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En el techo de Africa

LA NACION revista

La aventura de un periodista de LA NACION en la cumbre y los glaciares en extinción del Kilimanjaro, el volcán más grande del mundo

DAR ES SALAAM.- En nuestro primer encuentro, Elibariki Simon, el guía de la etnia chagga que me asignaron para escalar el volcán Kilimanjaro, explica que su nombre en lengua swahili significa "protegido de Dios." La noticia me alegra y tranquiliza: cuando uno está en vísperas de subir la montaña más alta de Africa, la décima de las grandes cumbres del mundo, la posibilidad de contar con alguna asistencia adicional siempre es bienvenida.

Elibariki, educado al igual que sus padres y abuelos en la creencia luterana, herencia de la antigua Tanganika, la ex colonia alemana que ocupó el territorio de la actual Tanzania hasta las postrimerías de de la Primera Guerra Mundial, tiene una mirada bastante original acerca del verdadero sentido de nuestra expedición.

"No somos más que gente ordinaria -dice-, que intenta hacer algo extraordinario. Eso es todo."

Conviene de entrada aclarar que la fascinación que ejerce la llamada gran montaña blanca de Africa, con sus 5895 metros, no se explica por sus dificultades técnicas que son relativamente pocas. Tampoco por su altura, inferior a la de los famosos "ochomiles" del Himalaya. Sus atractivos, como se verá, son otros.

En primer lugar, es el volcán más grande del mundo y por su particular ubicación -próximo tanto al Ecuador como al océano Indico-, exige a los escaladores una adaptación acelerada a los climas extremos.




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Uno empieza el ascenso en plena jungla tropical, bajo lluvia constante, la ropa pegada al cuerpo, con los aullidos de los monos azules que llegan desde lo alto, helechos gigantes y líquenes tan vigorosos que tejen un manto denso en las copas de árboles centenarios y logran tapar por completo los rayos del sol. Seis días más tarde, si uno tuvo suerte, estará parado en la boca de un cráter de enormes dimensiones, rodeado de glaciares cuyas paredes alcanzan los treinta metros de altura, expuesto a temperaturas de quince grados bajo cero, que se sufren más debido a las ráfagas de viento que llegan desde el Indico, y respirando con dificultad en una atmósfera de "aire liviano", es decir, con un cincuenta por ciento menos de oxígeno del que hay a nivel del mar. En otras palabras, es como viajar en una semana del Amazonas al Artico.

En segundo lugar, está el magnetismo que todavía ejerce entre nativos y extranjeros el hecho de que durante siglos el Kilimanjaro fue considerado, sobre todo por los europeos, más una creación mitológica que un accidente geográfico.

El detallado informe que el misionero suizo-alemán Johannes Rebmann envió en 1846 a Londres en el que relataba el asombro que le producía una insólita montaña nevada que emergía solitaria en la jungla fue recibido por los geógrafos británicos con lo que podría llamarse un escepticismo extremo. La fabulación de un hombre que ha perdido la razón o está poseído por los delirios de la malaria.

Hasta la etimología de la palabra "Kilimanjaro" está atrapada en la ambigüedad de un debate sin fin. Para algunos, su origen está en la combinación de los vocablos swahilis "Klima" (pequeña montaña) y "njaro" (caravanas), en referencia a los traficantes de esclavos que asolaban la región. Los masai, una de las etnias dominantes en Tanzania, lo llaman "Ngaje Ngai", la Casa de Dios.

Las nieves de Hemingway

La extinción de los glaciares es otro de los argumentos de seducción del volcán. Según la opinión dominante de los científicos se trata de un hecho no sólo irreversible sino que, medido en tiempos geológicos, ocurre a velocidad de vértigo.

Dos recientes estudios sobre el tema, el de la Universidad de Innsbruck y el de la Academia de Ciencias de California, pronostican que las gruesas paredes de hielo se habrán derretido por completo, evaporado, o las dos cosas a la vez, entre los años 2020 y 2040.

Cuando esto suceda habrá llegado a su fin el mayor misterio de la montaña y con él la idea, entre poética y extravagante, de gente que escala más allá de las nubes para encontrar hielo en el corazón del trópico.

