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Cada vez más, los estudiantes universitarios se suman para hacer tareas voluntarias en favor de las comunidades más vulnerables. Jóvenes de 18 a 30 años ponen en práctica los conocimientos adquiridos

Sábado 17 de enero de 2009

Un golpe de realismo. Una oportunidad para tomar contacto con problemáticas acuciantes y de fondo, y sentirse parte del cambio. Un espacio en donde poner en práctica los conocimientos teóricos adquiridos y ejercitar su costado más emotivo. Todos estos y algunos más son los motivos que llevan a jóvenes universitarios, de todos los rincones del país, a involucrarse en prácticas de voluntariado.

Para dar sólo una idea de la dimensión que está tomando esta forma de solidaridad, fueron más de 1600 los proyectos de voluntariado universitario presentados a la convocatoria 2008 del Programa Nacional de Voluntariado Universitario del Ministerio de Educación. De ahí, fueron seleccionadas 353 acciones pertenecientes a 39 universidades e institutos de nivel superior distribuidos a lo largo de todo el territorio nacional. A través de estas iniciativas, más de 9000 estudiantes y 2000 docentes e investigadores se encuentran involucrados en la resolución de problemáticas concretas vinculadas al desarrollo social de aquellas comunidades más vulnerables. Estas prácticas se realizan conjuntamente con 1620 organizaciones de la sociedad civil y otras instituciones con fuerte presencia comunitaria.

Juan José Corimayo no encuentra las palabras para expresar el gran impacto que tuvo en su vida el haber empezado a participar del proyecto Servicio socio-habitacional, de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Católica de Córdoba. Su voz delata una emoción contenida, que se fue asentando con cada una de las visitas que realiza a la Villa Rivadavia Anexo para asesorar a sus habitantes sobre las mejoras que pueden realizar en sus viviendas. Cursar la cátedra Problemática socio-habitacional, de la carrera de Arquitectura, le permitió acercarse a la precariedad de estas comunidades desfavorecidas. Ya son cerca de 760 familias las que hoy pueden gozar de un bienestar mayor, gracias al trabajo de 151 alumnos.

Lo que más lo impactó, sin dudas, fue poder ir construyendo lazos cada vez más fuertes con esas personas, que semana tras semana, le abren las puertas de sus hogares. "Lo más lindo es poder compartir el desayuno o el almuerzo con la gente de la villa. En general, son muy dados, muy abiertos, pero hubo otros con los que tuvimos que trabajar el vínculo. Y poder presenciar ese cambio fue increíble. Me acuerdo de un señor que, al principio, era muy descreído porque pensaba que no lo íbamos a ayudar. Cuando le llevamos los planos y empezamos a hablar de qué cambios podía hacer en su casa, cambió totalmente de actitud. Se puso en contacto con el resto de las familias de la zona y nos hacía de guía en la villa. Ver que se puede me pegó mucho", contó este joven de 30 años, al que sólo le falta cursar la tesis.

Juan José siente que cada día carga su mochila con aprendizajes nuevos y eso lo llena de desafíos. El haber podido llevarles esperanza y propuestas realizables a personas que están acostumbradas al fracaso y a la mentira, lo reconforta. Así, codo a codo, pudieron ir transformando sus dormitorios y los quinchos en sus casas.

"Hacemos un relevamiento social y habitacional, a partir de encuestas, entrevistas y mediciones para detectar patologías en las viviendas. Luego se confecciona la documentación técnica para las mejoras, y las familias empiezan a trabajar en sus casas. Son las comunidades -que venían trabajando con el voluntariado de la universidad en otros proyectos de apoyo escolar o alimentación- las que se acercan con necesidades concretas", dijo Daniela Gargantini, profesora titular de la cátedra y coordinadora del servicio. Y agregó: "Muchos de los chicos quedan vinculados con el proyecto: trabajan en la comunidad, se vinculan al programa de voluntariado, se incorporan a la cátedra como ayudantes o lo toman como trabajo de tesis".

