El crimen organizado / Sospechas de vínculos con el narcotráfico
Un nuevo asesinato con sello mafioso
Sicarios en moto mataron de diez tiros a un colombiano de 29 años en un negocio náutico de San Fernando; no hay detenidos
Sicarios en moto. Disparos certeros, con un destinatario claro, sin advertencia previa. Un colombiano muerto, acribillado a balazos en la zona norte del conurbano.
A su alrededor, signos de opulencia. Misterio, dudas y más dudas. Todas esas piezas formaban parte de un doble homicidio ocurrido en julio pasado en el estacionamiento del shopping Unicenter, en Martínez, un crimen de tinte mafioso, quizá vinculado al narcotráfico internacional, un caso irresuelto. La misma combinación, en esencia, se repitió ayer, en un local de venta de artículos náuticos de San Fernando.
Nada se sabe aún de motivaciones de este nuevo crimen, como tampoco se supieron en relación con el doble asesinato ocurrido en Martínez el 24 de julio del año pasado (ver aparte). Sólo la confirmación hecha ayer por el superintendente de Coordinación Conurbano Norte de la policía bonaerense, Salvador Baratta, de que este nuevo homicidio "indudablemente es parecido" a aquél. Eso y el hecho de que el fiscal de aquel caso, Diego Grau, ya se puso en contacto con sus colegas a cargo del nuevo caso, Luis Angelini y Diego Onorati, para cruzar datos y evaluar si hay nexos entre una y otra ejecución.
Juan Sebastián Ramírez, de 29 años, con su padre, su hermano y un amigo, colombianos como él, más un argentino, que, según fuentes policiales, era marinero, entraron a Renosto, un local de artículos de náutica situado en Avenida del Libertador 1999, en la localidad bonaerense de San Fernando. Aparentemente, la intención era adquirir un bote semirrígido.
Los Ramírez, que, según dijeron a la policía, son empresarios del rubro maderero, se movían en un Touareg, vehículo utilitario deportivo de alta gama de Volkswagen. El marinero se presentó ante el dueño del local y encaró en nombre de los colombianos la negociación por la compra de un semirrígido. Eran las 16.
La tarde se presentaba como todas. En la zona transitaban pocos autos y vecinos, como es habitual en las manzanas de casas residenciales y escasos locales comerciales. En la vereda de Renosto, los motores fuera de borda y los gomones estaban en exposición, como de costumbre.
Se acercó una moto con dos hombres. Uno llevaba casco; el otro, no. Una vecina de la zona dijo a LA NACION que al menos uno de ellos, que se ubicó detrás de un árbol, tenía una actitud que caracterizó de vigilancia. El otro se bajó del vehículo y caminó por detrás del marinero, del dueño del local y del bote que ambos miraban. Llegó hasta donde estaba Ramírez y levantó la pistola automática que llevaba en la mano, una nueve milímetros: fueron trece tiros.
Apretó una y otra vez el gatillo en una sola dirección. Ramírez, que estaba sentado junto con uno de sus amigos en un banco, en la entrada misma de Renosto, mientras el resto de la comitiva colombiana miraba y revisaba la mercadería dentro del local, intentó escapar cuando supo lo que pasaría. No le sirvió de nada: diez de los trece proyectiles le dieron; murió allí mismo, en el acto.
La vidriera del local quedó destrozada por los impactos de bala. "Indudablemente, vinieron a ajusticiar a este sujeto", dijo el superintendente Baratta, para explicar lo que la mecánica del hecho hacía evidente.
Los motociclistas huyeron del lugar rápidamente, después de haber cumplido su cometido, aún inexplicable, en la misma moto de alta cilindrada en la que habían llegado.
Casi sin indicios
Con el eco de los disparos y de la derrapada de la moto fundiéndose en un solo sonido, en la tranquila tarde sanfernandina, cerca del Río de la Plata, comenzaba la investigación del homicidio. Poco es lo que les dio la escena del crimen a los detectives para poder comenzar a avanzar en la pesquisa, además de los casquillos de 9 milímetros y la indudable sensación de estar frente a un crimen mafioso. Por ahora, según explicaron fuentes de la investigación, el camino más fértil podría ser el de lo que tengan para aportar a la causa los familiares y allegados de la víctima.
Refirma esa impresión la afirmación del superintendente Baratta: "No manejamos ninguna hipótesis. Sería irrespetuoso hacerlo, a dos horas del hecho, pero descartamos de plano un intento de robo. La hipótesis la vamos a ir viendo sobre la base de [lo que se conozca de] los negocios de esta persona [la víctima] y los problemas que pudiera tener".
Las fuentes explicaron que los Ramírez residían en un departamento de Puerto Madero, desde que llegaron al país, meses atrás, "de visita". Pero una versión que llegó a oídos de los investigadores indica que la víctima y los suyos habrían arribado a la Argentina en los primeros días de este mes, y que vivían en un yate valuado en 400.000 dólares. Según esta versión, el semirrígido que habían ido a comprar ayer a Renosto iba a ser anexado a la nave madre.
El padre y el hermano de Juan Sebastián Ramírez, su amigo y el marinero argentino comenzaron a ser indagados como testigos en la comisaría de Victoria. Están bajo resguardo policial, según confió ayer Baratta.
La policía espera que lo que se animen a contar, más allá de sus declarados intereses en el sector maderero de su país, pueda descorrer el velo de este crimen que, con lo que se sabe hasta ahora, parece replicar el sonido de las venganzas y ajustes de cuentas en la guerra entre carteles de la cocaína colombianos. .