Es el mismo misterio que entre las dos grandes guerras atrajo a Hemingway hasta estos parajes y lo impulsó a escribir "Las nieves del Kilimanjaro." Es un texto memorable que no sólo viajaba en el fondo de mi mochila, fotocopiado a último momento para ser releído en lo que podríamos llamar el lugar de los hechos, sino que, para mi sorpresa, circulaba de mano en mano en los campamentos como si fuese el best seller del momento.

Cuando observa la cumbre y recuerda el sombrío pronóstico de los científicos uno siente un extraño privilegio: el de estar asomado a un parque jurásico en extinción. Las majestuosas catedrales talladas durante miles de años por la nieve y el viento, después de todo, ya dominaban el Kilimanjaro cuando los primeros ancestros del hombre deambulaban no lejos de allí, en las praderas bajas del volcán, junto a la célebre garganta de Olduvai y a lo largo del valle del Rift.

Whisky o Coca-Cola

Hay siete senderos principales marcados en los mapas para ascender a la cumbre, pero los más conocidos son Marangu y Machame.

El primero, bautizado un poco en broma "Coca Cola road", es el más sencillo y transitado. Además, ofrece una ventaja estratégica que no es menor: la posibilidad de dormir, comer y aprovisionarse en los refugios. Machame, o "Whisky Road", el más exigente, demanda mayor experiencia, entrenamiento y uno o dos días adicionales de travesía. Es el sendero con las mejores vistas, tiene una extensión de 65 kilómetros y obliga a dormir en carpa y a cargar todas las provisiones durante el ascenso. Este último fue el que elegimos con el guía y el grupo de porteadores que por ley debe contratar toda persona que intenta llegar a la cumbre.

La madrugada de la partida no nos despertó, como estaba previsto, un empleado del Springlands Hotel sino la penetrante voz del muecín que convocaba a los fieles desde un altoparlante que colgaba en lo alto de una mezquita vecina. Eran las cuatro y media de la mañana.

Resultó una incomodidad menor en un hotel de amplias y aireadas habitaciones provistas con mosquiteros que cuelgan del techo como si fuesen redes de pesca, una cocina europea aceptable, vista panorámica al volcán y cuyos cuidados jardines con fuentes parecen importados desde Edimburgo. El edificio, protegido por muros altos de color pastel y un pesado portón negro de hierro con vigilancia permanente, está en las afueras de Moshi, la ciudad más cercana al Parque Nacional Kilimanjaro.

Esa mañana buena parte de la acción transcurrió alrededor de ocho Land Rover formados en fila en uno de los patios interiores del hotel. Sobre sus techos caminaban y gesticulaban, dando órdenes y contraórdenes, un pequeño ejército de porteadores mientras cargaban nuestras mochilas, carpas, bolsos y cajones con comida.

Eramos cinco grupos. Una pareja de escoceses radicados en Dubai, doce estudiantes que acaban de obtener sus títulos de Master and Business Administration en la Universidad de Colorado, varios ex jugadores del club Benfica, dos parejas de empresarios españoles llegados desde Ibiza y cuatro epidemiólogos noruegos que se tomaban el primer descanso después de luchar durante semanas contra un brote de cólera en alguna parte del Congo.

Esto es Africa

El viaje por caminos de tierra y asfalto hasta la entrada del parque fue, para la mirada de cualquier occidental, una rápida zambullida en el Africa profunda. Tanto, que algunas escenas parecían tomadas de un documental de The National Geographic.

Manadas de bueyes y de cabras flaquísimas que cortan el tránsito todo el tiempo. Mujeres con pesados gajos de bananas sobre sus cabezas cubriéndose la cara con un pañuelo para evitar que las fotografíen. Familias vestidas de domingo, impecables, con camisas y polleras almidonadas, los chicos con zapatos de charol, caminando sonrientes hacia la iglesia por banquinas intransitables por el barro. También el drama: un hombre caído junto a un surtidor de nafta que trata de esquivar los golpes de machete que le arroja otro cerca de la cabeza. Desde el interior del Land Rover se alcanza a escuchar el ruido seco del metal cada vez que choca contra el cemento.

La última parada es en el pequeño pueblo de Machame, en una feria montada a cielo abierto. Allí venden toda clase de animales vivos y los sacrifican en el lugar tan pronto el cliente terminó de regatear el precio.

