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La condena a la guerra, la discriminación y el prejuicio

Retrato del antisemita actual

Opinión

Se equivocan quienes aseguran que la extendida oposición a los demoledores bombardeos de Israel sobre Gaza equivale, en nuestro país, a un nuevo brote antisemita. Se esté o no de acuerdo con las manifestaciones contrarias al Estado de Israel, lo cierto es que en cualquier sociedad abierta siempre es posible expresar disconformidad con una política determinada, sea ésta nacional o internacional.

Sí, en cambio, es una inequívoca expresión de antisemitismo la brutal embestida que en muchas de tales manifestaciones se ha llevado a cabo contra los integrantes de la comunidad judía local. Es antisemitismo, y no otra cosa, la decisión de considerar ciudadanos israelíes a quienes, sin dejar de ser judíos, son ciudadanos argentinos.

Las bandas judeofóbicas locales promocionan la creencia de que, enmascarados en documentos de identidad nacional, los judíos que se dicen argentinos son, en realidad, siervos de Israel, a cuyas directivas responden sumisamente. Se trata, para ellas, de israelíes infiltrados en suelo argentino, a fin de menoscabarlo, poniendo en riesgo el bienestar y la seguridad del país.

Vieja retórica, por cierto, pero no por ello menos activa en un medio donde no abundan las tradiciones pluralistas. Así, por ejemplo, cuando fue volada la sede de la embajada de Israel en Buenos Aires, cundió en un primer momento, con un alto grado de credibilidad pública, la hipótesis alentada por voces "progresistas" que aseguraban que el ataque a la embajada no era obra del extremismo islámico con apoyo local, sino fruto de un involuntario autoatentado: la sede de esa representación diplomática habría estado colmada de explosivos. Por descuido, ese arsenal estalló y terminó con aquellos mismos que debían emplearlo contra sus enemigos. De tal forma y de paso, la Argentina quedaba envuelta, por culpa de "los judíos", en un conflicto bélico al que era totalmente ajena.

Esta concepción denigrante de los judíos argentinos permite homologar, en un mismo desprecio, a israelíes y judíos, confundiéndolos en una sola semblanza. Precisamente por eso es posible advertir que, al menos argumentalmente, el antisemitismo de hoy difiere del antisemitismo de ayer. En el pasado (digamos, hasta la creación del Estado de Israel, en 1948) al judío se lo rotulaba, desde el bastión antisemita construido en la Modernidad, ya no únicamente como deicida sino, ante todo, como apátrida y demoníacamente empeñado en la dominación del planeta.

Para el antisemita actual, en cambio, el judío ha dejado de ser apátrida. Ahora tiene patria y esa patria es Israel, aun cuando sostenga que es otra su nacionalidad. Resida donde resida, se escude detrás del pasaporte en el que se escude, lo único cierto, para el antisemita de nuestro tiempo, es que el judío, todo judío, es no sólo proisraelí sino israelí a secas. Por eso la condena en bloque de Israel equivaldrá siempre a la condena de los judíos sin más. El judío, en fin, es un intruso en las naciones donde se encuentra y corresponde denunciarlo como tal.

Bien se sabe que donde reina el prejuicio discriminatorio poco importan, a quienes lo hacen suyo, los hechos que desmientan su pretendida validez.

Mucho se ha escrito -y certeramente- sobre las raíces del antisemitismo. El fenómeno cuenta en su haber con una abultada vigencia: 2600 años por lo menos, a lo largo de los cuales sus estrategias discursivas han variado sin perder por ello clientela ni intensidad. Lo prueban, además de otros previos, los episodios recientes que han tenido lugar en la Argentina.

Un país como el nuestro, donde el ejercicio de la política es, con demasiada frecuencia, un despliegue impúdico de intolerancia y esquematismo, donde no existen adversarios sino enemigos y que prefiere las consignas a las ideas, debería entender como un síntoma de su propia pobreza moral, cultural y psíquica las conductas discriminatorias y reduccionistas de su tropa judeofóbica. La responsabilidad primera de un gobierno que se pretende democrático es condenar sus exteriorizaciones públicas. Si no lo hace, concede, por omisión, legitimidad al racismo y fuerza operativa a la irracionalidad de sus planteos. De hecho, los ex funcionarios del oficialismo que operan como antisemitas confesos no encontraron ninguna barrera legal al desarrollo de sus festines judeofóbicos. La impunidad que los protege es, al unísono, la que los ceba y les garantiza condiciones propicias para que puedan cumplir, sin acotamiento policial, con su propósito delictivo.

Partiendo de las premisas siniestras que distinguen su concepción del judaísmo y los judíos, atentados criminales como el sufrido por la AMIA, hace tres lustros, pueden entonces ser caracterizados, por los abanderados del antisemitismo local no como acciones terroristas consumadas contra el país, sino contra una comunidad extranjera enquistada en él y por cuya desgraciada presencia entre nosotros ha pagado nuestra patria con vidas "inocentes" (es decir, no judías). Así, los judíos proyectan sobre el escenario nacional conflictos que no le atañen, pero que terminan afectando hondamente la tranquilidad y la seguridad de la nación. El triunfo fundamental logrado por el antisemitismo iraní en el caso de lo ocurrido en la AMIA -y del cual, desde hace años, es vocero entusiasta el presidente Mahmoud Ahmadinejad- no sólo consistió en haber logrado convertir en escombros esa institución emblemática. A ese triunfo criminal hay que sumarle otro no menos grave: el político e ideológico, que consiste en haber conseguido que buena parte de la sociedad argentina, aun en sus sectores mejor formados e informados, creyera en ese momento, y siga creyéndolo quince años después, que ese emprendimiento miserable no fue ejecutado contra la República Argentina, sino contra la comunidad judía.

Es imprescindible advertir que los atentados contra las comunidades judías concebidas como cuerpos extraños a las sociedades que integran podrían multiplicarse en un futuro próximo, estimulados por el curso que ha tomado el conflicto de Medio Oriente. No se trata de una conjetura personal, sino de una amenaza explícita formulada por representantes de varios grupos fundamentalistas y terroristas. Ante las dificultades que encuentran para doblegar militarmente a Israel, optarían, como en el pasado reciente al que acabo de referirme, por otros escenarios mundiales en los que, gracias a la labor preparatoria que en ellos realiza el antisemitismo, se encuentra afianzada la homologación entre judíos e israelíes. En el afán de volcar la opinión pública internacional a favor de su causa y en contra de Israel, el extremismo islámico puede contar, casi con seguridad, con que la lectura que muchos harán de esos atentados venideros encontrará respaldo, en muy buena medida, en esa homologación tan cara al antisemitismo actual.

El esfuerzo por superar ese prejuicio atroz y sus efectos no puede sino estar inscripto en el marco de la lucha que, desde la educación y la ley, debe emprenderse contra las discriminaciones de toda índole.

Ciertamente, el judío es, desde hace mucho, blanco constante de la intolerancia. Pero, junto con la suya, hay otras figuras igualmente condenadas por el desprecio: la de la mujer, la del negro, la del creyente que ejerce su fe de un modo distinto del nuestro. Súmese a ellas la figura del homosexual, la del trabajador explotado, la del excluido social, la del indígena. Y a éstas, la de pueblos como el palestino, cuyo derecho a contar con un Estado propio no sólo se ve trabado por su interminable conflicto con Israel, sino también por la hipocresía de muchos dirigentes árabes y por la instrumentación perversa que de su aflicción y de su causa hace el terrorismo islámico, dispuesto a seguir utilizándolo como rehén y carne de cañón en su ciego afán de terminar con la existencia de Israel. .

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