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Ganado cimarrón, el origen de la estancia

Vacas y caballos llegaron de los barcos y se multiplicaron gracias a la prodigiosa fertilidad de la pampa húmeda

Sábado 28 de marzo de 2009

Sabemos que tanto caballos como vacas llegaron a nuestras tierras en los barcos de los españoles conquistadores. Los naturales de la región no los conocían y los nuevos vecinos trataron de conservarlos levantado corrales tan precarios como sus improvisadas viviendas. Caballos para traslado y defensa y vacunos primordialmente para la provisión de la leche y sus derivados, base inestimable de la alimentación de los nuevos habitantes.

Esos animales, que de tal forma también habían descubierto la pampa húmeda, se enseñorearon de ella disfrutando de ese verde paraíso. Pasaron casi 50 años para que don Juan de Garay refundara Buenos Aires en 1580. Durante ese casi medio siglo, vacas y caballos, sin árboles genealógicos de por medio, se habían reproducido al infinito. Pero ya no eran las nobles cabalgaduras ni las mansas lecheras. Nacidos y criados libremente en la inmensidad de una llanura ubérrima, el potro manso se había vuelto chúcaro y la vaca tranquila y somnolienta del establo, un animal peligroso.

Las parcialidades indígenas que habitaban desde siglos las regiones andinas del centro y sur de la Cordillera se sintieron atraídas por este sustento que de manera tan milagrosa se les prodigaba. Ese pueblo araucano, virtuoso para la caza y tempranamente dominador del caballo, fue, ayudado por éste, extendiéndose hacia oriente, desalojando y en parte absorbiendo a los pampas originarios.

Ellos eran ahora dueños y señores de toda esa riqueza vacuna que deambulaba libremente por la pampa argentina. Pero ¿era aquello un bien mostrenco del que cualquiera podía servirse o era posible demostrar que poseía dueños efectivos? En 1608 la corona española, por medio de sus autoridades en el virreinato del Perú, permitió a los pobladores que cada uno declarase bajo juramento las cabezas que había perdido "él o sus antecesores, lo que era medio fantástico" a fin de recuperarlas, calculando, por supuesto, el porcentaje de su crecimiento vegetativo.

Concretado el amparo, a estos vecinos se les llamó "accioneros" y se les reconoció el derecho de propiedad sobre tales vacunos. Se les permitió la batida del campo con el objetivo de cazar ese ganado salvaje, práctica que se conoció bajo el nombre de "vaquería", faena de hombres de a caballo que realizaban la peligrosa persecución del cimarrón, volteándolo cuando conseguían que la media luna de desjarretar le cortara el tendón de Aquiles.

Este privilegio, trasmitido de padres a hijos, fue, con el tiempo, identificándose con la tierra o coto de caza en que esa tarea se realizaba y tal fue el origen de las grandes estancias primitivas en las que más que el sentido de la propiedad de la tierra predominaba el del ganado. Pero por entonces la propiedad del ganado no tenía más que un único valor: el del cuero, y tanto es así que la matanza libre de vacunos era privilegio de todos siempre que se entregaran los cueros a los dueños nominales.

Por Silvia Long-Ohni Para LA NACION

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