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Vacaciones, ¿para qué?

No hace falta volar a un destino exótico. En plena crisis, el descanso puede convertirse en la mejor oportunidad para embarcarse en un viaje interior

Domingo 28 de diciembre de 2008

Se puede respirar sólo aspirando, sin exhalar en algún momento? ¿Sería posible que nuestro corazón sólo trabajara a través de la sístole (movimiento de contracción que impulsa la sangre), sin diástole (relajación que permite el reflujo sanguíneo)? Así fuese que estuviéramos disfrutando de nuestro plato favorito, ¿podríamos comer sin medida y seguir disfrutando o empezaríamos a sentir algún malestar estomacal? ¿Es posible para el mejor maratonista del mundo correr sin detenerse jamás? La respuesta a todas estas preguntas es la misma: no. La lista de ejemplos podría extenderse largamente. La vida, lo vivo, es en cierto modo el eterno movimiento pendular entre dos opuestos complementarios, tales como necesidad y satisfacción, sueño y vigilia, frío y calor, pregunta y respuesta, niñez y adultez, vida y muerte. Eliminar uno de los términos destruye la ecuación y genera un grave desequilibrio. En esta serie puede incluirse la polaridad actividad-vacaciones, así como trabajo-descanso.

La palabra "vacaciones" proviene del vocablo latino vacatio . Su acepción original es "tiempo de vaciamiento". Es el momento de vaciar algo que está lleno. Los seres humanos solemos encontrarnos ante dos tipos de vacío. Uno es lo que la filosofía china llama wu wei . Sin una traducción exacta al español, el término podría entenderse como "inacción" o "no actuar". Habla de un vacío fértil, el de la pasividad, la receptividad, el silencio y la contemplación. En él no hay nada que hacer, sino permitirse ser un simple testigo de lo que está alrededor, de lo existente, hasta fundirse con ello y reintegrarse a la naturaleza en todas sus dimensiones, algo que Occidente ha ido postergando en los últimos cuatro siglos. El poeta y traductor Henri Borel (1869-1933), que estuvo en China y se adentró en esa filosofía, le dedicó a la propuesta un bello y breve relato, que se titula precisamente Wu Wei , y en él un maestro oriental dice al protagonista, un joven occidental ansioso por llenarse de sabiduría (supuestamente el propio Borel): "Los seres humanos podrían ser verdaderamente tales si se dejaran ir como florecen las olas del mar, como florecen los árboles. Pero se dejan cegar por sus sentidos y sus deseos. Quieren todo el tiempo voluptuosidad, alegría, fama, riquezas; sus movimientos toman la violencia de la tempestad desencadenada, su ritmo es un ascenso furioso seguido de una precipitada caída".

De este vacío trata, también, una anécdota que suele narrar el poeta, filósofo, teólogo y sacerdote Hugo Mujica (autor de varios tomos de narrativa, poesía y ensayo, entre ellos, Poética del vacío y Bajo toda la lluvia del mundo ). Cuenta Mujica que, en sus años de monasterio, un viejo sacerdote le recomendó una experiencia extraordinaria. Se trataba de que fuera al bosque y no hiciera nada. "¿Nada?", preguntó él. "Nada. Ni siquiera digas una oración, porque rezar es sumar." Y fue, dice, una maravillosa inmersión en el vacío. Ese vacío que, lejos de devorarnos, puede parirnos nuevos.

Del otro vacío hablan pensadores como Camus, Sartre, Frankl y la filosofía existencialista. El de la angustia resultante de no encontrar el sentido de la propia vida o de escapar de la responsabilidad de desentrañar y explorar ese sentido. Este vacío existencial suele resultar insoportable, está lleno de voces interiores que rehusamos oír. Ellas preguntan qué estamos haciendo, para qué lo hacemos, cómo nos sentimos con nuestro modo de vivir, a qué distancia estamos de nuestros sueños más queridos y trascendentes y, sobre todo, si nos hallamos viajando en la dirección de ellos o en sentido contrario.