Su trabajo consiste en asesorar a las familias sobre las modificaciones o edificaciones que pueden hacer en sus viviendas, utilizando la metodología de la autoconstrucción. Son los mismos beneficiarios los que se ocupan -en función de sus ingresos y su disponibilidad- de realizar los trabajos de construcción, y los voluntarios son los encargados de plantear las posibles propuestas. "Se charla con los destinatarios a partir de sus necesidades. Se hace una primera visita para conocerlos, y ellos plantean lo que están buscando. Tratamos de ver lo que es posible en función de lo que ellos ganan. Hay familias que van comprando de a poco los materiales y a otras se los consigue la facultad. Esta labor yo la tomo como si fuera una práctica profesional y me lo tomo con la misma responsabilidad como si fueran clientes", explicó Juan José, con una melódica tonada cordobesa.

Esta práctica recibió, en 2008, el cuarto puesto del Premio Presidencial Prácticas Educativas Solidarias en Educación Superior del Ministerio de Educación, lo cual se tradujo en 20.000 pesos que utilizarán para potenciar el trabajo que venían haciendo y para mejorar los consultorios barriales. También fueron galardonados con el Premio a la Educación PricewaterhouseCoopers 2008 por ser una actividad que impulsa el desarrollo local.

Una vez terminada la cátedra, Juan José decidió seguir comprometido con el proyecto hasta convertirse en una especie de coordinador. "Como los profesores no dan abasto con la cantidad de alumnos, los guío en las villas para que aprendan cómo acercarse a las familias."

Lo suyo fue un viaje de ida. Está convencido de que de alguna manera va a seguir vinculado a este trabajo social. "Puede ser como voluntario o como forma de vida. Con la facultad o con otro grupo. Lo importante es hacerlo", concluyó.

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La población universitaria -de entre 18 y 30 años- es un caldo de cultivo muy fértil para las actividades solidarias de todo tipo. Sea llamados por las universidades, autoconvocados en grupos de amigos o guiados por distintas ONG, esta población se vuelca cada vez más a participar en actividades voluntarias.

Distintas organizaciones están llevando adelante acciones destinadas a impulsar la participación de los estudiantes. Este es el caso de Tzedaká, que en los últimos dos años ha permitido que 257 jóvenes participen de sus actividades de capacitación y de promoción del voluntariado. Ellos serán los que, en un futuro cercano, se ocuparán de acercar un plato de comida o de brindar asistencia psicológica a una persona necesitada.

Otra iniciativa es la de Universitarios para el desarrollo, una organización que impulsa en los jóvenes la experiencia de trabajar por un mundo mejor. Hace 20 años que, con la participación de más de 2.000 estudiantes, vienen impulsando proyectos solidarios en todo el país.

Los golondrines son los chicos de 5 a 12 años que asisten al comedor de la asociación civil El Nuevo Mercadito, en los barrios La Unión y El Mercadito, en La Plata. Han pasado gran parte de su infancia en esos rincones, ya conocen todas sus comodidades y se han hecho amigos de los colaboradores del comedor, como Carolina Scalcini. A ella sólo le faltan tres materias para recibirse de socióloga en la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) y es parte del proyecto Educación y Promoción de Derechos de dicha universidad. Todos los lunes concurre a la asociación civil El Nuevo Mercadito, de 14 a 18, para dictar clases de batucada a niños y adolescentes, dentro de un programa que también desarrolla talleres educativos y de promoción de derechos, actividades manuales y de reflexión sobre diversos temas dirigidos a adolescentes y adultos.

"Yo formo parte de un proyecto que busca realizar tareas integradoras desde lo artístico. El año pasado trabajamos en un mural, sumando también música, dibujo, pintura y teatro con chicos y adolescentes del barrio. En 2008 nos animamos a la batucada, con una mirada integral de las distintas disciplinas artísticas", explicó Carolina, mientras la pasión por lo que hace se descubre en cada uno de sus gestos, de sus frases. Con 24 años, se atropella para poder explicar que el proyecto que se propusieron fue muy ambicioso y que, al principio, les costó que los chicos se comprometieran a asistir en forma regular.

Esta actividad cuenta con el apoyo de la Secretaría de Extensión Universitaria de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de La Plata, de la Secretaría de Extensión Universitaria de la Universidad Nacional de La Plata y de la Subsecretaría de Niñez y Adolescencia del Ministerio de Desarrollo Social de la provincia de Buenos Aires.

"Para mí fue un antes y un después, más que nada por mi formación y por lo que uno ve como posibilidad de laburo. A nivel personal, también estoy super agradecida porque fue muy importante", aclaró Carolina, quien recibe 320 pesos por su tarea para los viáticos y como una forma de incentivo.

