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Conciencia 2.0 para curar nuestro planeta

Viernes 13 de febrero de 2009
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LA NACION
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Al final de su larga conferencia, mejor conocida como La verdad incómoda ( An inconvenient truth ), Al Gore propone una serie de medidas que todos nosotros podemos poner en práctica para no sólo colaborar, sino efectivamente reducir las emisiones de dióxido de carbono y de esta forma evitar lo que, según sus pruebas, es una catástrofe global que nuestros hijos y nietos heredarán, un desastre climático de proporciones horrorosas.

Una de esas cosas que uno puede hacer es difundir estas ideas, hablar de la película, invitar a otros a verla (http:// climatecrisis.org ). Cumplo, en primer término, con eso y le pido que vea La verdad incómoda . La pasan constantemente por cable. Si no, puede alquilarla en el videoclub. En comparación con el resto de la oferta, se trata de una inversión mil veces más provechosa.

Si le pido que la vea, va de suyo, es porque esa conferencia me abrumó, me perturbó y me fascinó. Lo diré mejor: le creí. No soy de dar mucho crédito a los discursos de los políticos. Pero a ese Al Gore le creí. No sólo en un nivel racional, sino en uno más instintivo. No por las atroces amenazas que penden sobre la civilización, si seguimos bailando en el Titanic del consumo irresponsable de energía, sino porque me pareció que decía la verdad. Así de simple.

He hablado otras veces de abrir los ojos respecto del medio ambiente, de modo que no necesitaba los argumentos de La verdad incómoda para convertirme en ecologista. Caramba, ¡leí Dune a los 20 años! Cualquiera que haya visitado el planeta desierto de Frank Herbert adquiere conciencia ecológica de inmediato.

También he postulado que la civilización contamina; al menos por ahora. La única forma de no hacerlo sería regresar a las cavernas, a la cultura del cazador-recolector. Hasta criar ganado produce gases de efecto invernadero. Así que ésa no es la cuestión. La cuestión es, como en todo, cuánto podemos contaminar sin disparar un efecto dominó que quebrantaría para siempre la preciada salud de nuestro único hogar, y cuáles son los motivos por los que contaminamos.

No descubrí la ecología con La verdad incómoda . Más bien empecé a tomar conciencia de que, como hicimos con Wikipedia, podíamos hacer algo grande desde el (supuestamente) humilde lugar del ciudadano común. Digo, aparte de votar, pagar los impuestos e indignarnos al ver un pingüino empetrolado. Durante muchos años pensé que las acciones de ecologismo individual eran prácticamente inútiles, algo así como vaciar el océano con un cuentagotas.

Ver la película de Gore fue como sumar dos más dos. OK, demostramos que somos capaces de producir una gran enciclopedia, esa que todos critican, pero todos consultan. Esa inteligencia colectiva podía emplearse también en algo infinitamente más importante, de lo que depende que el futuro, con todo y los numerosos problemas que seguramente abriga, no se transforme en un porvenir de pesadilla.

Algo se está quemando

Algunos meteorólogos han dicho que las pruebas presentadas por Gore son ridículas, exageradas o están fuera de contexto, y que toda la conferencia apunta a recaudar crédito político para el ex vicepresidente estadounidense. Cuando defiendo la película algunos me saltan al cuello con esto. Sinceramente, no tengo ni la menor idea de si La verdad incómoda es 100% rigurosa. Y además me importa muy poco. Mi razonamiento tiene varias partes.

Por un lado, si tengo que elegir entre proteger el medio ambiente o no protegerlo, elijo lo primero. La naturaleza es sabia y lo trata con esmero e inteligencia; prefiero esa postura.

Además, si Al Gore y los otros ecologistas tienen razón, entonces no vamos a tener un mundo donde seguir debatiendo estas cuestiones. No es un asunto deportivo. No es un debate ideológico. Es fácil verlo por medio de un escenario más cotidiano. Suponga que alguien le dice que el edificio donde trabaja se está incendiando, suponga que las alarmas empiezan a sonar y que los coordinadores con la gorra naranja empiezan a guiar a todo el mundo a las escaleras de escape. ¿Se le ocurriría preguntarle a los responsables de la evacuación: Oiga, ¿qué pruebas tiene usted de que el incendio es real?

En tercer lugar, es un gravísimo error creer que el calentamiento global es el único problema, el único riesgo. Miremos mejor el mapa completo de la situación. Ese mapa recorre toda la ecología, a la que algunos toman por fantasía y califican de opinable, pero comienza con un dato objetivo: la cantidad de energía que recibe el planeta es fija, no infinita.

La naturaleza se ha ocupado durante 3700 millones de años de que las formas de vida vivan con este salario energético fijo y constante, la luz solar. Todo depende de esta batería poderosa, pero inmutable. Las selvas, por ejemplo, son expertas en capturar hasta el último fotón. (Quizá por eso las estamos destruyendo a un ritmo jamás visto en la historia; será que envidiamos su eficiencia, no lo sé.) De pronto, hace no más de 100 años, una especie deja de contentarse con la energía disponible y con un poco más que, esforzadamente, venía arrancándole a ciertos combustibles fósiles. De pronto necesita más. Mucha más. Su población aumenta. Su consumo de energía se dispara.

¿Acaso esa especie se toma un tiempo para desarrollar fuentes de energía limpias o, al menos, no tan contaminantes? Oh, no. ¡Son los reyes de la creación! ¡La especie dominante! ¡No tienen que pedirle permiso a nadie!

