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No era tan malo el capitalismo...

Carlos A. Manfroni Para LA NACION

Sábado 07 de marzo de 2009
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Tal vez el consumo superfluo no sea lo mejor para el fortalecimiento del espíritu, pero los últimos acontecimientos muestran que resultaba indispensable para la fortaleza de la economía.

Sin embargo, no es precisamente la promoción del ascetismo el motivo por el que los gastos suntuarios vienen siendo atacados durante los últimos cuarenta años, como mínimo.

Frente a un automóvil cero kilómetro, uno puede tener la actitud de San Francisco de Asís, si viviera en esta época. Probablemente, diría: "¡Qué bonito! Pero no es para mí, porque me gusta caminar y disfrutar de la naturaleza", y seguiría, alegre, su marcha. También puede pensar como el ciudadano medio de un país capitalista: "¡Qué bueno! Me esforzaré para comprarlo". Y no faltarán quienes le hagan una raya en la pintura de la carrocería, con una moneda.

América latina es la región en la que demasiada gente -de hecho o de palabra- raya el automóvil ajeno con una moneda.

Desde la teología de la liberación hasta los grupos terroristas de Oriente y de Occidente -sin contar las múltiples variables de la demagogia-, todos se ocuparon de exhibir el consumo superfluo como el símbolo más irritante del capitalismo y la causa de la pobreza en los países en vías de desarrollo.

Entre las tantas consecuencias de la actual retracción del consumo, se publicó recientemente que una de las grandes automotrices despedirá a casi 5000 trabajadores de su planta en Brasil. A su vez, el mayor fabricante global de pantallas de plasma -cosa superflua, si las hay- cerrará 27 de sus plantas en el mundo y despedirá a 15.000 empleados. Otra empresa que produce artefactos electrónicos para cocina recortará 4000 puestos de trabajo, después de haber perdido 50 millones de dólares en el último trimestre de 2008.

Por su lado, el gigante del audio e inventor de la playstation -un juguete de lujo, para el ingreso medio de estas latitudes- dejará en la calle a 8000 trabajadores.

Por cierto, uno puede vivir sin cambiar el automóvil, con su clásico televisor, sus hornallas a gas y, por supuesto, sin una playstation . Puede vivir hasta ser golpeado por las consecuencias de la recesión provocada por el desempleo global.

Veamos un caso paradigmático de consumo superfluo: Disneyworld. Sólo sus parques en Orlando dan empleo directo a 50.000 personas. Los parques temáticos, en general, tienen más de 150.000 empleados en los Estados Unidos. Pero ese número no involucra a los cientos de miles de puestos de trabajo que demandan las empresas proveedoras de ese conglomerado de entretenimientos, ni a los que derivan de las actividades que giran en torno de tal fantasía, como películas, merchandising o transportes externos. Tampoco incluye los empleos indirectos que esa multitud que vive de una diversión superficial y onerosa sostiene en el mundo, por el solo hecho de comer, vestirse y tomar, ellos mismos, vacaciones.

Imaginemos que sucediera repentinamente lo que ha comenzado a ocurrir de forma gradual: que dejen de llegar cruceros y aviones cargados de turistas. La actividad turística genera más del 7% del empleo total del país, según datos de la cámara del sector.

¿Quién recuerda este cantito: "¡Qué lindo que va a ser el hospital de niños en el Sheraton Hotel!", que la JP entonaba en los 70, cuando algunos de sus miembros ahora más encumbrados todavía no se habían dedicado al ramo de la hotelería en El Calafate?

Todas esas actividades no imprescindibles para la vida pagan impuestos, con lo cual -cuando no hay corrupción- ayudan a mejorar la salud de los lugares donde el consumo superfluo se realiza. Más aún: el propio gasto suntuario representa en sí mismo y en su totalidad un impuesto que los que más tienen desembolsan en favor de los que menos poseen, con la ventaja de que se trata de un tributo que contribuye directamente a la generación de empleo, sin pasar por los gobiernos.

Entonces, ¿el mundo no puede vivir sin el consumo superfluo? Se podía, en la época del capitalismo ascético, cuando todo estaba por inventarse y las industrias crecían proveyendo a la gente de bienes necesarios. Pero la población global ha aumentado y no todos pueden dedicarse a fabricar lo imprescindible. Hacen falta nuevas "estupideces" que sirvan para crear empleo.

Un mundo sin la producción superflua del capitalismo actual sólo sería posible si cada uno de nosotros tuviera una parcela de tierra y emprendiera una economía de subsistencia, consumiendo exclusivamente lo que produce. Eso sí: a costa de olvidarse de la medicina de avanzada, del automóvil, de la luz eléctrica y de todas las cosas que hoy nos resultan familiares y, alguna vez, muchas de ellas, habrán parecido estupideces.

El autor es abogado y escritor. Se especializa en temas de ética pública y prevención de la corrupción.

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