A partir de los diagnósticos realizados en el barrio, se tomó conocimiento de las dificultades de los niños en el desempeño escolar y de su necesidad de recibir apoyo escolar. Así, plantearon el desarrollo de distintos talleres para contribuir a mejorar sus oportunidades educativas.

La idea fue organizar una actividad acorde con sus intereses y de la cual ellos se sintieran parte. Vendieron rifas para comprar algunos instrumentos y, de a poco, se fue formando el grupo. "Al principio, los pibes iban a golpear los instrumentos como una forma de descarga emocional importantísima y no iban a hacer música. No había conexión entre todos. Empezamos a plantearles que lo que queríamos hacer era formar un grupo de música. Para eso necesitábamos escucharnos y tocar juntos", dijo Carolina. Y, de a poco, empezaron a escribir compases entre todos. Estos grandes esfuerzos tuvieron el reconocimiento del barrio el 19 de diciembre pasado, cuando la banda pudo tocar frente a su comunidad y recibir sus aplausos.

Durante el año pasado, también trabajaron en la Escuela 89 de Tolosa mediante un taller de promoción de la narración creativa. A través de la práctica de la historieta, los chicos de 5to. grado pudieron poner a prueba su imaginación. "Son chicos de 12 o 13 años, desertores, con problemas de conductas, con situaciones familiares graves, pero que, por lo menos, permanecen en la escuela. Fue una buena manera de entrar en la escuela y de entablar una relación distinta con ellos", agregó esta joven de Azul, provincia de Buenos Aires. Actualmente, está trabajando en el área de Desarrollo Social del municipio de Azul y viaja a la capital federal a rendir sus últimos finales y a participar del proyecto.

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Son dos mundos que acortan distancias, que se empiezan a mirar cada vez con menos recelo y con más curiosidad. En algunos casos, incluso, la brecha sirve para generar esperanza y ganas de mejorar. "Ellas nos preguntan sobre nuestra realidad, si tenemos novio, y sobre la Universidad, que ven desde lejos, pero que está ahí nomás. Hay muchas a las que nuestras historias les permiten soñar con un futuro mejor. Por ejemplo, les enseñamos a jugar al truco y muchas veces ellas nos ganan. Eso las hace sentirse útiles y valoradas", contó Candela García Villanes, que dicta clase de salsa a madres adolescentes que viven con sus hijos en el hogar maternal Amparo, de Núñez, a pocos metros de la sede Alcorta de la Universidad Torcuato Di Tella.

Además de estar terminando la carrera de Derecho, con sólo 22 años es la coordinadora general del proyecto Acción Social (AS) de esta universidad, que incluye el desarrollo de talleres de artes plásticas, educación física y clases de apoyo escolar en el hogar Amparo, y el padrinazgo de la Escuela Nº 29 Paraje El Gauchito, de Guaminí, provincia de Buenos Aires, más un ciclo de charlas sobre el trabajo que realizan distintas ONG.

Esta es una iniciativa impulsada y liderada por 25 estudiantes y cuatro graduados que, con ganas, trabajo en equipo, herramientas académicas y humanitarias, tiene la ambición de generar cambios positivos en la comunidad. "Con un grupo de amigos veíamos que la Universidad no tenía proyectos sociales, y nos juntamos para hacerles la propuesta. En septiembre de 2006 empezamos y, como el hogar Amparo le había pedido ayuda a la Universidad, nos pusimos en contacto con ellos para ver cómo podíamos ayudarlos", comentó Candela, que anteriormente colaboró en un jardín maternal de Martínez, junto con Cáritas, y también pasó horas leyendo cuentos a ancianos.

Al principio no le resultó fácil encontrar el lenguaje para llegar a estas chicas de la calle o víctimas de la violencia, que con algunos años menos que ella, ya eran madres y a las que la vida las había forzado a crecer de golpe. "Es difícil porque estas chicas tienen una forma completamente distinta de comunicarse. A veces se peleaban o mostraban signos de resentimiento para con nosotras, pero se prendían en las clases de danza y manualidades", explicó Candela.

