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Una inteligente manera de ayudar

En la unidad 32 de la cárcel de Florencio Varela los presos terminan de reacondicionar una Hewllet Packard. Y en la calle Pichincha al 1890 un chico, que es dado de alta en el Hospital Garrahan, pide una computadora para seguir haciendo en su casa lo que aprendió mientras estuvo internado. Un recurso y una necesidad que, por suerte, pudieron encontrarse.

Viernes 27 de marzo de 2009

Ubicada en un galpón del barrio de Retiro, la asociación civil María de las Cárceles pasa desapercibida entre las montañas de basura que la rodean. Es un lugar muy poco pretencioso para la nobleza de la labor que sus miembros allí realizan.

La Fundación nació en 1993 con la misión de generar educación y trabajo dentro de los penales de la localidad de Florencio Varela. El objetivo era cambiar el paradigma de la "cárcel como universidad del delito".

Para ello, en 1998 se creó el programa "Segunda oportunidad", a través del cual se capacita a los presos en las nuevas tecnologías, con el fin de que puedan tener en el futuro una posible salida laboral. Además, estos conocimientos son aprovechados por la Fundación: "Nosotros recibimos computadoras en desuso que las empresas nos donan y las llevamos a las cárceles de Varela. Allá, los presos las arreglan y, una vez que están reparadas, nosotros las repartimos entre quienes más las necesitan", explicó Adriana von Kaull, presidenta de la institución.

Y en este caso, aquellos que necesitan las computadoras son los niños de bajos recursos económicos que son dados de alta en el Hospital Garrahan. Mientas están internados, estos chicos asisten a la escuela hospitalaria, en donde tienen la oportunidad de ponerse en contacto con las nuevas tecnologías. "Cuando se iban a sus casas, los chicos me pedían una computadora para poder seguir trabajando en lo que habían aprendido. Yo no se las podía dar y, por eso, sentía que los desnudaba: les mostraba todo lo que podían hacer con las computadoras pero después, se las sacaba", confesó Ana María Muller, coordinadora del Area de Tecnología en el Garrahan.

Pero Muller no se olvidó nunca de los pedidos que los chicos le hacían y decidió guardar todos esos deseos en lo que ella llamó un "Banco de sueños". Algún día, se decía, podría hacerlos realidad. No se equivocó. www.mariadelascarceles.org.ar/suenios.html

Unidos en la necesidad

En el 2008, cuando la Fundación La Nación celebró la entrega del los Premios Comunidad ( www.fdln.org.ar/premio ), Adriana von Kaull y Ana María Muller se conocieron. Cuando cada una se enteró del trabajo de la otra, decidieron ponerse a trabajar juntas para poder seguir cumpliendo sueños.

Y recién ayer, en la unidad 32 de la cárcel de Florencio Varela, vieron cumplirse el deseo de los chicos y, junto al de ellos, el propio. La presidenta de la asociación civil María de las cárceles hizo entrega de las primeras computadoras que se donaron a dos ex pacientes del Garrahan: Isaías y Guillermo.

Si bien los chicos no pudieron concurrir porque todavía su salud es frágil, estuvieron presentes en el acto, Liliana Taux, maestra domiciliaria de Isaías y Norma Mei, la madre de Guillermo. "Esta es una tarde especial porque Isaías es un chico especial. La computadora no le va a resolver todos sus problemas pero si va a mejorarle la calidad de vida", sostuvo Liliana Taux, emocionada.

Y su emoción era compartida por todos los presentes, entre ellos, los presos que participaron del taller. "Estas historias te tocan el corazón", reconoció Mario Pastrocola, quien trabaja en la cárcel reparando monitores. Antes de caer preso, era técnico de televisores y hoy utiliza sus conocimientos para colaborar con el proyecto de la Fundación.

Los presos se paran respetuosos en un rincón. Miran, atentos y orgullosos, lo que ellos también han logrado. "Esto es muy bueno porque te sentís útil", sostuvo Matías Núnez. Él tiene 30 años y sus últimos diez, los pasó tras las rejas. "Gracias al trabajo pude mejorar mi vocabulario y me di cuenta de que esto es lo que me gusta hacer. Cuando salga quisiera trabajar en María de las cárceles", alegó.

Estando encerrados diez años o más, una vez que los internos recuperan su libertad los conocimientos que tenían resultan obsoletos. Además, sus antecedentes, sumados a la falta de experiencia, los llevan a quedar fuera del sistema. Por eso, este programa también significa para ellos la posibilidad de una mejor calidad de vida.

"El proyecto nos da la posibilidad de aprender computación, que hoy es algo básico. Además, de ayudar nos permite demostrar que de acá también pueden salir cosas buenas", agregó Núñez con una mirada esperanzadora. Después de todo, "Banco de sueños" parece no tener grietas: es, para todos, una oportunidad de crecimiento.

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