Escapar o permanecer

En el primer vacío florecen nuevas perspectivas; se ve lo que habitualmente escapa a nuestra mirada; es posible encontrar emociones, sentimientos y capacidades olvidadas; se despliegan aspectos insospechados del mundo y de los seres que nos rodean; se advierten caminos de vida hasta entonces impensados; muchas imposibilidades se transforman en posibilidades, y lo que parecía inamovible e incuestionable revela nuevos aspectos. Por eso tal vacío es fértil.

El otro produce el efecto contrario. Cierra la mirada, confunde, genera insatisfacción, empobrece las experiencias, las hace repetitivas, lleva a hundirse en el bullicio, en la actividad obsesiva. Cualquier cosa a cambio de no pensar, no sentir, no afrontar la pregunta insistente acerca de cómo y para qué vivir. Por eso este vacío es existencial. En el vacío fértil nada hay para hacer, ni es necesario. Es un estado y, como tal, se trata de estar en él, de permanecer. No hay que llenarlo; no pide eso. Del vacío existencial se suele procurar huir por cualquier puerta, a cualquier precio; su presencia multiplica los movimientos de fuga (ruido, hiperactividad, relaciones seriales, consumo voraz, necesidad de movimiento continuo).

El vacío fértil es acogedor, el vacío existencial es insoportable. Uno es generador de endorfinas, el otro de adrenalina. Las endorfinas son hormonas producidas en la hipófisis, una pequeña glándula ubicada en la base del cerebro. Todo aquello que nos resulta placentero estimula la producción de endorfinas. Estas, a su vez, espolean la sensación de relajación, de armonía. No producimos endorfinas para estar bien, sino que las originamos porque estamos bien. Por eso se llaman hormonas de la felicidad. Y, como la felicidad, no son el resultado de una búsqueda obsesiva, sino la consecuencia de una manera de estar en el mundo, de actuar en él, de relacionarse, de vivir.

Para afrontar el vacío existencial muchas veces se apela a otra hormona: la adrenalina. Secretada por las glándulas suprarrenales, el organismo la produce para afrontar situaciones de estrés. Cuando se vive en continuo estado de tensión (velocidad, deportes extremos, situaciones de riesgo, trabajo ininterrumpido, ansiedades y exigencias de diferente tipo), hay una permanente producción de adrenalina para responder a esa demanda. El vacío existencial suele producir una suerte de adicción a la adrenalina, la necesidad de estar siempre en acción, excitado, en una búsqueda insaciable de algo, no importa qué, que cuando se alcanza sólo deviene en un nuevo deseo. Hay personas que consideran esto un mérito, a costa de olvidar que el organismo necesita descanso y que la constante producción de adrenalina tiene sus consecuencias: infartos, accidentes cerebrovasculares, úlceras, fatiga crónica, estados de ansiedad, insomnio.

A la luz de estas descripciones, bien se puede decir que hay vacaciones endorfínicas y hay vacaciones adrenalínicas. Las primeras, probablemente, son el resultado de un auténtico vacatio , un tiempo de vaciamiento, un acercamiento sin temor al vacío fértil. Las segundas suelen resultar la continuidad de un estilo que viene del año transcurrido y que acaso se prolongará en el tiempo por venir.

Tiempo de respuestas

"El silencio no es la ausencia de sonido, sino un deslizamiento de la atención hacia los sonidos que le hablan al alma", apunta el psicoterapeuta y mitólogo Thomas Moore en El reencantamiento de la vida cotidiana . "El silencio -continúa- es una forma positiva de escuchar que nos impulsa a apagar la perilla que comúnmente sintoniza la vida activa y a encender la que amplifica los movimientos del alma. La naturaleza puede ser muy sonora si nos sentamos serenamente en una roca frente al océano." Donde Moore dice silencio, quizá pueda escribirse vacatio . El "tiempo de vaciamiento" puede ser, en efecto, un tiempo de respuestas a preguntas nunca afrontadas.

