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Esta práctica no garantiza resultados

Claudia Romero Para LA NACION

Sábado 14 de febrero de 2009
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Lo que tiene de interesante el caso de las escuelas inglesas que proponen practicar meditación trascendental es que, más allá de la polémica puntual, permite abrir la discusión acerca de lo que se debe enseñar en las escuelas. Y, en este sentido, es una discusión válida para la Argentina, una ocasión para meditar.

En los programas escolares, existe un conjunto consolidado de disciplinas clásicas, tan antiguas como la escuela misma, lengua, matemática, historia, geografía, biología, entre otras, que cuentan con el suficiente consenso social y académico para ser materia escolar. A la vez, existen espacios curriculares más abiertos, flexibles y sensibles a la diversidad de los intereses de una comunidad. Y es aquí donde se sitúa esta discusión.

La inclusión de nuevos saberes y prácticas de enseñanza en las escuelas es uno de los desafíos actuales. Y el desarrollo de capacidades vinculadas al cuidado de sí mismo, de los otros y del planeta, es una de las necesidades importantes.

La búsqueda de alternativas escolares que potencien el trabajo formativo en esa dirección es una tarea válida. Aunque, como todo, la escuela sufre la acechanza de las modas, el consumismo, la superficialidad y está obligada a no ceder ante ellas, porque perdería su específica función formativa.

¿Cómo obtener mayor creatividad? ¿Cómo vivir en armonía con uno mismo y con los otros? ¿Es la escuela un lugar para aprender acerca de eso? Decididamente, sí, aunque esos son saberes complejos a los que muy dudosamente se arribe mediante la introducción de una única práctica. Es bueno incluir prácticas alternativas, pero eso no asegura resultados lineales. Mayor creatividad a lo mejor se obtiene, por ejemplo, estudiando matemáticas.

Los programas escolares son un entramado de conocimientos y de prácticas en los que hay que considerar, al menos, dos condiciones básicas: los contenidos deben tener fundamento científico y los docentes que los imparten, un aval oficial.

La sociedad le confía a la escuela la transmisión de aquellos saberes que para ella son significativos de su cultura. Y en este acto de confianza le transfiere también un poder, el enorme poder de educar.

La autora es directora de Educación de la Universidad Torcuato Di Tella

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