Me acerco a un chico que observa cómo degüellan una cabra y le ofrezco una barra de cereal. El chico se espanta, llora y se refugia entre las piernas de un anciano vestido con túnica. El chofer, que ha visto todo, me lleva aparte y me explica, mejor dicho, me traduce la escena. "Sabe, los padres acá todavía asustan a los chicos con el musungu , el hombre blanco malo que los mete en una bolsa si se portan mal. Para ellos, cualquier blanco con mochila puede ser el musungu ", instruye.

Entre las nubes y el cielo

El primer día en el volcán no es precisamente un paseo. Hay que caminar unos 25 kilómetros y ascender 1800 metros por senderos abiertos en la selva, con frecuencia difíciles de distinguir a causa de la lluvia y los bancos de niebla.

Después de ocho horas de marcha con algunas paradas la jungla queda atrás y nos instalamos en las carpas de Machame Camp, la frontera natural entre los grandes árboles y la región conocida como moorland , con valles escarpados y vastas planicies cubiertas por rocas volcánicas.

El próximo campamento está en Shira, a 3840 metros y a otras siete horas de marcha, en una zona conocida como el desierto alpino. Las siguientes etapas son Lava Tower (4630 mts), Barranco Camp (3950), Karanga Hut (4200) y Barafu Camp (4600), desde donde se prepara el asalto final a la cumbre de Uhuru Peak ubicada a 5895 metros.

Al cuarto día, mientras avanzamos sin los bastones, aferrados con las manos a las rocas, por un sendero que parece esculpido sobre la pared de piedra, vemos que las nubes están debajo de nosotros y que el grupo parece levitar en medio de un paisaje irreal. La ilusión óptica es la de estar caminando sobre un espejo.

Cuando por fin llegamos a Barafu Camp, el último campamento, la tela de las carpas está rígida bajo un grueso manto de escarcha.

El guía me muestra el mapa detallado del sendero que conduce a la cumbre, el más duro. Saldremos a la medianoche, solos, sin los porteadores, con tres capas de ropa, guantes dobles, abrigo adicional en las mochilas, cuatro litros de agua y baterías nuevas en las linternas frontales.

Son siete horas de marcha para ascender 1200 metros por una huella empinada que serpentea entre formaciones de lava, rocas sueltas y montículos de lajas de gran tamaño, de bordes filosos y brillantes, que asoman en todas las direcciones como si fuesen restos de una carretera bombardeada.

El guía me exige una vez más que coma. Insiste desde hace días, desde que se enteró de que había abandonado los antibióticos para prevenir la malaria debido a que me provocaban náuseas e impedían dormir más de media hora seguida. Esos antibióticos y no el mal de Montaña, le recuerdo, son mi talón de Aquiles. Los antibióticos y la artillería de vacunas exigidas para ingresar en Tanzania: tifus, fiebre amarilla, hepatitis y tétanos. Sin contar las 54 horas de aviones y aeropuertos que demanda el viaje desde Buenos Aires.

Elibariki se ríe, como siempre, y responde "pole, pole", que en buen swahili es algo así como "despacio, que todo va a ir bien". No hay duda de que ha escuchado los mismos lamentos demasiadas veces los días de cumbre.

Enseguida, como quien tiene que recordarle a otro su nuevo lugar en el mundo, extiende el brazo derecho y dice: "Allá está el Norte, allá está Kenia." Después empieza a girar despacio sobre sí mismo, en el sentido de las agujas del reloj y enumera la geografía que nos rodea: "Allá Zanzíbar, más allá, Mozambique, al sudeste, Malawi y Zambia, al Oeste, Burundi, Ruanda y, finalmente, Uganda. Como ve, ya llegó demasiado lejos como para no intentarlo", concluye.

Tuvo razón. Después de siete difíciles horas de marcha, agotado y respirando con bocanadas breves, como un asmático, escucho decir al guía estamos en Gillman´s Point, la antesala de la cumbre.

Todavía es noche cerrada. Me siento sobre la mochila para recuperar el aliento. El guía se queda de pie. El agua de la cantimplora esta congelada. La cámara Nikon también, pero resucita luego de que la envuelvo con una bufanda y la meto dentro de la campera.

El trayecto final hasta Uhuru Peak, en donde está el cartel que identifica la cumbre más alta, es todo deslumbramiento. Son tan profundos los contrastes de la belleza desolada que se extiende allí arriba que el paisaje desafía la memoria, todo lo que uno ha conocido en otras montañas.