Este tipo de vaciamiento despeja el campo visual y permite que se recuperen figuras y vínculos en el campo afectivo, que se profundicen raíces emocionales, que despunten vetas creativas. En el silencio que menciona Moore, o el vacío que anuncia Mujica, suele aparecer el otro, y lo hace con frecuencia con el rostro de nuestros seres más cercanos, a quienes en el "lleno" habíamos perdido de vista. Aparece en un rato de quietud compartida, sin necesidad de hacer algo, ni de convocarnos a actividades de ningún tipo. Se trata sólo de estar, de mirarnos, de redescubrirnos a través de la escucha, de la mirada, de la simple y poderosa presencia. Nada más barato ni menos estresante. Un tiempo no planeado, que simplemente acontece. He ahí un hecho extraordinario que puede ocurrir cuando cesa el desplazamiento constante, la planificación ininterrumpida, la exigencia sin fin, el mandato que nos empuja inconsciente e insensiblemente a establecer relaciones y a emprender actividades siempre utilitarias, que "sirvan" para algo.

En el vaciamiento aparece la posibilidad de lecturas compartidas, de caminatas que no se proponen llegar a algún lugar ni hacerlo en determinado tiempo. Se ofrece la maravillosa oportunidad de formular preguntas del tipo "¿cómo estás?", "¿cómo te sientes?", "¿qué está siendo de tu vida?". Preguntas sorprendentes, quizás, sobre todo cuando el destinatario es nuestra pareja, nuestro hijo o hija, nuestro padre o madre, nuestro hermano o hermana, nuestro amigo o amiga, esos seres cercanos de los cuales suele alejarnos el "llenado" que nos ha aquejado durante el año. Y sorprendentes y mágicas pueden ser las respuestas cuando abrimos nuestra escucha y las recibimos sin apuro, sin juicio, celebrando la primicia de acogerlas.

El viaje necesario

Vacatio , el "tiempo de vaciamiento", las vacaciones, puede ser el instante de descubrimiento, ese en que recordamos una vocación postergada que pide ser traída al presente de nuestra vida. Y puede ser el momento de viajar sin necesidad de correr hacia una agencia turística ni de devanarse los sesos en busca de destinos sofisticados. El profesor de Psicología de la Universidad de Uppsala, Suecia, Owe Wikstrom, especialista en el estudio de las relaciones entre religiosidad y salud mental, lo propone en su profundo y vivencial Elogio de la lentitud : "Tarde o temprano, los seres humanos tenemos que emprender el viaje más decisivo de todos: el viaje hacia nosotros mismos. Y un requisito necesario para este viaje interior es disminuir la velocidad". Y se puede agregar: junto con la velocidad, disminuir el ruido, la hiperactividad, el productivismo, la voracidad, el apetito material, la preocupación por lo efímero, por lo circunstancial, por lo superficial, por lo fugaz (aunque brille, aunque tiente).

Todos hemos leído desde chicos relatos en los que algún ladrón sale al paso de un peatón o un salteador de caminos interrumpe el rumbo de un jinete y, apuntándoles con un arma, los urgen: "¡La bolsa o la vida!". Aunque ese tipo de viñeta haya ido cayendo en desuso, cobra en estos tiempos una súbita actualidad. Se trata de una buena pregunta para reflexionar sobre ella durante las vacaciones. Hoy, un interrogante crucial es precisamente ése: "¿La Bolsa o la vida?". ¿Qué tipo de bolsa?, ¿qué tipo de vida?

Las Bolsas representativas de nuestro tiempo se han derrumbado en el final de 2008, vencidas por el peso de la codicia, de la ambición desenfrenada, de la creencia que, aunque no lo veamos, el dinero siempre está y sólo queda ir por él. Muchas personas -acaso demasiadas para las urgencias que hoy tiene el planeta en términos de solidaridad, de cooperación, de empatía, de alimento, de salud, de dignidad- habían hecho de la Bolsa su vida (y lo siguen haciendo). Eso no es grave en sí, desde el momento en que cada quien resulta dueño del rumbo que le da a su existencia. Lo peligroso es que lograron hacer de su visión personal una creencia colectiva, a tal punto que existe la sensación planetaria de que el derrumbe de las bolsas es el final de la vida tal como la conocemos. Y de que no hay otra.

