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Diálogo profundo en un mundo inconexo

Opinión

Abraham Skorka
Para LA NACION

EL diálogo interreligioso desarrollado en nuestro país generó un especial sentimiento de sensibilidad entre miembros de los distintos credos frente a los múltiples días de recogimiento y espiritualidad de cada uno de ellos. Las expresiones de simpatía y afecto se multiplican en esas ocasiones. Estas demandan, por otra parte, la meditación y el análisis acerca del real compromiso que debe reflejar un auténtico diálogo interreligioso en especial y la conformación de una realidad humana dialogal en general.

Una mirada incisiva en la coyuntura presente permite distinguir un mundo inconexo, en el que el verdadero diálogo, entendido en los términos en que lo definió Martín Buber en el siglo pasado, se halla muy lejos de plasmar la realidad.

Las religiones, que en los tiempos del Iluminismo fueron desplazadas por los nuevos "ideales" emergentes de aquél, vuelven a ocupar en el presente un lugar central en el contexto humano. La caída de los "ideales", proclamada al desplomarse la Unión Soviética, dio paso al retorno de los viejos credos. Algunas expresiones de éstos volvieron remozadas; otras, con los mismos vicios por los que fueron aborrecidas. Los conceptos de "cruzadas", "choque de civilizaciones", "guerra santa" fueron desempolvados de la historia. El problema no nace, evidentemente, en el fenómeno religioso en sí, sino de la tergiversación perversa del sentimiento religioso.

La mezcla de un sentimiento religioso, percibido como verdad absoluta que otorga una supuesta superioridad para los fieles con respecto a los infieles, con los ciegos deseos del poder y la dominación, son una de las fórmulas más explosivas de entre todas aquellas de las que la historia humana tiene registro. Si en la frase anterior se cambia "sentimiento religioso" por "ideal político", arribamos a la misma conclusión.

Las religiones del siglo XX fueron los fanatismos políticos, que engendraron ceremonias partidarias muy semejantes, en algunos de sus rituales, a los ritos paganos. En el siglo XXI, la rueda volvió a girar hacia su estado primigenio.

El problema radica en el hombre, en su falta de aceptación del otro. Cuando las experiencias y los sentimientos religiosos se estructuran y organizan dejando de servir a su propósito esencial para atender a intereses espurios, se plasma en lo humano una realidad inconexa, de falta de diálogo, alienación. El valor de la genuina experiencia religiosa desvanece en una realidad tal como la que caracteriza nuestros días, pues difícilmente puede hallar eco y respuesta en medio de una cultura que sabe de aquellos que se consumen en su miseria y otros en el consumismo.

La religiosidad, aquella que halla el hombre en el soliloquio de su soledad, posee un valor superlativo. El testimonio de las experiencias de los profetas plasmado en los escritos que conforman la Biblia sigue motivando y emocionando a muchos todavía. Las palabras de Jesús, que tienen sus raíces en la Biblia hebrea y múltiples concomitancias en la literatura rabínica, aún hacen vibrar a millones.

Sin embargo, el léxico que permite entablar un diálogo profundo entre todos los creyentes es aún materia pendiente por conformar. Las religiones, que aúnan a los creyentes de una misma fe, conjugan frecuentemente en sus estructuras tanto la religiosidad como factores políticos e intereses de distinta índole, muy lejanos de aquélla. Por ello el pasado humano ha sido testigo de "guerras santas", en las que lo religioso fue usado para servir al descarriado interés humano.

La Biblia relata que Dios confundió las lenguas de las gentes cuando habiendo un único idioma éste sólo servía para construir una enorme torre en la planicie de Shinar, luego denominada Babel, para encumbrar lo humano desafiando a Dios mediante aquel edificio que debía llegar a los cielos. Desde entonces, el desafío es el de recrear un lenguaje de entendimiento entre las gentes y pueblos que sirva para honrar tanto al prójimo como a Dios (Sofonías 3: 9). Es el idioma que comprendieron los patriarcas y los profetas, y del cual algunos vestigios nos han llegado, cuyo hallazgo es un desafío perenne para todas las generaciones. Se encuentran en él atisbos de respuesta a la búsqueda del sentido de la existencia de lo humano y la esencia que permite al individuo hallar la forma de la convivencia pacífica con su prójimo.

Uno de los no tan conocidos logros en nuestro medio es el de la conformación de un profundo y sincero diálogo y compromiso de expansión de éste, entre representantes de los distintos credos. Se materializaron múltiples proyectos que permiten suponer que la búsqueda de un idioma común, que se cimienta en la sinceridad, tal como avizoró el profeta, no es una mera ilusión ni una apaciguante utopía.

En la festividad que celebran las distintas iglesias cristianas, en la que se recrea el nacimiento de quien, al decir de sus creyentes, sabe acercar lo humano a lo divino, valgan estas reflexiones -y deseos de felicidad- de un descendiente de sus hermanos, que por otras sendas siguieron buscando con ahínco, en estos últimos dos mil años, el idioma que permite transformar un mundo inconexo en una realidad de diálogo sincero. El que permite al hombre dignificar su existencia, condición necesaria para encarar el diálogo con Aquél que la ha creado. .

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