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Sueños creados en parís

La capital francesa sigue siendo un mito, aunque haya sido desplazada por Nueva York como el centro mundial del arte; adncultura visitó los talleres de varios de los argentinos que encontraron allí su inspiración

Sábado 10 de enero de 2009
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Por María Paula Zacharías Para LA NACION - París, 2009

Esta ciudad es un destino idealizado por pintores de todas las latitudes. Lo sigue siendo aún para los románticos, por más que se insista en que Nueva York es el centro mundial del arte desde hace décadas. La realidad es que París tiene una densidad poblacional artística abrumadora, en la que hay muchos argentinos. Tantos, que en el Museo de Arte Tigre (MAT) se ve en estos días una muestra que reúne a un puñado de ellos (ver recuadro).

Algunos reflexionaron desde París, para adn cultura, sobre aquel mito. El amor, el azar, el más ferviente anhelo o la urgencia los trajeron a esta ciudad que despierta tantos sueños. Abrieron sus talleres y contaron sus historias, que admiten más matices que sus paletas.

"Hay un París que se acabó", dice nostálgico Antonio Seguí, que les abrió la puerta a muchos colegas. Compartió con decenas de ellos el taller de la casita del fondo de su gran château de Arcueil, un suburbio al sur de la capital francesa. "París sigue siendo la vidriera del mundo. Acá le dan mucha importancia al arte moderno americano, quizá más que al francés", opina sereno, recién llegado de Córdoba. Su célebre casa es de 1824, con 1100 metros cuadrados que el pintor de los hombrecitos apurados se empeña en mantener comme il faut , prolija, restaurada y con su colección de arte tribal desplegada por todas las habitaciones. Llegó a ella algo desesperado: estaba trabajando en el taller de Antonio Berni y de un día para otro lo tuvo que dejar, porque recibió tarde la carta que anunciaba el regreso de su dueño. Le dijeron que un depósito se alquilaba en Arcueil, zona que conocía por comentarios de Berni, que solía pintar paisajes ahí. Le gustó, entre otras cosas, porque quedaba a 400 metros de la casa del pianista Eric Satie. En 1980 estaba casi en ruinas, habitada por 25 personas. La iba a comprar la municipalidad porque era monumento histórico, pero como se caía el techo era urgente arreglarla y se la ofrecieron a Seguí. Tardó cinco años en restaurar hasta el último detalle como en sus orígenes. Pero últimamente sólo la usa para almorzar y dormir porque se pasa horas en su taller, un agregado más moderno, bien iluminado y con plantas, que al artista ya no le parece tan grande como cuando invitaba a tres o cuatro amigos a pintar con él.

Pese a que lleva más de 50 años en París, su corazón sigue en Villa Allende, Córdoba, por lo que viaja religiosamente cada tres meses y pasa allí 15 días. Siempre defiende su identidad: "Sigo con mis papeles argentinos. Tengo una residencia privilegiada de diez años, las mismas obligaciones que los franceses y un poco menos de derechos. Cuando me ofrecieron ser profesor en la Escuela Superior de Arte, tenía que hacerme francés, pero aceptaron que siguiera siendo argentino porque yo no quería cambiar mi pasaporte". De chico sintió aquel idilio. "Tuve el sueño de París antes de venir a estudiar acá. Cuando entré en la Escuela de Bellas Artes, vi que las relaciones humanas eran muy difíciles en esa época, en 1953. Me veía con tres amigos latinos. Tenía un departamento lindísimo en Saint Gemain -donde ahora está Armani-, que estaba lleno de franceses todos los días, y cuando llegaba el 25 de diciembre nos quedábamos los latinos solos, porque nadie nos invitaba", recuerda. Por eso no lo tentaba la idea de quedarse. En cambio, se fue a recorrer América latina y se instaló en México. "Traía ese sueño de París porque era el estado del alma de los argentinos; nuestra educación era francesa. Pero después no quise volver. Aquel París no tenía nada que ver con éste, que se ha humanizado, quizá a costa del turismo."