Henri J. M. Nouwen (1932-1966), sacerdote y docente holandés, autor de El regreso del hijo pródigo, Más allá del espejo y La voz interior del amor , entre otras obras valiosas, es considerado una de las voces espirituales más poderosas del siglo veinte. El sostenía que la vida es un tesoro, "no porque sea inmutable, como un diamante, sino porque es vulnerable, como un ave pequeña. Amarla significa amar su vulnerabilidad, pidiendo que nos cuiden, que nos presten atención, que nos guíen, que nos apoyen". En la aparente simpleza de esa declaración hay una enumeración de valores humanos esenciales: la vida, la cooperación, el cuidado, el reconocimiento del otro, el respeto, el amor. Cuando se habla de Bolsa de Valores, esa bolsa que se ha vaciado estrepitosamente, no se habla, es obvio, de estos valores. Los que se han derrumbado, aunque sin perecer ni mucho menos, son los valores del egoísmo, del materialismo extremo, de la acumulación voraz, de la especulación, de la codicia. Sobre ellos se construyó, y se ofreció como modelo, un estilo de vida, de vínculos humanos y de vínculo con el planeta.

En esta zona del mundo las vacaciones coinciden en el tiempo con los ecos más sonoros de ese derrumbe. Y también con sus inevitables consecuencias. A ese estruendo le seguirá un silencio. "Hay dos silencios: uno asusta y el otro pacifica", dice Nouwen. "Nos hemos alienado del silencio; no sabemos qué hacer con él. Si vamos a la playa o vamos al bosque, los auriculares son nuestros compañeros más importantes; parece que no podemos soportar el sonido del silencio." Silencio, vacío, receptividad, pasividad, contemplación, son palabras que se ofrecen como oportunidades en el horizonte vacacional. Más que como simples palabras, asoman como oportunidad de nuevas y profundas experiencias.

Ocio y libertad

Quizás una de las experiencias para transitar consista en revisar la noción de ocio productivo. Como sostendría Aristóteles, esas dos palabras no se llevan. El ocio no es ni puede ser, por definición, productivo, y quien siente la necesidad de producir en ese tiempo no es una persona libre, según la mirada del filósofo griego. Aristóteles sostenía que el ocio es condición de la libertad. Cuando el hombre cesa de producir, decía, se ve ante aquello que lo hace humano: las cuestiones morales. Y debe definirse y comprometerse ante ellas. Si tener tiempo libre equivale a estar ocioso, ¿es libre quien, aun cuando está ocioso, siente la necesidad de producir algo?

"Producir algo" se traduce muchas veces en la idea de "sacarles provecho a las vacaciones". Leer una docena de libros no leídos durante el año, ver otras tantas películas, "hacer" amigos, dedicarse intensivamente a actividades postergadas (físicas o intelectuales), practicar todos los deportes que sólo hemos visto por televisión, llevarse la notebook a la playa para "ponerse al día" con los mails u otras cosas, recorrer diez lugares en diez días, como quien apuesta a figurar en el Guinness. Cuesta imaginar a Dios, más allá de cualquier creencia o agnosticismo, sintiéndose culpable de "no hacer nada" en el séptimo día. "Que nadie trabaje. Ni tú, ni tus hijos, ni tus hijas, ni tus siervos, ni tus siervas, ni tus animales, ni los forasteros que viven en tu país", advierte el Libro bíblico del Exodo. Sólo así se honra al trabajo de la creación, advierte.

"¿Por qué nos parece tan difícil no hacer nada, sobre todo después de haber cumplido con nuestras obligaciones? ¿Será porque tenemos miedo de aburrirnos?", se pregunta el alemán Michael Simperl en su estimulante trabajo Menos es más... Simperl fue un exitoso publicitario y consultor de empresas acostumbrado al lujo, al consumo y a estar siempre ocupado, aun en sus vacaciones. Hasta que se cayó de la punta de su pirámide dorada y debió aprender a vivir de una manera diferente. Simperl concluye, en sus reflexiones, que quien teme al aburrimiento es porque no encuentra nada dentro de sí que valga la pena y esto lo impulsa a hacer de su tiempo libre un tiempo lleno de obligaciones. Obligaciones sociales, lúdicas; obligaciones de "gozar", de "encontrarse", de "divertirse", que terminan llenando la agenda de vacaciones casi al mismo nivel que la agenda del resto del año. El cree que, a menudo, quienes más llenan sus vacaciones de propósitos y objetivos son los que suelen regresar de ellas con una mayor sensación de insatisfacción, de que todo pasó "demasiado rápido", de que se quedaron con cosas sin "hacer". También en vacaciones, en fin, cuando una persona se define por el "hacer", el "ser" queda insatisfecho, sigue pidiendo atención. Entre el "hacer humano" y el "ser humano" no siempre hay sintonía, y las vacaciones pueden ser tiempo de desafinar aun más o de armonizar. Quizás a algo de esto apuntaba el gran filósofo existencialista danés Soren Kierkegaard cuando decía: "La mayoría persigue el gozo con tanto afán que éste pasa inadvertido a su lado".

