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Ovaciones para la Sinfónica Nacional

Concierto de la Orquesta Sinfónica Nacional, dirigida por su titular, Pedro Ignacio Calderón, con la participación del pianista Barry Douglas. Programa: "Fantasía sinfónica", de Francesco Marigo (estreno mundial); Concierto Nº 3 en Re menor para piano y orquesta, Op. 30, y Sinfonía Nº 1 en Re menor, Op. 13 (primera audición local), de Sergei Rachmaninov. En el Auditorio de Belgrano.

Sábado 05 de septiembre de 1998

Rasgos excepcionales tuvo el último concierto de la Sinfónica dirigido por su titular, Pedro Ignacio Calderón, junto a quienes se destacó con brillo deslumbrante el pianista irlandés Barry Douglas.

La noche guardaba un acontecimiento musical importante: el estreno local de la Sinfonía Nº 1 en Re menor de Rachmaninov -compuesta en 1895-, y puede aseverarse que el interés fue progresivamente creciente por escucharse primero una obra más reciente, como lo es el Concierto Nº 3 para piano y orquesta del músico ruso. También hubo otro estreno (absoluto), la "Fantasía sinfónica", del compositor italiano Francesco Marigo, largamente vinculado con la vida musical de nuestro país.

Ofrecida en primer término, esta obra, como otras que estrenó Marigo en nuestro medio, revela una escritura clara y un planteo estético concreto. Pero no sigue líneas definidas previsibles; tampoco, desarrollos prefijados. La Fantasía de Marigo tiene el sabor de lo fresco e improvisado; al igual que las de filiación impresionista, crea climas de gran sugestión; pero también reedita el gusto por el contrapunto, que comparte con los expresionistas. Ofrece el estímulo auditivo de una constante inventiva, contrastes tímbricos instrumentales y dinámicos, crea climas sonoros de cautivante interés.

Pedro Ignacio Calderón, con un Rachmaninov de estreno
Pedro Ignacio Calderón, con un Rachmaninov de estreno. Foto: Archivo

Un solista excepcional

El Concierto de Rachmaninov, además de promover el lucimiento del solista, por lo cual en esta ocasión suscitó la súbita ovación del público asistente, es una obra ardua y no sólo para el pianista.

La constante interrelación entre el solista y la orquesta llega al punto de exigir alta precisión. Y en algunos momentos la hubo, lamentablemente no cuando el pianista debía dialogar con instrumentos de soplo.

Douglas es un pianista que no ganó por casualidad el Certamen Internacional de Piano de Moscú, en 1986. Su mecánica es segura y natural, sumamente efectiva en todo lo que Rachmaninov requiere con sus amplios acordes plagados de notas donde hay que cantar la línea melódica. Pero además posee el élan expresivo del melodismo romántico, con un fraseo de gran musicalidad, siempre elegante, sin amaneramientos, y por momentos arrebatador. Para ello se apoya en un sonido aterciopelado y denso, de excepcional potencia en los pasajes de bravura y tensión expresiva. Fue un Rachmaninov exhaustivo que recibió la ovación final. El pianista correspondió con piezas fuera de programa de Tchaikovsky y de Schumann.

Si bien no resultó novedosa, ciertamente fue interesante escuchar al Rachmaninov que precedió en más de una década a este concierto. Por supuesto, desde el comienzo solemne y grandioso, con un sesgo fatídico, con breves dibujos melódicos y referencias al Dies Irae medieval -que se reiterarán una y otra vez en la obra-, se advierte, por encima de una concepción cíclica, la notoria gravitación que Tchaikovsky y otros músicos rusos tuvieron sobre el compositor. La alternancia de pasajes de definido tono épico y entrecortada violencia confiada a los metales (que por momentos sonaron excesivamente) y otros de largas frases melódicas, dominaron los dos primeros movimientos.

El Larghetto que sigue es mahleriano, con violines predominantes y gran transparencia sonora en melodías teñidas de una bruma melancólica. Los ritmos marcados del cuarto movimiento, con carácter de marcha triunfal, resultan hoy un tanto reiterativos y recargados por el refuerzo sonoro de los metales y la percusión; ofrecen, empero, un marco final exultante para esta obra de decidida afirmación de la expresión sinfónica que fue vertida con gran sentido de la unidad y con marcado espíritu de entrega por la orquesta y su director.

Héctor Coda

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