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El semillero

La fascinación por lo nuevo que caracteriza nuestro tiempo se tradujo en una explosión de espacios y premios en los que los artistas jóvenes pueden exhibir sus obras y obtener un reconocimiento impensable para la generación anterior

Sábado 27 de diciembre de 2008
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¿Es posible ver lo nuevo? Es decir, ¿es posible verlo en el momento mismo en que aparece? Imposible. En su ensayo "El pudor de la historia", Borges critica a Goethe por anunciar que asistió, en 1792, a la aparición de algo enteramente nuevo al presenciar la derrota que sufrió el "invencible" ejército prusiano, en Valmy, a manos de las desharrapadas milicias francesas que defendían la revolución. Borges dice que los grandes cambios, esos que transforman la cultura a fondo, no son sucesos espectaculares, sino modificaciones sutiles y, por lo tanto, muy difíciles de percibir. Cuando algo nuevo aparece, desconcierta o, peor aún, pasa inadvertido. Por eso, tratar de registrar lo nuevo en el campo del arte contemporáneo es una empresa condenada al malentendido. Hace cuatro o cinco años, cuando hubo que señalar en el obligatorio balance anual a los nuevos artistas, no pude dejar de mencionar a Max Gómez Canle, Flavia Da Rin, Leo Estol, Matías Duville, Fabián Bercic, Nahuel Vecino y Sandro Pereira entre aquellos por los que valía la pena apostar. Ellos formaban parte de un grupo muchísimo más amplio, pero del resto casi no ha quedado recuerdo, salvo en esas memorabilias tristes que son las muestras colectivas que se hacen por amistad y en las múltiples fiestas a las que concurren los menores de 40 del mundillo del arte. Viendo el panorama del pasado cercano (y sería más contundente si se abarcara períodos más largos), resulta intimidante seleccionar a los nuevos de estos últimos años.

Lo más interesante de "lo nuevo" fue la vuelta al primer plano de un soporte tan antiguo que es anterior incluso a la idea misma de arte: el dibujo. Buena parte de lo mejor del año (y de lo mejor que hicieron los "nuevos") estuvo en la ilustración. Incluso aparecieron galerías dedicadas única o principalmente al dibujo (como Sapo o Ni un Día sin una Línea). En las muestras que allí se realizaron (o en otros espacios que también apostaron al dibujo), brillaron muchos de los mejores entre los nuevos, como Juan Allaria, María Delia Lozupone, Diego de Aduriz y Cristian Turdera. Todos estos artistas usan múltiples soportes, pero todavía parece ser que el dibujo es la base de lo mejor de su obra, incluso cuando apelan a una producción más conceptual.

Es destacable que la muestra más interesante que se vio en el Recoleta durante 2008 haya sido la exhibición de los dibujos de los ilustradores de libros para niños titulada Cuando las vacas vuelan (organizada por el Foro de Ilustradores para la Feria de Bolonia, en donde Argentina fue la invitada de honor). Los 32 artistas que participaron de esa colectiva expusieron poemas visuales de una riqueza, complejidad y sutileza que no son fáciles de encontrar en otros campos. A riesgo de olvidar mencionar nombres, vale destacar los trabajos de Diego Bianchi, Isol, Gustavo Aimar, Eleonora Arroyo, Pablo Bernasconi, Valeria Cis, María Paula Dufour, Fernando Falcone, Pablo Zweig y Matías Trillo.

Hace apenas diez años, para los nuevos artistas (más allá de lo interesante o no que pudiera ser su propuesta) era muy difícil encontrar espacios en los que exhibir obra. Eso ha cambiado radicalmente. Ahora, tanto en los espacios institucionales (por ejemplo, el Espacio Contemporáneo del Malba, o la Sala Historieta del Recoleta) como en gran parte de las galerías, pasando por las ferias y los premios, los artistas que recién se inician encuentran un lugar donde exponer su obra. Algunos artistas jóvenes, como Adrián Villar Rojas (que mostró en Ruth Benzacar), Eduardo Basualdo (invitado a la Bienal de Pontevedra), Cotelito (exhibido en Curriculum Cero), Mauro Guzmán (ganador del Premio arteBA-Petrobras), Lila Siegrist (en Daniel Abate), Patricio Gil Flood (exhibido en Límite Sud ), Nicolás Mastracchio y José Pfaffen (premio Barrio Joven), han obtenido un reconocimiento que era impensable para los artistas de la generación anterior.

El ritmo que ha alcanzado la difusión del arte contemporáneo argentino en el mundo es tan vertiginoso que la producción de artistas muy jóvenes, como la que realizan Mariano Giraud, Mateo Amaral, Leandro Tartaglia, Maximiliano Bellman y Alfio Delmestre (integrantes del colectivo Oligatega Numeric), Martín Legón, Pablo Rosales, Marco Bainella, Nicanor Aráoz, Rosalba Mirabella o Leonel Pinola ha sido reconocida, a pesar de estar aún en pleno proceso de experimentación.

La obsesiva fascinación por lo nuevo que caracteriza nuestro tiempo (en el que todo lo ya conocido parece disolverse en el olvido o, quizá peor, entrar en estado de consagración) obliga a la búsqueda constante de nuevos artistas, nuevas propuestas, nuevas ideas. Sin embargo, muchas veces ese desenfreno corre tras sombras de la nada y termina en desilusión (tanto para el artista, el galerista y el coleccionista como para el crítico, si se deja obnubilar por los destellos de "lo nuevo"). Para poder valorar lo nuevo se requiere tiempo; se necesita de la reflexión que va decantando las propuestas. Así, todo lo que era meramente espectacular se disuelve en el aire y queda aquello que nos conmueve en profundidad, lo que nos muestra otro mundo. Así, paradójicamente, lo realmente nuevo se ve cuando ya somos otros.

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