En el Evangelio según San Mateo se leen unas palabras de Jesús que merecen recordarse en los merecidos y necesarios tiempos de vaciamiento: "Miren cómo crecen los lirios en los campos; ellos no trabajan ni hilan y, sin embargo, yo les digo: Salomón, en toda su gloria, no estuvo nunca tan brillantemente vestido". No se trata de salir a las rutas a tratar de llegar primero a riesgo de la propia vida y de otras. No se trata de llenar cada minuto de algo que lo justifique. No se trata de "desquitarse" de un año duro ni de "entrenarse" para el que viene. No se trata de regresar de las vacaciones con las maletas y mochilas más llenas que en el momento de partir. Muchas de las mejores fotos vacacionales no quedan en la memoria de la cámara digital ni el disco duro de la computadora. Su registro está en el alma.

En su inspirado trabajo Cuando nada te basta , el rabino Harold Kushner recuerda esta frase del Talmud (libro que recoge las discusiones rabínicas acerca de las leyes del judaísmo): "Una hora en este mundo es mejor que toda la eternidad en el mundo por venir". Quizá las vacaciones representen una magnifica ocasión de instalarnos con profundidad, con coraje, con decisión, en este mundo, en lugar de convertirlas en una puerta para escapar de él.

Por Sergio Sinay

Ejercicio: autobiografía

He aquí un sencillo ejercicio para las vacaciones. Se trata de imaginar que hemos vivido casi la totalidad de nuestra vida y que ésta ha sido larga (cada quien decidirá, pues, qué edad tiene: 70, 80, 90 años). Planeamos, entonces, escribir nuestra autobiografía. ¿Cuánto espacio ocupará en ese libro cada una de las cosas que en este momento nos generan ansiedad, insomnio, preocupación, inquietud? ¿Qué cantidad de párrafos se llevarán las cuestiones que hoy nos exigen, o nos consumen, lapsos esenciales de tiempo? ¿Cuántas líneas estarán dedicadas a temas que hoy asoman como urgentes e impostergables? Imaginemos que el libro tendrá doscientas páginas y diez capítulos. ¿Cuáles serán esos capítulos? Cuando tengamos el plan de la obra, cotejémoslo con nuestra vida actual. ¿Hay correspondencia entre el espacio que ciertos temas están ocupando en nuestras vidas y nuestras mentes y el que ocuparán en el libro? ¿Estamos viviendo de acuerdo con la autobiografía que escribiremos? ¿Hay temas esenciales a los cuales nos gustaría dedicarles varias páginas y a los cuales hoy no les destinamos ni una línea de nuestra vida? Pasarnos en limpio, rescribirnos, escribirnos. Un proyecto para las vacaciones.

Tiempo de descanso

Según datos oficiales, el tiempo de vacaciones de los argentinos viene decreciendo (el promedio es de 6,3 noches). Y el gasto por día y por persona era hacia el año pasado de 103 pesos promedio en los distintos puntos del país en concepto de alojamiento, comidas, excursiones, compras y entretenimiento. Las estimaciones, siempre oficiales, que se hacían a comienzos de 2008 (proyectando una inflación de 10,2%) indicaban que, en 15 días, un grupo familiar tipo (padre, madre y dos hijos) que tomara vacaciones en el país gastaría 6180 pesos.

En comparación, los españoles gastaron un promedio de 1764 euros por persona en las últimas vacaciones (julio y agosto). Esto es un 8% menos con respecto a la cifra de 2007. En otros países europeos, éstas son las estimaciones, según el periódico español especializado en economía Cinco Días: Alemania, + 9%(2235 euros). Austria, + 7% (2426 euros). Bélgica, + 5% (2228 euros). Francia, - 4% (1934 euros). Gran Bretaña, + 0,2% (2584 euros). Italia, (+ 11% 2290 euros).

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