Su añoranza es de los años que vinieron después, cuando el azar lo trajo de nuevo a la ciudad de las luces. "Mi mujer era coreógrafa y le dieron una beca de cuatro meses. Era 1962 y a mí me invitaban a representar a la Argentina en la Bienal de Jóvenes. Yo estaba decidido a ir a vivir a Nueva York. Pero me fue tan bien en la Bienal, que ese año tenía ya dos exposiciones en galerías francesas. Enseguida me contacté con galerías en Londres, Bélgica... me recibieron con los brazos abiertos. Me dije ?me quedo un tiempo´, y ese tiempo se sigue estirando", cuenta. Saint Germain sigue siendo el barrio que más le gusta. "Entraba a Café de Flore y estaba Simone de Beauvoir con Sartre... Copi en otra mesa. Al final del día iba a Old Navy, un café que era un horror pero allí estaba todo el mundo, y ahora es peor porque no hay nadie. Ese París no existe más, para mí se acabó en mayo del 68. Participé como todos, más que nada por diversión. Pero después me hizo encerrarme, dejé de salir, y es un poco la conducta que tuve hasta ahora... Estoy solo, pero lleno. Soy una especie de solitario que necesita público", confiesa. Nada supera su plan de sopa y a la cama temprano, salvo la compañía de sus amigos más íntimos.

La pintora mendocina Cristina Ruiz Guiñazú es una de las bienvenidas por Seguí. La trajo Pat Andrea, un holandés apasionado por la Argentina que se enamoró de ella y le preguntó dónde quería vivir. En París, le respondió, y hasta que el holandés logró mudarse ella estuvo pintando en el taller de la casita del fondo de Arcueil, el mismo barrio donde vive ahora. A Seguí lo conocía a través de amigos de Córdoba. "Me protegió muchísimo. Yo lo ayudaba como una especie de secretaria. Con él conocí todo el mundo de la cultura de París. Era un epicentro", asegura.

Hace treinta años que está casada con Andrea, durante los primeros seis vivieron en verano, seis meses en París y seis en Argentina, hasta que sus dos hijos empezaron la primaria. "Soy un argentino por adopción", declara Andrea, que suspira por su casa en Palermo Viejo y una vez quiso tramitar la ciudadanía argentina, pero en el consulado le advirtieron que sería muy doloroso. Ella, que es argentina por nacimiento, es la que más quiere quedarse en París. "Cuando llegué por primera vez tuve la sensación de que ya había estado aquí. Conocía el plano como la palma de mi mano, de tanto que lo había estudiado, leído, imaginado, soñado... Sabía el nombre de las calles, avenidas, restaurantes, tiendas y museos. Lo primero que hice fue ir a ver el Louvre, y desde entonces es mi gran pasión. Me nutre y me da ganas de pintar." Es fanática también de la ribera izquierda del Sena, "la ribera cultural". Desde el atelier de Ruiz Guiñazú, en la galería municipal Julio González, se divisa un acueducto romano y el taller de Andrea, un antiguo matadero reciclado que conserva sus paredes de azulejos blancos.

Tras medio siglo en París, Julio Le Parc vive en edificio propio. El portero eléctrico del número 29 de la rue Couste, en Cachan, tiene el apellido Le Parc repetido en sus ocho departamentos. Reunió ahí a toda su familia, su taller, depósito y galería personal. En 1972 lo compró en ruinas y hace poco inauguró nuevas ampliaciones. "Ya en esa época los artistas habían emigrado de París porque todo era muy caro. Primero estaban en Monmartre, después se mudaron a Montparnasse y de ahí se fueron a La Bastilla, que era una zona de carpinteros y artesanos. Ahora hay muchos artistas por estos lugares."