Como las madres que viven en el hogar tienen estadas cortas, porque las derivan y algunas se escapan, les cuesta conseguir una regularidad en los cursos, que son una vez por semana o cada quince días. "Lo que nos pidieron en el hogar fue que si empezábamos no dejáramos de ir, porque estas chicas ya habían sufrido muchas situaciones de abandono y no podían pasar de nuevo por eso", agregó Candela. El año que viene están pensando en hacer algo junto con Potencialidad, una ONG que trabaja con ludotecas en las villas", concluyó Candela.

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Casi como un deber moral. Así se plantea Mariángeles Parodi su participación en el espacio Mirando el Futuro para una Inserción Educativa Adecuada, de la Universidad Nacional de Rosario. Para ella, cada persona -sin importar su lugar- tiene que salir al encuentro de la comunidad y sus necesidades. "Esta actitud permite no quedarse limitado a rótulos o construcciones teóricas y conocer nuevas realidades, a su vez que se enriquece a los grupos menos favorecidos de herramientas y conocimientos que les permiten ser capaces de resolver sus conflictos", expresó Mariángeles, oriunda de Santa Isabel, una ciudad de 5000 habitantes al sur de Santa Fe.

Al concluir que los déficit sensoriales son causa importante del fracaso escolar, este proyecto se propone realizar evaluaciones de agudeza visual en los Centros de Cuidado Infantil del Programa (Crecer), del municipio de Rosario, ubicados estratégicamente en barrios humildes y villas. Cerca de 470 niños de 4 años fueron evaluados para mejorar sus posibilidades de ingreso a la escolaridad formal, y se brindaron anteojos a los que los necesitaban. Del total de niños con evaluación insatisfactoria, se financió el pago de anteojos a un 73 % de los niños.

Fueron muchos los cambios y aprendizajes. Por ejemplo, empezaron a andar por los alrededores de la ciudad de Rosario, cuando antes sólo se movían por el centro. También se animaron a conocer el barrio y a acercarse a las madres para convencerlas de que tenían que llevar a sus hijos a los controles. "Para mí, lo más importante es que entendí que aprendo todos los días de las personas con las que trabajo, mis compañeros, la comunidad, las instituciones. Es una experiencia continua e inagotable", sentenció Mariángeles, que ya participó en otros proyectos de voluntariado en la Maternidad del Hospital Centenario, promovió la lactancia materna, y también trabajó en escuelas primarias en promoción de la salud.

"Se evalúa la agudeza visual, visión Integrantes de la Universidad Di Tella, en la escuela que apadrinan cercana, lejana y cromática. Se confecciona un informe con los resultados, que son entregados a los centros Crecer, que al estar vinculados con los centros de salud, tramitan una consulta con un oftalmólogo para quienes la necesiten", explicó esta licenciada en Ciencias Médicas, de 24 años, que quiere dedicarse a la psiquiatría.

Mariángeles define el voluntariado como una sumatoria de solidaridad y participación ciudadana activa. Estos dos valores son los que vio reflejados en el trabajo de una coordinadora de uno de los centros Crecer, que la conmovió profundamente y la inspiró a seguir con su tarea. "Nunca había visto tanto compromiso con la comunidad y el barrio. Con ella, la manera de trabajar se hacía mucho más dinámica y placentera."

Cree que existen muchos prejuicios a la hora de empezar a hacer tareas solidarias en zonas vulnerables, relacionados con la falta de seguridad y la mala predisposición de la gente. "Desde ya que con mis compañeros tuvimos que atravesar algunas situaciones de peligro por los lugares en los que uno se mueve, pero eso no nos desalentó para seguir adelante. Si el proyecto está bien organizado, se sabe cuáles son los recaudos que hay que tomar. Las instituciones con las que nosotros trabajamos son las que nos marcan de qué manera tenemos que cuidarnos y nos acompañan."

Espíritu inquieto. Ganas de cambiar el mundo. Necesidad de equilibrar las desigualdades sociales. Estos son los ingredientes que llevan a los jóvenes a acercarse, en forma desinteresada, a las necesidades de la comunidad.

Micaela Urdinez De la Fundación LA NACION

Contactos

Programa Nacional de Voluntariado: www.me.gov.ar/voluntariado

Universidad Nacional de Rosario: www.unr.edu.ar

Universidad Nacional de La Plata : www.unlp.edu.ar

Universidad Católica de Córdoba: 0351-4219000

Universidad Torcuato Di Tella: accionsocial@utdt.edu

Universitarios para el desarrollo: www.universitarios.org.ar

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