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Historias de vida

Inés Weinberg de Roca: el desafío de hacer justicia después del horror

Enfoques

Integró el Tribunal Penal Internacional de Ruanda, lo que la llevó a vivir varios años en Africa y conocer de cerca el drama del genocidio de 1994 antes de pasar a La Haya e intervenir en casos de exterminio en la ex Yugoslavia. Ahora esta jueza argentina enfrenta un nuevo desafío, vinculado también a los DDHH: acaba de ser seleccionada para formar parte del Tribunal de Apelación de la ONU

Inés Weinberg de Roca es una magistrada con una asombrosa adaptación al medio. Podría suponerse que ello corresponde a la personalidad de un juez que, obligado a adaptarse al escenario donde administra justicia, debe fallar tanto en un caso de genocidio -en un tribunal internacional- como en un litigio sobre adoquines en el casco histórico de Buenos Aires -en un juzgado contencioso administrativo-, o en un pleito entre empleados de la ONU, al llegar al Tribunal de Apelación de Naciones Unidas (ONU).

Ese es el itinerario que registra la hoja de vida de esta jueza argentina de 60 años, que el 2 de marzo último fue designada -entre los mejores 14 candidatos de todo el mundo- como integrante del máximo órgano administrativo de la ONU, por los próximos siete años. Llegar hasta allí fue una faena ardua en un camino sembrado de obstáculos. Sobre todo porque el respaldo de la Argentina llegó, pero en el último momento.

Es posible que, si como escribió Gandhi, la fuerza no proviene de la capacidad fìsica sino de la voluntad indomable, Inés Weinberg de Roca haya aprendido esto en su larga estancia en Africa, como integrante del multirracial Tribunal Penal Internacional de Ruanda (ubicado en Tanzania), que todavía juzga a los genocidas del brutal exterminio de 1994, de la mayoría étnica hutu contra la minoría tutsi y hutus moderados.

Cinco años y medio duró ese tramo en su carrera: tres y medio en Africa y el resto del tiempo en La Haya, como integrante de la Cámara de Apelaciones que intervino en los casos de exterminio en la ex Yugoslavia. Allí vivió otra dura experiencia profesional: tener voz propia en un tribunal de hombres, que siguen dominando el prestigioso territorio de la justicia internacional.

Africa fue para ella, sobre todo, una escuela de excelencia que le templó el espíritu. Dejó marido, hijo y perrita en Buenos Aires para trasladarse a vivir sola a una casa en la ciudad tanzana de Arusha, sede del Tribunal, custodiada las 24 horas por guardias de la ONU. A veces no tenía luz, otras no tenía agua. Si se duchaba, no podía cocinar. Si usaba la cafetera eléctrica, la energía no le alcanzaba para encender el televisor o el lavarropas.

En su aventura africana conoció a Carla del Ponte, apenas llegó al continente negro. Del Ponte era una estrella de la justicia internacional, con su estilo de fiscal aguerrida. Por esos azares del destino, la actual embajadora suiza es hoy vecina de la jueza argentina en el coqueto Barrio Parque, de Buenos Aires.

El Derecho Internacional siempre le resultó a Weinberg de Roca más atractivo que el derecho interno, porque "es más creativo y existe la posibilidad de crear normas que en el ámbito jurídico interno, donde todo está más consolidado", dice a LA NACION.

Recibida de abogada a los 21 años en la UBA, a los 23 obtuvo con un "sobresaliente" el doctorado en Derecho en la Universidad Nacional de La Plata. Luego se marchó a Alemania, a estudiar derecho internacional y extranjero en el exclusivo Instituto Max Planck, de Hamburgo, donde comenzó su vinculación con la defensa de los derechos humanos. Pese a ser hija de alemanes nacidos en Berlín, las cosas no le fueron fáciles, pero la experiencia la fortaleció. Hoy recuerda: "Fue duro. El Instituto Max Planck reunía a la crema de los especialistas. Todos trabajaban a lo largo de un pasillo, en sus despachos a puertas cerradas. Era un espacio muy solitario, donde había poco contacto con la gente. Me sentí extremadamente sola".

Al regresar al país, la joven abogada comenzó su andadura como profesora universitaria en la cátedra de Derecho Civil, de Guillermo Allende. Pero la dictadura militar la despojó del cargo tiempo después. Como el litigio tribunalicio la entusiasmaba poco, con el advenimiento de la democracia se inscribió y calificó en los concursos para la justicia civil. Pero la suerte le era esquiva: en el momento final, el elegido era otro. Entre una desilusión y otra se enamoró y se casó con el abogado Eduardo Roca y tuvo a su hijo Marcos.

Es posible que en aquella larga lucha por alcanzar su meta haya fructificado en ella el germen feminista. En todos los escenarios en los que le tocó actuar, dice, "las mujeres tienen que dar una batalla más dura que los hombres". Pruebas al canto, en la justicia internacional las mujeres en altos puestos se cuentan con los dedos de una mano.