Le Parc recibe en delantal de trabajo, boina de cuero y con un desconcertante sentido del humor. "Por ahora tengo sólo tres hijos, no sé más adelante", dice con impecables 80 años. "Llegué en 1958 porque era el centro más importante para la plástica. Era el gran mito de París, el origen de las grandes escuelas y corrientes que queríamos ver con nuestros propios ojos. Llegué con mis compañeros de Bellas Artes -Sobrino, De Marco, García Rossi-, con los que luego formamos el Grupo de Investigaciones Visuales", recuerda. Lo trajo una beca del gobierno francés de ocho meses, se alojó en un hotel en Saint Michel, y después consiguió un cuarto más grande en Montmartre. De ahí fue a Saint Sulpice, y más tarde compró con Berni un local en la zona de La Bastilla. "Lo que más me gustó fue tener todo el tiempo para mí, para poder trabajar. En una semana recorrí museos, sobre todo los de arte moderno, y galerías. Salía y salgo poco, nunca viví la bohemia, la vida nocturna de cafés y bares. Todo el tiempo nos dedicábamos a trabajar", aclara.

De París rescata la ayuda que reciben los artistas, pero advierte que no siempre llega a todos. "He visto jóvenes que llegan con una beca de un año y se desilusionan porque al terminar no hicieron ninguna exposición individual. No es así. Yo tardé nueve años en lograr mi primera muestra, y eso no me impidió seguir desarrollándome y estar atento. Para triunfar en París no hay que querer triunfar. Si uno se dedica a desarrollar sus ideas, investigaciones, a reflexionar y trabajar, a lo mejor lo logra. No hay que perder la obsesión por el trabajo. El reconocimiento y el dinero son ambiciones muy tristes y limitadas. Sin utopía..."

Otra artista que lleva décadas en suelo francés es Marie Orensanz, aunque vive un poco aquí y otro poco en el porteño barrio de Belgrano. Su casita en Montrouge está adornada con cuadros heredados y muebles de distintas épocas, que contrastan con las obras siempre actuales de su taller, que tienen leyendas como "¿dónde me pongo?" "París es un buen laboratorio. Es un lugar tranquilo para trabajar. Buenos Aires es tan energético que te tenés que aislar. Acá tenés toda la historia del arte, pero allá sin ella nos sentimos mucho más libres", dice. En ese barrio, conocido por su Salón, también vivió la escultora Alicia Penalba. "Vivimos varios años a metros de la Torre Eiffel. Es interesante lo que pasa alrededor. Es súper moderna, no pasa de época y simboliza la libertad de creación y la gente que apoyó ese acto creativo. Significa esa mentalidad, la misma que después alentó la pirámide del Louvre... gente muy interesante", reflexiona.

"Pensar es un hecho revolucionario" es uno de los leit motiv de su obra. Pero en París, la rebelde Orenzans se tuvo que atener a las reglas. "En Francia hay una sociedad de continuación, las cosas no cambian con los gobernantes. Te obliga a trabajar, no te deja que te quedes atrás, no podés estacionar en cualquier lado... todas esas normas acá las cumplís o pagás multas tremendas, tenés que respetar al otro. Una vez dije que no me había llegado una invitación a un vernissage porque no quería ir y quedé como una mentirosa: acá las cartas llegan. La sociedad te ordena y esas reglas te dan más libertad en otros ámbitos."

A París no la llevó su marido francés, Patrick Audras, sino el machismo de los italianos de los años 70. Estaba con una beca en Roma y ningún galerista quería vender obra firmada por una mujer. "Vinimos a Francia porque no quería criar a mis tres hijas en una sociedad así. París no era muy distinto, pero me apoyaron mucho. Mandaba obras a los salones, me aceptaban, gané premios y becas. Viví una época fantástica con Jack Lang, ministro de cultura de Mitterrand", afirma.

Orensanz es muy amiga de Pablo Reinoso, que llegó bastante después. "Me fui de Argentina en 1978 porque acababa de terminar dos años de colimba y me iban a llamar de nuevo por el Conflicto del Beagle. Me fui un día antes de que cerraran las fronteras a los chicos de mi edad", explica. Como tenía nacionalidad francesa por parte de su madre y tenía familia en París, viajó directo a esta ciudad, pero al mes se fue con una beca a Roma. Su primer taller estuvo en Montmartre y hace tiempo es el patrón de la vereda en Villa Rose, una calle de una cuadra en Malakoff donde Reinoso compró tres terrenos consecutivos. Casa, taller y consultorio para su mujer se suceden con la estética contemporánea de este artista, que trabajó también como diseñador, fotógrafo y director de arte de casas como Givenchy. Colecciona sillas, sobre todo las thonet, a las que dedicó más de una muestra. "París es una de las ciudades más bellas del mundo, junto con Londres y Venecia. La más grande y homogénea. Pero amo Buenos Aires, quizá más desde que no estoy ahí", confiesa. A París le gusta recorrerla en auto y de noche, cuando no hay tránsito, bordear el Sena y buscar distintos trayectos hacia su casa.