Detrás del cráter inmenso, en cuyo interior el viento crea remolinos de polvo color ocre, se ven las imponentes paredes del Campo de Hielo Sur y del glaciar Decken. Las botas cada tanto se hunden en el manto de una arena volcánica que se apagó hace miles de años.

Las estrellas, agigantadas por efecto de la latitud y la altura, le dan al cielo ese carácter protector del que hablaba Paul Bowles. Resisten todavía las primeras claridades del amanecer, pero compiten con los rayos de luz de otras linternas, vacilantes y torpes como las nuestras, que avanzan por la misma huella que nos trajo hasta aquí.

Entonces sale el sol y en el techo de Africa la felicidad es completa

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Un volcán para regalo

Hace tres siglos que la leyenda recorre el continente africano; por lo tanto, es comprensible que millones de personas todavía la den por cierta. Pero no es más que un cuento de hadas salpicado con un toque de romanticismo.

Según esa leyenda, la reina Victoria, en un arranque de generosidad imperial, le regaló el volcán Kilimanjaro a su sobrino nieto, el kaiser Guillermo II, de Alemania, con el argumento de que ella, a fin de cuenta, ya tenía el monte Kenia. La verdadera historia es otra.

Fue en la Conferencia de Berlín, de 1896, cuando los dos países decidieron coordinar sus pretensiones territoriales en Africa. Para mantener cierto equilibrio marítimo acordaron que el puerto de Mombasa quedaría en poder de los británicos y el de Dar es Salaam bajo control alemán. Simplificaron además la nueva frontera entre sus nuevas posesiones al trazar una línea recta desde el océano Indico hasta el lago Victoria: los británicos se extenderían hacia el Norte, los alemanes, hacia el Sur. Por eso durante años la cumbre del Kilimanjaro se llamó Kaiser Wilhem II y no Uhuru Peak.

El misterio del leopardo

Ernest Hemingway, a quien tanto le deben la popularidad de las corridas de San Fermín y del paraíso caribeño de Key West, fue, sin proponérselo, el hombre que con un texto movió al Kilimanjaro de Tanzania y lo acercó a la imaginación de millones de lectores y amantes de la naturaleza.

Durante años se creyó que la cita anónima con la que comienza "Las nieves del Kilimanjaro" era, como el cuento, producto de su imaginación. "Cerca de la cima -escribió- se encuentra el esqueleto seco y helado de un leopardo, y nadie ha podido explicarse nunca qué estaba buscando el leopardo por aquellas alturas." Pero la existencia del animal, que era blanco, está documentada con testimonios confiables y una fotografía tomada cerca del cráter, en el año 1926. En la imagen se ve a dos exploradores británicos posando junto a los restos del leopardo congelado en el interior de un glaciar. Años más tarde otro explorador le cortó una de las orejas, se supone, para llevársela de recuerdo a Londres. El misterio que sigue en pie es qué hacía un leopardo entre el hielo y a 6000 metros de altura.

Tanzania, el asombro permanente

Las bellezas naturales de este país, que se independizó recién en 1961, son tan impactantes como su nivel de pobreza. Tiene 40 millones de habitantes pero menos de mil médicos.

Tiene algunos de los parques naturales más atractivos y visitados del continente, como Serengeti, Ngorongoro y Tarangire, pero la expectativa de vida es de 51 años para los hombres y de 56 para las mujeres. El sida ha dejado 1.400.000 chicos huérfanos de padre y madre.

El 35 % de la población es cristiana, el 34 % musulmana y otro 30% practica alguna de las numerosas religiones tradicionales africanas.

Las mujeres sufren todavía discriminaciones de toda clase en cuestiones relacionadas con herencias, violencia doméstica y discriminación laboral y social, regidas todas por la tradición y leyes musulmanas. En la isla de Zanzíbar, por ejemplo, la ley castiga con dos años de prisión a las mujeres menores de 21 años solteras y embarazadas y no contempla ninguna pena cuando son víctimas de abusos y violencia doméstica. Lo más indignante y perturbador es que, según las estadísticas oficiales, el 18 por ciento de la población femenina sufrió la mutilación de sus genitales. .

Por Héctor D´Amico
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