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La inseguridad no es una sensación

Se insiste en ese supuesto, pero los hechos demuestran que se trata de una de las principales preocupaciones de la gente

Miércoles 18 de febrero de 2009
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Hay funcionarios que se preocupan por machacar, con deliberada insistencia, que "la inseguridad es una sensación sobredimensionada por el periodismo". Uno de ellos es, por ejemplo, el ministro de Justicia y Seguridad, Aníbal Fernández; otro resultó ser un oficial de la policía bonaerense que pretendió minimizar denuncias en ese sentido vertidas por vecinos de la Isla Maciel, después de que una niña -ya dada de alta- recibió un balazo al quedar en medio de un tiroteo entre pandillas. Es apenas un episodio de una vasta y lamentablemente extensa compilación de hechos delictivos de rigurosa actualidad que demuestra lo equivocado de aquella afirmación.

No fue una "sensación" brotada de la nada la que afectó al obispo de Merlo y Moreno y presidente de Caritas Argentina, monseñor Fernando M. Bargalló, al ser asaltado en la puerta de su propia vivienda. Tampoco lo fueron las negativas impresiones padecidas por el bailarín Maximiliano Guerra, víctima de una salidera bancaria, o por la dirigente política Margarita Stolbizer, llevada por la fuerza a recorrer cajeros bancarios para que extrajese dinero con su tarjeta. O los padecimientos de la joven que mientras circulaba en moto por la ruta a Luján recibió un ladrillazo en el rostro para robarle ese vehículo y los del colectivero al que delincuentes precoces, según se dijo, le cortaron la falange superior de un dedo porque no pudo abrir el monedero de su colectivo. Realidades que, sin dudas, tuvieron duro impacto en el ánimo de quienes se enteraron de ellas.

También se ha denunciado que niños de entre 10 y 12 años, visiblemente drogados, asaltan a los transeúntes para arrebatarles carteras y teléfonos celulares. Y que, por ejemplo, es peligroso detenerse en el semáforo de la intersección de las avenidas Figueroa Alcorta y Dorrego al caer la tarde, porque de las arboledas próximas salen malhechores que roban a los conductores.

Ayer mismo, todo San Isidro se conmovió y lamentó el asesinato del teniente de la policía bonaerense Aldo Garrido, quien por su don de gentes y hombría de bien se había hecho merecedor del afecto y el reconocimiento de esa comunidad. El oficial quiso impedir el asalto a un comercio y los asesinos, un hombre y una mujer, lo despojaron de su arma para darle artera muerte de un balazo en el pecho y otros dos por la espalda para rematarlo.

Esta somera reseña confirma que nuestra ciudad y su vasto conurbano, por mencionar un área en particular, ya que el mal ha invadido casi todo el país, se han convertido, admítase o no, en zona peligrosa para sus habitantes y sus transeúntes, que todavía confían en la protección inexcusable que razonablemente debería brindarles el Estado.

Convengamos, pues, que no cabe hablar de una aceptable calidad de vida si no se puede "vivir en paz" y es menester circular por la vía pública y permanecer en los sitios en que se reside o a los que se concurre manteniendo los sentidos en constante alerta para tratar de evitar de alguna manera los descarados embates de la delincuencia.

Nuestro país tiene, es evidente, muchos problemas por todos conocidos. La inseguridad delictiva es sólo uno de ellos, aunque, tal vez, no sea exagerado considerar que se encuentra entre los más graves, puesto que produce víctimas físicas, desequilibrios emocionales y pérdidas patrimoniales, además de ser motor de la tentación de la autodefensa, metodología inadmisible que implicaría la progresiva disolución de la convivencia.

Esa endemia no se corregirá con frases hechas y con apreciaciones descalificadoras. En cambio, requiere la estricta y ecuánime aplicación de la legislación penal, el restablecimiento de la confianza que toda persona de bien deposita en las autoridades y en las fuerzas policiales y de seguridad, y, asimismo, reclama el pormenorizado estudio de las causas que han provocado la paulatina degradación de las pautas morales, sociales y educativas. Acciones y análisis que, como los hechos lo indican, todavía están pendientes y son una deuda que el Estado mantiene vigente con la sociedad.

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