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La improvisación y el desorden, un jaque mortal frente al tablero

La falta de idoneidad de algunos dirigentes ahuyenta peligrosamente a los auspiciantes y a los jugadores

Lunes 12 de enero de 2009
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Por Carlos A. Ilardo Para LA NACION

Acaso resulte risueño explicarlo, pero justamente el ajedrez, un juego ligado por antonomasia al intelecto de los hombres, que sabe de planificación y desarrollo, fue víctima a lo largo de 2008, tanto en el orden internacional como en el vernáculo, de la desorganización e improvisación de quienes lo gobiernan; la falta de idoneidad de sus dirigentes continuó machacando su imagen, ninguneando a los jugadores y espantando a los auspiciantes.

Con sus desopilantes resoluciones alentaron el viejo aforismo del polémico filósofo y escritor español, Miguel de Unamuno, que con la fuerza de una sentencia desnudó la capacidad de sus conductores -muchos de ellos aficionados al juego, ahora devenidos en dirigentes-: "El ajedrez procura una suerte de inteligencia que sirve únicamente para jugar al ajedrez".

En 2008, la FIDE dio nuevas muestras del poder despótico de su presidente, el multimillonario y primer mandatario de la República de Kalmykia, Kirsan Ilyumzhinov; el hombre que hace y deshace a su antojo, maneja a su gente como piezas leales en una partida de ajedrez. Por ello sus propuestas son aprobadas por unanimidad; nunca nadie se atreve a contradecirlo.

Sus dislates en la organización de los ciclos del Mundial y el Grand Prix, con anuncios y suspensiones, provocaron que los mejores ajedrecistas renunciaran a su participación y cada vez son más los que trocan trebejos por naipes de póquer. Así, los auspiciantes comenzaron a marcharse con rumbo al olvido.

El Congreso de FIDE, en Dresden, fue un nuevo modelo de la desvergüenza, no sólo por los costos de traslado de la corte de dirigentes claqués , sino porque, además, aprobaron el "canon" -entre un 10 y un 20%- que junto con la invitación, con viaje y estada incluida en lujosos hoteles para sus altos funcionarios, deberán abonar los organizadores que deseen que sus competencias exhiban el logo "Gens una Sumus" (Somos una familia), representativo del aval de la FIDE.

Pero el sonrojo no sólo es ajeno; la falta de capacidad de los dirigentes locales también resultó alarmante. El último campeonato argentino femenino se disputó en la sala de prensa del Club Boca Juniors, un lugar adecuado para el trabajo de los periodistas, pero lejos de la comodidad de un torneo de maestras. Hay más. El pago de las inscripciones para los campeonatos nacionales o Panamericanos, vendidos como paquetes turísticos, con el alojamiento y el régimen de comidas incluidos, impulsa a que cada vez participen más jugadores de clases pudientes. Así el ajedrez terminará siendo sólo un juego para los que más tienen y no para los mejores.

El sainete de la desorganización del panorama federado vernáculo provocó que, en 2008, se disputaran los campeonatos superiores de hombres y mujeres de 2007 -pendiente desde entonces- y el del año en curso con apenas 90 días de diferencia. El resultado fue el papelón deportivo en la olimpíada en Alemania, donde ambos conjuntos llegaron sin preparación y carentes de un capitán para el equipo femenino.

También la Liga Nacional, que se asoma como un nuevo generador de competencias frente al alicaído calendario doméstico, en 2009 cumplirá su cuarto año de vida sin conseguir aún que sus partidas sean computadas al Elo FIDE. Sus dirigentes y los de la FADA no lograron todavía cerrar un acuerdo comercial que los satisfaga; a ellos sólo los conmueve la ambición del poder; mientras tanto, nuestros jugadores siguen perdiendo lustre internacional.

Por todo ello resulta extraño que en pleno siglo XXI, cuando ya no quedan dudas de los beneficios de la práctica del ajedrez en la formación de los más jóvenes, de su incorporación en los planes de estudios, de su arsenal pedagógico en la estimulación y desarrollo de las distintas facultades mentales de los individuos, los mandamientos de quienes deben alentar su práctica actúen en contrasentido. Están quitándoles a los jóvenes las ganas de hacer lo que a ellos más les gusta.

Así, algunos, como Antón Kovalyov -lo mejor del ajedrez argentino en los últimos 20 años-, se marcharon del país en busca de nuevos horizontes. Por la misma senda están Pablo Lafuente y Pablo Della Morte; en breve, Damián Lemos y Sebastián Iermito la continuarán. Otros talentos, como Hugo Spangenberg o Pablo Zarnicki, se sumergieron en el mundo de los corazones, diamantes, tréboles y picas; cada día, más lejos del ajedrez. El joven Alan Pichot, de 10 años, que en el último Mundial en Vietnam finalizó 5° entre 100 participantes, no volverá a competir en un certamen, si previamente no tiene asegurado el pasaje. Sus padres golpearon cuantas puertas podían, oficiales o privadas, en busca de ayuda luego de que la FADA y la Secretaría de Deportes de la Nación "desprivilegiaran" su viaje al país oriental.

En medio de esta tierra arrasada surge como un oasis la Universidad de la Punta, en San Luis, con su plan de alfabetización de ajedrez en los colegios y la Escuela de Talentos, pero cuya prioridad es sólo para los jóvenes de esa provincia.

Así, la falta de unión e incapacidad para el desarrollo de nuevas ideas desde la conducción amenaza con hacer realidad el pensamiento de Unamuno. O, lo que es peor, con golpear mortalmente el futuro del ajedrez. Una jugada imperdonable.

Una pérdida doblemente irreparable La muerte de Miguel Najdorf, en julio de 1997, resultó una pérdida irreparable para el ajedrez vernáculo, carente de otra figura capaz de equiparar su carisma. Y con su partida, también se perdieron los magistrales que él creó y que su familia sostuvo sólo algunos años más. Hace dos años que no se juegan en el país los magistrales Najdorf, plataforma para que los jugadores locales se enfrentaran con los mejores del mundo.

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