Frugales por obligación

Mientras las demás formas de vida reciclan todo, no desperdician nada y no acaparan sin sentido, nosotros vivimos en una perpetua, arrogante y peligrosa fiesta de derroche y dilapidación.

Pero está bien, somos humanos, creamos civilización y progreso. No somos una planta tropical o un león en la sabana. Es obvio que vamos a gastar energía algo alocadamente, al menos en esta primera e inmadura etapa de la historia. Pero nos fuimos al otro extremo, y nuestra irresponsabilidad ya es inmoral. Quizá los gases de invernadero sean una alucinación. Pero es innegable que sembramos la cultura del despilfarro energético. Si el león o la planta tropical pudieran, se reirían de nuestra estupidez.

Por eso, independientemente de la precisión que pudieran tener los argumentos de Al Gore, le pido que vea La verdad incómoda , porque abre los ojos acerca de lo inconscientes que hemos sido respecto de nuestro consumo de energía. Un escenario trágico, teniendo en cuenta que la naturaleza más tarde o más temprano siempre te pasa la factura.

Mis amigos más razonables, es decir los que pueden debatir sin descalificar, me recuerdan que los seres humanos alguna vez encontraremos la forma de producir energía ilimitada (o casi) y limpia. Por supuesto que sí. Cuando eso ocurra, podremos gastar toda la energía que queramos, y sin contaminar. Estoy convencido de que será así. La cosa es si tendremos todavía un planeta más o menos habitable para entonces. Por ahora, estamos sujetos a una alternativa de hierro: ser responsables y frugales o destruir irremediablemente el medio ambiente.

Es improbable que la energía limpia e ilimitada esté a la vuelta de la esquina. Según parece, todavía falta mucho. Pero incluso si mañana saliera en la primera plana de La Nacion que la fusión en frío se empezará a vender en todos los quioscos a 2 centavos el GigaWatt, de todas formas me sentiré mejor habiendo sido responsable con mi consumo energético y habiendo tratado de difundir estas ideas. ¿Por qué? Porque me daría mucha vergüenza que un simple yuyo fuera más inteligente.

Y porque no creo que la extinción masiva de especies y el sufrimiento provocado a tantos seres vivos sea un precio razonable para ver una hora más de televisión, olvidarme las luces encendidas o arrojar baterías y cartuchos de tinta adonde se me ocurra. Todo lo que hacemos repercute en otros, trato de no olvidarme de eso.

Goteo eléctrico

Puesto que escribo sobre tecnología y creo, además, que las computadoras e Internet son el mayor triunfo de la civilización desde la imprenta de Gutenberg, mi huella de carbono crece por el lado del consumo eléctrico. Es ahí donde debo ser particularmente cuidadoso. Cada Watt cuenta. Cada lamparita, cada dispositivo. En una casa grande, esto puede ser un problema. He conseguido mantener a raya los costos, que en este contexto pueden leerse como un sencillo monitor de cuánto dióxido de carbono estamos produciendo, por medio de lamparitas de bajo consumo, equipos eficientes y una estricta disciplina: si no se necesita, se apaga; si puede entrar en modo de bajo consumo, así lo configuro.

La lista es tan sencilla como obvia, aunque encierra enormes complejidades. Sin embargo, algunas medidas son irrefutables. Los equipos de aire acondicionado eficientes de verdad consumen menos energía. Uno colabora con la reducción de los gases de invernadero y se evita pagar fortunas en electricidad. Otro tanto ocurre con las heladeras. Es goteo. Si cada uno escribe un poco en la Wikipedia, al final tenemos, como hoy, 12 millones de artículos en 236 idiomas. Si cada uno controla su goteo eléctrico, tanto como el de esa canilla que desperdicia cientos de litros de agua potable por semana, el resultado será no menos extraordinario. Y, como dije, mucho más vital para la calidad de vida, quizá la supervivencia, de nuestros descendientes. Se lo debemos. Porque no puede haber nada peor que nacer en un mundo que ya no tiene futuro.

Tomando sol (literalmente)

Pero hay otra cosa. El dejar de despilfarrar energía tiene algo de emocionante y algo de adictivo. Es como volver a sintonizarse con el mundo. Hace poco me pasó algo muy extraño.

Si bien mi frondoso patio tiene tres luces de bajo consumo, que se encienden sólo cuando hacen falta, la terraza es, en las noches sin luna, una suerte de peligrosa expedición al corazón de las tinieblas (gracias, Conrad). Llevar luz hasta allí es bastante complicado en estas casas antiguas, así que el domingo último compré dos lámparas que cargan sus baterías meditante un panel solar. No constituyen la solución definitiva, porque las baterías contaminan y sus diodos no iluminan demasiado. Pero lo que realmente me impresionó es la sensación de estar pidiéndole prestada un poco de energía al sol. Cuando en el crepúsculo se encienden esas lámparas me dan más esperanza que luz. No es una tecnología nueva, pero nunca había experimentado esto. Se lo recomiendo. A uno le pasa algo cuando se da cuenta de que en lugar de seguir intentando inútilmente conquistar la naturaleza por fin se ha empezado a sincronizar con ella.

En el videoanálisis de hoy desarmo una de esas lámparas, para mostrar cómo funciona y cuán lejos llega el papel de los microchips. ¡También hay uno allí!

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