Mario Gurfein, Fernando Mazza, Roberto Plate, Horacio García Rossi, Mosner, Rubén Alterio, Alberto Bali y Vicente Grondona son algunos otros residentes, pero hay más. Haby Bonomo, por ejemplo, llegó en 1969, sin ilusiones. "A mí me encantaba Buenos Aires. No me movía de Barrio Norte", asegura. No le interesaba conocer Europa hasta que conoció una francesita que lo hizo suspirar. "Vine a hablar con el novio, que era un ex amigo mío. Con la francesa estuve apenas un año, pero me dieron las equivalencias de mi título de arquitecto y empecé a trabajar. En 1978 me puse a pintar." Con la esperanza de la vuelta de la democracia, volvió al país en los años 80, pero el amor volvió a traerlo a París. "Venía a visitarme una amiga francesa, compañera de baile. Entre baile y baile tuvimos una hija. Y después otra más. Vivimos juntos veinte años. Ya no baila más, pero tiene una empresa con impresiones de pinturas mías en objetos de decoración que vende en todos lados." En su atelier tiene un showroom que funciona como galería. "Me gusta de París su gran diversidad social y el anonimato. Las parejas jóvenes pueden comprar obra, cosa que no pasa en la Argentina. Hay una clase ilustrada con poder adquisitivo que colecciona según su propio criterio. Me considero un privilegiado porque vendo sin galería de por medio", señala.

Una historia más reciente es la de Martín Reyna, que llegó a París en 1991 por primera vez, por la exposición El Atelier de Buenos Aires , con Pablo Suárez, Roberto Elía y Jorge Macchi, y ya no se quiso ir. "Fui cambiando de barrios. Me mudé 16 veces en los primeros trece años. Mi vida en París es una cartografía de los barrios en los que estuve. Ahora estoy menos curioso, me muevo menos y pinto más", confiesa. Los primeros cinco años fueron de deslumbramiento por las calles y museos. "Era un tiempo de percepción y acumulación de visiones urbanas y artísticas. Ningún viaje me alcanzaba y por eso me quedé." Pasó horas dibujando, reflexionando y mirando las salas de pintura francesa del Louvre, el museo Gustave Moreau y el de Picasso. "Me pasaba las tardes en Musée de l´Orangerie , que era muy distinto: era medio secreto y escondido, nunca había nadie. Conocí ahí la pintura de Cézanne, que de tanto obligarme a verla se me fue revelando." Ahora trabaja en el barrio 13, en un edificio para artistas diseñado por Christian de Portzamparc. De ahí se va en tranvía a su casa, en el 16, en la Puerta de Saint Cloud, zona de bosques. Sólo entra al corazón de la ciudad por compromisos. "Busco mirar más hacia afuera de la ciudad que hacia adentro", dice.

"La experiencia de los años que viví aquí transformaron mi manera de mirar al arte y de ser artista. No sé si hoy me puedo imaginar operando desde otro lugar fuera de Europa. Me familiaricé con el modo de trabajo. Acá no hay un punto de llegada como idea. En la Argentina se cataloga a los artistas por generaciones, acá no. Eso me sirve para trabajar sin responder a cánones, pero me falta esa carga de identidad", observa. Los vinos de Bordeaux han sido otra buena razón para quedarse, dice en broma. "Hay un mito argentino acerca de París y los artistas -agrega-. No sé si existe en todo el mundo. Ahora muchos artistas se van a España o a Berlín. París es duro para vivir, aunque hay aún una exigencia de renovar la escena contemporánea. Cuando me vine, la mayoría se iba a Nueva York, que era sinónimo de triunfo". París era -y es- una ciudad para soñar.

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