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Especial arte

El ocio creativo

ADN Cultura

Compartir trabajos y experiencias ya es una norma entre los artistas, que valoran cada vez más la mirada de sus colegas. Las redes que tejen en talleres, clínicas de obra, residencias, ferias y bienales inspiran proyectos y atrapan nuevos públicos

Por   | LA NACION

En 1905, cuatro estudiantes de arquitectura -entre los que se contaba Ernst Ludwig Kirchner- se mudaron a una zapatería abandonada de Dresde, Alemania, donde pintaban y dibujaban en sus ratos libres. El grupo, autodenominado Die Brücke (El Puente), rechazó la academia y apostó por el ocio creativo de su pequeña comunidad. Así nació el expresionismo alemán.

"Llamamos a toda la juventud a la unidad -escribió Kirchner en el manifiesto de Die Brücke, en 1906-. Nosotros, que poseemos el futuro, queremos libertad de acción y pensamiento con respecto a la rígida vieja generación. Cualquiera que exprese de forma honesta y directa lo que le impulsa a crear es uno de nosotros."

Un siglo más tarde, una red de artistas de todas las edades se teje sin pausa en talleres, clínicas de obra, residencias, ferias y bienales de arte en todo el mundo. Las nuevas tecnologías permiten mostrar obras en cualquier punto del planeta y hasta recorrer los principales museos. Hace tiempo que pasó a la historia el obligado "viaje de iniciación" a Europa. En este vertiginoso intercambio de experiencias al que algunas escuelas de arte aún no se pudieron adaptar, nada parece tener tanta fuerza como el contacto cara a cara entre los artistas. Un encuentro informal entre distintas maneras de ver el mundo, que se influencian mutuamente.

Para Guillermo Kuitca, según le confesó a Leopoldo Estol en una entrevista, ése es "el secreto mejor guardado" de las becas que impulsa desde hace casi dos décadas, el principal espacio legitimador de educación informal en la Argentina. Este pintor genial, que comenzó a enseñar cuando tenía apenas 19 años, sostiene que la clave de ese éxito radica en "el diálogo, la confianza y el trabajo diario". A esas virtudes habría que agregarle la flexibilidad, ya que el cambio fue una constante desde aquella primera beca de 1990, que reunió a un grupo de pintores en un depósito de Barracas. Así como rotaron los artistas y sus ciudades de origen, la extensión fue variando -en promedio, cada edición duró dos años- y se sumaron otras ramas del arte, como la fotografía y el video. También se alternaron los espacios de trabajo y las instituciones que las apoyaron: primero fueron las fundaciones Antorchas y Proa, luego el Centro Cultural Ricardo Rojas y, a partir de 2010, la Universidad Di Tella.

"La futura incorporación a la Universidad Di Tella sigue la tradición de la beca de asociarse con entidades que estén haciendo un trabajo cultural relevante", explicó Kuitca a adn cultura, desde Nueva York. Hasta ahí, lo formal. Puertas adentro, sus análisis parten de una idea, una palabra o una pregunta, en el momento en que se para frente a la obra junto a los becarios. Sin grabador, sin apuntes, sin guión.

De una forma similar se trabaja en las clínicas de obra, que hoy se multiplican en Buenos Aires, en las que los artistas presentan y reflexionan en grupo sobre las producciones individuales, con la guía de un colega con mayor trayectoria. O en algunos de los llamados "colectivos de artistas" que unen fuerzas para crear espacios donde comparten experiencias: desde un antiguo palacio en Monserrat hasta un ex geriátrico en Floresta o una casa tomada en Córdoba, los ejemplos abundan.

Hace diez años, Jorge Macchi y Fernando Lancellotti alquilaron el primer piso del Palacio México, en Monserrat, e instalaron sus talleres en los 600 m2 que balconean sobre la esquina de México y Santiago del Estero. "Es una casa de 1885 en la que residió el embajador de Brasil hasta 1917, cuando la fiebre amarilla dejó el barrio vacío", señala Lancellotti, que hoy comparte ese espacio con otros cinco artistas. En el piso de arriba trabajan, además, Fernando Fazzolari y Elba Bairon. Aunque hoy el ritmo es más calmo que hace unos años, cuando Ana Gallardo, Pablo Siquier y Ernesto Ballesteros se daban una vuelta para visitar a sus amigos. Incluso Natalio Povarché se acercó una vez, por curiosidad. Fue famosa la fiesta con la que Macchi festejó allí el premio que le entregó el Banco Nación en el año 2000; parte del dinero de ese premio fue a parar a la instalación de gas de la propiedad, que todavía se sostiene a pulmón.

