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La coartada de culpar a las pantallas

Luis Alberto Quevedo Para LA NACION

Sábado 24 de enero de 2009
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La televisión no es un aparato, es un ambiente. También es, en muchos sentidos, un agente de socialización, es decir, una máquina de producir, transmitir y reforzar valores, lenguajes, creencias y saberes que forman parte del capital cultural de nuestras sociedades. Ningún otro medio de comunicación es más consumido y al mismo tiempo más denostado que la televisión. Sin embargo, esta pantalla que no deja de crecer y reproducirse y le ofrece a cada uno de nosotros un repertorio de temas sobre los que se asientan buena parte de nuestras relaciones sociales.

Todo, de alguna manera, pasa por su pantalla: la política, el deporte, las pasiones amorosas, las imágenes del mundo y los imaginarios de la sociedad de consumo. Luego nosotros las tomamos y las hacemos circular en charlas importantes y mínimas conversaciones, cambiamos los sentidos, criticamos sus contenidos pueriles, gozamos y nos dejamos dormir con sus cuentos y también alimentamos algunos odios. Todos, de alguna manera, estamos atravesados por las narrativas de la televisión, aunque ni siquiera tengamos un aparato en nuestra casa.

La encuesta del COMFER nos presenta algunas luces y sombras del contacto de los jóvenes con estas tecnologías. Es ya un lugar común reconocer la enorme influencia que se le atribuye a la TV: más del 80% de los entrevistados considera que influye mucho en los niños.Y, además, creen mayoritariamente que la influencia no es buena para su educación. Sin embargo, casi todos los adulotos suelen estar convencidos de que la TV tiene una enorme influencia y capacidad de convencer a los otros, pero no a mi. Los adultos solemos tener una buena imagen de nosotros mismos: solemos ver la misma cantidad de horas de televisión que los niños y jóenes, pero creemos que nosotros podemos discernir entre sus buenos y los malos contenidos. Primera mala noticias para los padres: o bien aceptan que los niños y jóvenes son tan inteligentes como ustedes, o bien reconocen que todos estamos "dominados" por la televisión.

Pero, además, la encuesta nos alerta sobre la otra gran copetidora de la pantalla televisiva: inaternet. La partición de las opiniones sobre las influencias de una y otra nos muestra que los adultos están hoy tan preocupados por la influencia de la TV como por la atracción irresistible que le produce a los niños las patallas de las computadoras. Sin embargo, creo que para entender hoy a los jóvenes, deberíamos sumar estas dos "influencias" (que nos dan algo así como el 80%) y enfrentar esta cifra a la poca influencia que creen tener los padres sobre sus propios hijos: declaran que ellos apenas influyen en un 14% en la vida y la formación de sus hijos.

* * *

Finalmente, tenemos a la escuela, a la que nuestros hijos le dedican muchas horas de permanencia en sus aulas y algunas otras al estudio. En ese tránsito de muchos años, los jóvenes se relacionan con el conocimiento, con los oficios, forjan sus primeras amistades, juegan y aprenden sobre su cuerpo, viven experiencias políticas, amorosas, existenciales. Sin embargo, nosotros, los padres, creemos que es la institución que menos influencia tiene en sus vidas (apenas un 8 o 9%) y que es muy endeble la marca que les deja en ellos el paso por la institución escolar.

Me parece que estos números reflejan más el temor y desconcierto que tienen los adultos frente a las nuevas (y viejas) tecnologías, así como la perdida de confianza en ellos mismos cuando se enfrentan al desafío de acompañar a sus hijos a vivir en este mundo, el que le ha tocado en suerte sin que ellos pudieran elegir. Depositar la responsabilidad en los aparatos es, al menos, una débil coartada. Segunda mala noticia para los padres: seguimos siendo nosotros (y también la escuela) los que estamos marcando el futuro de nuestros hijos. Y esto incluye, entre otras cosas, la relación que establecen con las pantallas de la TV y de las computadoras. Game over.

El autor es sociólogo, investigador de FLACSO y UBA

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