company apostó por este personaje feliz para su campaña navideña de la Gran Depresión, en 1931. Tal cual apareció entonces, dibujado por un ilustrador de raíces escandinavas, Habdon Sundblom, se exportó al mundo.

En 1923, un locutor de radio finlandés le otorgó su residencia oficial en Korvatunturi durante un programa infantil. Y allí vive desde entonces.

Ubicación

Laponia: a la autoproclamada la "capital mundial de la Navidad", todos los años llegan de visita más de 500.000 personas.

Rovaniemi: allí está el refugio de Papá Noel, en una pequeña ciudad en las afueras de Laponia. Con sólo 50.000 habitantes, un tercio de la población trabaja en el turismo. .

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