Con fiestas que sirven para recaudar dinero se mantiene en parte la casa de Portela 164 (www.portela164.com.ar), en Flores, donde hasta hace pocos años funcionaba un geriátrico y hoy reúne a unos quince artistas. Estanislao Florido pertenece al grupo fundador, convocado por Santiago Iturralde, al que luego se sumaron otros, como Sandro Pereira y Melina Berkenwald. Cada uno de los once cuartos funciona como taller, y en varios de ellos se dictan clases o clínica de obra. Algunos de los miembros del grupo, apodados offshore , no trabajan en la casa pero la frecuentan. "No hay mucha uniformidad. No somos todos amigos, no tenemos la misma edad ni estéticas parecidas", aclara Berkenwald.

De todos modos, la casa funciona como un importante espacio de pertenencia que se presentó como tal en Expotrastiendas 07 y en arteBA 08, en el Barrio Joven, donde también expusieron otros "colectivos de artistas" como Rosa Chancho y Jardín Luminoso (Buenos Aires), Cordón Plateado (Rosario), Estudio 13 (General Roca) y La Baulera (Tucumán).

El arte de convivir

Muy distinto y mucho más formal, pero con el mismo espíritu de nuclear artistas, es el proyecto que Berkenwald impulsa desde 2004, cuando regresó de una larga estadía en Londres. Entonces se contactó con Graciela Hasper para organizar en el país un proyecto similar a los que había conocido en Europa.

Con la colaboración de Marcelo Grossman, Diana Aisenberg y Roberto Jacoby realizaron en 2006 la primera Residencia Internacional de Artistas en Argentina (RIAA), que pasado mañana inaugurará su cuarta edición con la presentación de los participantes en el Centro Cultural de España en Buenos Aires (Cceba). Luego, los 18 artistas visuales del país y del exterior, de distintas generaciones, viajarán a Pinamar para convivir durante dos semanas en el Viejo Hotel Ostende.

La residencia culminará el 21 de marzo, con una tarde abierta de exhibición en el hotel. Aunque Berkenwald aclara que "el énfasis está puesto en el encuentro, en la discusión, y no en la producción de obra. A veces sirve alejarse del ámbito donde uno está todo el tiempo, o conocer artistas de otros lugares. Y los beneficios siguen después, porque se abren otras redes".

Algo de eso debe de haber, porque en todo el país comenzaron a abrirse puertas para recibir a los artistas de otras provincias y del exterior: El Levante, en Rosario; El Basilisco, en Buenos Aires; Casa 13, en Córdoba, y Residencia Corazón, en La Plata, son algunos de los espacios más conocidos, en constante transformación.

"El espacio está quedando chico", dice Rodrigo Mirto, uno de los coordinadores de Residencia Corazón, con lugar para alojar a dos visitantes. Una de las experiencias más ricas que recuerda es la que tuvieron con una directora de teatro de origen ruso, que trabaja en la BBC y vino a la Argentina para filmar un documental sobre el tango. Mirto y su socio, Juan Pablo Ferrer, la contactaron con cuatro bailarines y once actores locales, la mayoría de los cuales están por viajar para presentar la obra en Londres. "Su proyecto pegó un giro, fue cambiando a medida que conoció la historia y la cultura del país", recuerda Mirto.

Las otras tres residencias citadas participaron en noviembre último del Encuentro Iberoamericano de Centros de Residencias Artísticas Independientes que se realizó en San Pablo para fortalecer este tipo de iniciativas en la región, y El Levante está por viajar al segundo encuentro Redesearte Paz, en Medellín, Colombia.

"Unidos somos más" parece ser el lema que también da vida a Trama, una red de proyectos gestionados por artistas en distintas ciudades argentinas que funcionó, entre 2000 y 2005, como un programa internacional de cooperación y confrontación de artistas impulsado por Claudia Fontes. Y por qué no mencionar también Bola de Nieve, una idea de la revista ramona que encontró eco en el Espacio Fundación Telefónica y salió a rodar por la Red: se trata de una base de datos on-line que ofrece un espacio de exhibición virtual permanente y que crece a medida que los artistas argentinos eligen a sus pares.

Pero volvamos al cara a cara. Andrés Waissman recibe en su taller de Palermo Soho, uno de los tantos del barrio, a varios de los artistas que forman parte de Bola de Nieve o que participaron de Curriculum O, el premio que impulsa la galería Ruth Benzacar. "En esta clínica de obra trabajamos sobre las producciones individuales, analizando en forma grupal todo lo relativo al concepto, realización e imagen", explica. Aunque también están quienes concurren al taller para pintar y que no necesariamente pretenden vivir del arte.

Estos últimos pertenecen a un creciente público que desfila por las muestras más importantes de Buenos Aires y quiere saber un poco más. Muchos de ellos asisten a cursos como los de Laura Batkis, especialista en arte contemporáneo. "La cantidad de alumnos aumentó en estos años porque el arte tiene hoy un lugar importante en nuestro país: están las Gallery Nights, el fervor por el arte argentino, el incremento del mercado local y la moda", afirma Batkis.

En medio de este boom, parece poco probable que los artistas vuelvan a refugiarse en su taller, sin contacto con el mundo exterior o sus colegas. .

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