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Pensamientos incorrectos

La chica del bikini azul

Opinión
 
 

El viudo bebe su café negro, sin azúcar, sentado a la mesa de un barcito de los acantilados. El mar se ve inmenso y azul. El hombre está solo.

A su lado pasan corriendo unas bonitas mocosas, muertas de risa. Bajan como una tromba por la barranca de arena y se zambullen entre las olas.

¿Cuantos años tendrán? -se pregunta el hombre. ¿Dieciocho, veintidós, treinta y seis? Ya no sabe calcular las edades. Ese es otro tren que se le escapó. No puede distinguir entre una nena de 14 y una señora de 39.

- Si estuviera Eloísa, ella me diría. Ella sabía esas cosas -piensa el viudo mientras termina su café negro sin azúcar.

Una chica del grupo atrae su atención. Es rubia, con el pelo dorado cortado carré, y una minúscula bikini azul que dibuja su cuerpo.

Al día siguiente, el hombre vuelve al barcito de los acantilados, con la esperanza de verla otra vez. Se sienta y pide su café negro. No usa traje de baño, ya no.

¿Para qué? ¿Para estar bronceado, para nadar en el mar? ¿Y para qué?

El hombre viste un pantalón de hilo, un suéter liviano y unas zapatillas de lona.

Vuelve a aparecer la chica del bikini azul. Esta vez, sola y seria. Baja la barranca de arena con grandes pasos.

El hombre viudo piensa que le gustaría hablar con ella. ¿Cómo se llamará? ¿A qué se dedicará? ¿Y para qué preguntar? Para nada, para charlar unos minutos con alguien tan agradable. Tal vez invitarla a una copa.

A la tarde siguiente, el hombre viudo vuelve a su barcito y bebe lentamente su café negro sin azúcar. Tiene la esperanza de que la chica vuelva.

¡Y vuelve! Vuelve siempre. Tal vez tenga su casa a pocos metros, porque llega sin sandalias, sin una robe de toalla, ni un bolso, ni un sombrero de paja. Nada. Sólo su bikini azul. El hombre la observa detenidamente. Ve que en el final de la espalda (donde comienza la bikini) tierne un tatuaje que dice NO ME MIENTAS, y junto a estas palabras el tatuador ha dibujado un ojo solo, con su lágrima.

El hombre contempla a la chica día tras día hasta conocer sus menores detalles. Por ejemplo, un clavito en la nariz. Y un aro en el ombligo. Y una voz baja de soprano ... una risa contagiosa.

El viudo siente deseos de comunicarse con ella, pero van pasando los días y no se atreve. ¿Para qué?

Una tarde, mientras el hombre bebe su café negro sin azúcar, totalmente vestido, ella vuelve agitada desde la playa. Ha trepado la barranca, carga unas caracolas en los brazos y la piel color chocolate brilla, mojada del mar.

A la chica se le cae una caracola, que golpea contra el zapato del hombre sentado.

- Perdón -dice ella, y se acuclilla laboriosamente para que no se le caigan las otras caracolas.

- No es nada -responde el hombre - ¿Cuantas juntaste?

- Contando esta grandota, son diez. Para la colección de mis hijos.

Finalmente, se ha iniciado una conversación. Ella lo mira con la boca abierta y sostiene las caracolas como quien acuna a un bebé. Gotas de agua marina resbalan por eu moreno vientre liso.

- Pero ... ¿Vos tenés hijos?

- ¿Que si tengo hijos? - responde con esa carcajada tan extraordinaria

- ¡Cuatro varones!

- Pero entonces vos ... sos ...casada.

- ¡Claro! - responde feliz la chica del bikini azul -...¡Y con un tipo re-buen mozo! Esta noche llega de Buenos Aires...

Ha terminado el verano. Mañana (piensa el hombre viudo)... ¡Otra vez a la oficina! .

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