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Todas las tortas

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PARA LA NACION
Domingo 22 de marzo de 2009

Confundido entre los paseantes, oculto en la sombra, un hombre de inusual altura escucha a una cantante ocasional en una calle del barrio gótico de Barcelona. Entonces, se le acerca un apuesto joven que le ofrece un trozo de torta: "Julio, toma un pedazo". El hombre, tímido, enfermo, lo recibe, lo come y le dice: "Muchas gracias por acercarte y convidarme". El joven responde: "Pero, escucha, te di muy poco comparado con lo que tú me diste a mí". Cortázar, que era el Julio a quien se dirigía el muchacho, le contesta: "No digas eso, no digas eso".

El literato español Juan Cruz, que evoca esta anécdota a propósito de la conmemoración del 25º aniversario de la partida de Cortázar, menciona que el escritor la comentó a Jason Weiss, quien le realizó una entrevista en 1983, una de las últimas, para The Paris Review . Cortázar concluyó su relato: "Y nos abrazamos y él se alejó. Bien, cosas como ésa son las mejores recompensas de mi trabajo como escritor. Que un muchacho o una chica se acerquen a hablarme y a ofrecerme un pedazo de torta, es maravilloso. Así vale la pena el trabajo de escribir".

Sabiamente, Juan Cruz prolonga la afirmación: "Y el trabajo de leer". Es que leer es un trabajo, un oficio, un arte que debe aprenderse y practicarse con dedicación y esfuerzo, sabiendo, o al menos intuyendo, que la recompensa será grande. Que, como el joven de la historia, recibiremos mucho de la lectura. Claro que para aprender a leer es necesario que alguien nos valore tanto como para enseñarnos a hacerlo, para contagiarnos el gozo de la lectura, para hacernos entrever, aunque sea por una hendija pequeña, el mundo que esa lectura nos revelará, los recónditos y desconocidos ámbitos de nuestro interior que nos ayudará a descubrir.

Como en el caso del muchacho de Barcelona, Cortázar influyó de manera decisiva en la conformación interior de mi generación y de muchas que la siguieron. Recuerdo haber sido introducido a su obra cuando era un chico y trabajaba en una librería. Fueron los libreros mayores -que entonces conocían su oficio- quienes pusieron en mis manos un ejemplar del recién publicado Bestiario . A partir de ello, esperaba con avidez la aparición de cada nuevo libro, anticipando la excitación que prometía. Como todo gran escritor, Cortázar ejerció una influencia profunda en nuestra manera de ver el mundo. Por eso, cumplió el anhelo que reiteraba cuando mencionaba su ambición de tener lectores jóvenes para quienes sus libros significaran algo.

Noé Jitrik ha dicho, con razón, que Cortázar nos ha mostrado el otro lado de la realidad. Como siempre habrá seres humanos que intentan ver ese otro lado, Cortázar seguirá siendo leído. Quienes lo hemos hecho, cada vez que vemos un motociclista pensamos que ciegamente se dirige hacia no sabemos qué sacrificio; cada vez que abordamos un ómnibus presentimos relaciones extrañas entre sus pasajeros; cuando alguien nos sirve un bombón, intuimos las manos de Delia Mañara; al dar cuerda o mirar nuestro reloj, caemos en la cuenta de que no somos más que regalos hechos a las cosas; cuando enfrentamos una escalera, tenemos el dilema de saber qué pie es el pie; cada vez que miramos una foto sabemos que existe otro lado. Es ése el que nos ayudan a descubrir los grandes artistas, quienes, por eso mismo, tienen la eternidad asegurada, como Cortázar. Porque a los escritores muertos no hay que buscarlos en sus tumbas, están vivos en sus libros.

Cuando enseñamos a leer, enseñamos a encontrar significado a nuestras vidas, a descubrir otras posibles. Precisamente leemos para ampliar nuestro panorama vital. Por eso, si nos llegamos a cruzar con Cortázar -o con cualquier otro grande de la literatura- acerquémosle un trozo de torta porque, aunque le ofrezcamos todas las tortas del mundo, como dijo el chico de Barcelona, le daremos muy poco comparado con lo que nos han dado a nosotros.

revista@lanacion.com.ar

El autor es educador y ensayista

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