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Invertir en infraestructura para salvar la economía global

De la crisis a un mundo sustentable

Opinión

Jeffrey D. Sachs
Para LA NACION

NUEVA YORK.- La crisis económica global nos acompañará durante una generación, y no sólo durante un par de años, porque en realidad es una transición hacia la sustentabilidad. La escasez de materias primas y el daño ocasionado por el cambio climático en los últimos años contribuyó a la desestabilización de la economía mundial, que dio origen a la crisis actual. El aumento del precio de los alimentos y del petróleo y las catástrofes naturales de envergadura desempeñaron un papel importante en el debilitamiento de los mercados financieros, de la capacidad de comprar viviendas e, incluso, de la estabilidad política.

Si se lo considera desde este punto de vista, una política esencial que deberían adoptar tanto los países desarrollados como los países en desarrollo es la de construir infraestructura adecuada para el siglo XXI. Esto incluye una red de tendido eléctrico eficiente y alimentada con energía renovable; redes inalámbricas y de fibra óptica para telefonía e Internet de banda ancha; sistemas de agua, irrigación y desagüe y alcantarillado que usen de manera eficiente y reciclen el agua potable; sistemas públicos de tránsito urbano e interurbano; autopistas más seguras, y redes de áreas naturales protegidas que conserven la biodiversidad y el hábitat de las especies amenazadas.

Estas inversiones son necesarias a corto plazo para compensar la disminución de los gastos de consumo mundial que subyace a la recesión global. Más importante aún, son necesarias a largo plazo, porque un mundo atestado de 6800 millones de personas (y en aumento) simplemente no puede sostener el crecimiento económico si no adopta tecnologías sustentables, que economicen los recursos naturales escasos.

En la práctica, la crisis mundial significa que las inversiones sustentables se reducen en vez de ampliarse en el mundo en desarrollo. Como el acceso a los préstamos de los bancos internacionales, los bonos circulantes y la inversión extranjera directa se pierde, los proyectos de infraestructura planificados en el pasado quedan archivados, y amenazan así la estabilidad política y económica de docenas de países en desarrollo.

De hecho, en todas partes del mundo hay un enorme atraso de vitales inversiones en infraestructura. Ha llegado la hora de que se realice un esfuerzo global concertado para poner al día esos proyectos. Eso no es algo fácil de hacer. Casi todas las inversiones en infraestructura requieren que el liderazgo del sector público forje sociedades con el sector privado. Típicamente, el sector público debe hacer acuerdos contractuales con empresas privadas, no sólo para construir infraestructura, sino también para manejarla como un monopolio regulado o para concesionarlas.

Los gobiernos, generalmente, carecen de la capacidad técnica necesaria para diseñar esos proyectos, lo que da lugar así a la posibilidad de favoritismo y corrupción al otorgar los contratos de mayor envergadura. Suele ocurrir que se lancen tales acusaciones contra un gobierno, incluso, cuando son falsas, aunque con frecuencia son ciertas.

No obstante, el atraso de esos proyectos está ahora haciendo estragos en la economía mundial. Las principales ciudades del mundo sufren embotellamientos del tránsito y polución. La atmósfera se está llenando de gases de efecto invernadero debido al gran consumo de combustibles fósiles. La escasez de agua está aquejando a casi todos los centros económicos importantes, desde América del Norte hasta Europa, Africa, la India y China.

De este modo, los gobiernos deberían fortalecer sus secretarías de infraestructura (incluidas las de energía, vialidad, agua y servicios sanitarios, y tecnología de comunicaciones e información), así como sus bancos nacionales de desarrollo para poder cimentar proyectos y programas de infraestructura. La capacidad para compensar la crisis de una manera constructiva, por medio de la expansión de sociedades entre el sector público y el privado, determinará el éxito subsiguiente de países y regiones. Resulta interesante señalar que Estados Unidos está a punto de crear, por primera vez en su historia, un Banco Nacional de Infraestructura.

Sin embargo, los asesores económicos estadounidenses y europeos creen generalmente que un estímulo breve y poderoso será suficiente para recuperar el crecimiento económico. Eso es erróneo. Lo que hará falta es una revisión y puesta a punto de la economía mundial para encaminarla hacia la sustentabilidad.

Más aún, los políticos del mundo rico creen que pueden seguir desatendiendo al mundo en desarrollo, o abandonándolo a su propio destino en los mercados mundiales. Pero ésa es también una perfecta receta para el fracaso global, e incluso para futuros conflictos. Los países desarrollados tendrán que hacer mucho más para ayudar a los países pobres durante la transición hacia la sustentabilidad. Mientras que la mayoría de las legislaciones de "estímulo" hasta el momento han sido de corto plazo y destinadas al ámbito nacional, una mayor financiación para infraestructura sustentable en los países pobres proporcionaría un poderoso impulso a las economías más ricas del mundo.

Los países desarrollados deberían acceder a destinar fondos considerables a los países en desarrollo para financiar el incremento de inversiones sustentables. Esto podría hacerse directamente sobre una base bilateral, por ejemplo, por medio de préstamos a largo plazo de las agencias exportadoras crediticias de los países desarrollados. También puede hacerse multilateralmente, al aumentar la cantidad de inversiones para infraestructura del Banco Mundial y de los bancos regionales de desarrollo (incluidos el Banco Interamericano de Desarrollo, el Banco de Inversión Europeo, el Banco Africano de Desarrollo y el Banco Asiático de Desarrollo). Deberían emplearse ambas vías.

Los países desarrollados tampoco reconocen que sin una financiación mucho mayor de infraestructura sustentable en el mundo en desarrollo -especialmente de generación y transmisión de energía sustentable- un acuerdo global sobre el cambio climático será imposible de lograr en este año (o en cualquier fecha próxima). El mundo rico espera que, de alguna manera, los países pobres restrinjan el empleo de combustibles fósiles sin ninguna ayuda significativa que les permita financiar nuevas fuentes de energía sustentable. En casi todas las propuestas planteadas por los países pobres en el campo de objetivos, límites, compromisos y permisos referidos a los gases de efecto invernadero, no hay una palabra que insinúe la posibilidad de ayudar a los países pobres a financiar la transición hacia tecnologías sustentables.

La cumbre del G-20, que se realizará en Londres el 2 de abril, ofrece una esperanza de concretar un verdadero esfuerzo mundial para reparar la claudicante economía global. Ese es el momento y el lugar para lanzar el impulso mundial hacia la sustentabilidad. Si no enfrentamos ese desafío, la crisis pondrá en peligro el mundo durante muchos años por venir. .

© Project Syndicate y LA NACION (Traducción: Mirta Rosenberg) El autor es economista. Dirige el Instituto de la Tierra, en la Universidad de Columbia, EE.UU.
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