Causas y azares

Invitada por la Asociación Jurídica Argentino-alemana a un seminario a principios de los 90, el azar la puso en el lugar indicado y a la hora indicada. El Instituto Iberoamericano de Hamburgo agasajaba al entonces presidente Carlos Menem e Inés Weinberg de Roca fue invitada a la recepción. Pero no lo conocía. Sin pensarlo, se acercó al mandatario argentino y sólo le dijo que quería ser jueza, que calificaba en todos los concursos, pero no conseguía un cargo. Menem le facilitó su Mont Blanc para que la osada abogada anotara sus datos. Y prometió ocuparse. Unas semanas más tarde el ministro de Justicia de la Nación la convocó a su despacho. Poco después ocupó la vacante del Juzgado Civil número 11. Su experiencia a cargo de ese tribunal le deparó dos sorpresas: en la caja fuerte convivían, folio a folio, las sucesiones de Jorge Luis Borges, en la que Inés Weinberg de Roca dictó sentencia, y la de Juan Domingo Perón.

Instalada en la Cámara en lo Contencioso Administrativo de la Ciudad de Buenos Aires, cuando en enero de 2003 fue elegida, a propuesta de la Argentina, por la Asamblea General de la ONU para el Tribunal Penal de Ruanda, no imaginó que empezaba a construir la segunda etapa de su vida profesional. Y que Africa sería una experiencia imborrable. Hoy dice: "Nadie vuelve a ser la misma persona, después de haber vivido en aquel continente y tras haber escuchado decenas de testimonios sobre el horror del genocidio". Su convicción es que en cualquier momento y en cualquier parte del mundo puede estar madurando el huevo de la serpiente, el germen de un genocidio, porque éste comienza cuando se le achaca al otro, al prójimo, la causa de los males propios y se lo coloca en el lugar del enemigo.

La experiencia africana la sacudió de diferentes maneras y los casos de violaciones, que fueron miles, son los que más recuerda. Fue el Tribunal Penal de Ruanda, bajo la presidencia de la jueza sudafricana Navy Pillay, hoy su amiga, el que declaró que el delito de genocidio puede configurarse a través de la violación, lo que constituyó un avance fundamental en la justicia internacional.

Inés Weinberg de Roca tuvo a su cargo dos de los casos de genocidio más renombrados: la acusación contra el cantante popular Simon Bikindi, cuyas letras alentaron el asesinato de tutsis. Y el del llamado "Mr. Z.", el empresario Protais Zigiranyirazo, cuñado del presidente Juvenal Habyarimana, muerto en 1994 en el atentado aéreo que desató el genocidio en Ruanda. Ambas condenas llevan su firma.

El mandato de Inés Weinberg de Roca concluyó en diciembre de 2008. Sus colegas de la Cámara Contencioso Administrativo la alentaron a continuar en la justicia internacional, concediéndole las licencias necesarias para postularse al Tribunal de Apelación de la ONU, y ella se puso en acción: envió 192 correos electrónicos a igual número de delegaciones diplomáticas en Nueva York. Antes había superado en La Haya los rigurosos exámenes para concretar su postulación. La última semana de febrero se instaló otra vez sola en Nueva York y se entrevistó con 80 delegados. Con la ayuda invalorable de sus colegas jueces en La Haya y en Arusha, fue elegida con 122 votos. La lista de candidatos había empezado con 250 de todo el mundo, de los cuales 24 llegaron a la recta final por siete cargos.

El 2 de marzo, su amiga Navy Pillay, hoy Alta Comisionada para los Derechos Humanos, le dio la noticia desde Nueva York. Fue otra vez una lucha solitaria. El llamado "endoso" de la candidata, que autoriza la Cancillería, se hizo esperar hasta último momento. Desde su casa en Barrio Parque prepara su aterrizaje en Nueva York. Y dice que su desafío actual es juzgar casos que, de una u otra forma, involucran la cotidianeidad de la gente, y que eso también hace a los derechos humanos.

Su vida fue registrada en un documental filmado en Africa, Holanda y Francia. "Los 100 días que no conmovieron al mundo", realizado por la productora Zona Audiovisual con el respaldo del Instituto Nacional de Cine (Incaa), que en abril llegará al Museo del Cine de la Ciudad y al Museo de Arte Latinoamericano (Malba).

Quién es

Nombre y apellido:
Inés Weinberg de Roca

Edad:
60 años

Estudios y publicaciones:
Nació en Buenos Aires, el 16 de diciembre de 1948, hija de inmigrantes alemanes. Asistió al colegio St. Peter´s, luego estudió Derecho en la UBA y obtuvo un doctorado en Derecho en la Universidad Nacional de La Plata. Ha escrito cuatro libros sobre derecho internacional.

En la justicia local e internacional:
Fue jueza civil, camarista en la Cámara Internacional de Apelaciones de La Haya, jueza del Tribunal Penal Internacional de Ruanda y jueza de la Cámara en lo Contencioso Administrativo en Buenos Aires. Está casada y tiene un hijo. .

Susana Reinoso LA NACION © LA NACION
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