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Gestos y caricaturas

Opinión

Carlos Escudé
Para LA NACION

Pocos antihéroes representan tan fielmente nuestro cúmulo de grandezas y miserias como Cyrano de Bergerac, el de la nariz superlativa y penacho desesperado. La conmovedora escena en que, presa de intensa frustración, lanza al público su saquillo de doblones, que era toda su fortuna, merece recordarse al conmemorar nuestra guerra de Malvinas. Con alarma e indignación, su amigo Le Bret exclama que su arrebato es demencial, y Cyrano asiente con pasión: "Sí. ¡Pero qué gesto!"

La cita viene al caso por partida doble. El arcón de los recuerdos de un investigador añoso a veces alberga sorpresas documentales. En este caso, se trata de la fotocopia de una carta fechada el 18 de marzo de 1942, con la firma autógrafa del legendario jefe del FBI, J. Edgar Hoover. Está dirigida al coronel William J. Donovan, coordinador de información del Departamento de Estado, y dice:

"Quizá sea de su interés saber que, según información de una fuente confidencial no confirmada por la investigación, a principios de febrero de 1942 el presidente provisional de Argentina, (Ramón) Castillo, convocó a una reunión especial de su Gabinete después de enterarse de que la flota de su país (.) se preparaba para una larga travesía. En la ocasión Castillo habría preguntado al (ministro de Marina) almirante (León) Scasso por qué el gobierno no había sido informado de estos preparativos, y por qué eran necesarios. Este respondió que la situación internacional los justificaba. Cuestionado más a fondo por el ministro de Guerra, general (Juan) Tonazzi, el almirante supuestamente respondió que, bajo su propia responsabilidad, había preparado una expedición para tomar las islas Malvinas, cuya posesión la Argentina disputa a Gran Bretaña. Los miembros del Gabinete parecieron asombrados frente a la audacia de Scasso y sugirieron que, aunque pudiera tomar las islas, la armada británica pronto hundiría la flota argentina. Scasso supuestamente contestó: «Puede ser, pero pasaríamos a la historia»"

Quizá de escasas luces, nuestro almirante y su patología romántica representan actitudes muy nuestras, tanto en el sentido de patria grande como de patria chica. Suerte de Cyrano criollo, la anécdota que protagonizó nos trae a la memoria los versos de Darío que afirman, entusiastas, que el personaje de Rostand "traspasa de un salto el Pirineo" y que, "al pronunciar el nombre del Quijote, se quita Bergerac el sombrero".

En verdad, su nariz y su penacho no están en tierra extraña ni en la Mancha ni en Buenos Aires. Las supuestas palabras de Scasso son prueba de ello, como también lo fueron el culto plumaje de Nicanor Costa Méndez, el etílico copete del infortunado Leopoldo Galtieri y los anónimos penachos de los chicos sacrificados en aquella extraña guerra.

Pero la cultura cívica que posibilitó aquel suicidio argentino no tuvo su origen solamente en la benigna raíz francohispana de Cervantes y Rostand, sino que fue potenciada por la "educación patriótica" instalada en 1908 por José María Ramos Mejía, desde el Consejo Nacional de Educación. Ésta, a su vez, estuvo influida por la mucho menos benigna tradición prusiana. Por cierto, en el episodio de 1942 y en el desenlace bélico de 1982 reverberan consignas pedagógicas como la enunciada por Enrique de Vedia en 1910, típica de aquel Centenario triunfante: "Formemos (...) con cada niño de edad escolar un idólatra frenético por la República Argentina (.). Lleguemos en este camino a todos los excesos, sin temores ni pusilanimidades." Aunque la metodología que inspiró a aquellos prohombres era positivista, sus objetivos espirituales eran más afines a Wagner que a Comte.

Ideas de este cuño atravesaron todos los gobiernos subsiguientes. Con variantes diversas, se convirtieron en políticas de Estado que se plasmaron en una fogosa mentalidad romántica en todo lo concerniente a la patria (pero en extremo utilitaria en el ámbito de los negocios privados). El fenómeno se autoalimentó generación tras generación. Hacia 1937, por ejemplo, se difundía la doctrina de José A. Quirno Costa, influyente vocal del Consejo. Su lema era: "La escuela argentina para la vida exaltando el sentimiento".

A medida que nos aproximamos a los años en que se formaron hombres como Galtieri y Costa Méndez, nos encontramos con nuevos maestros que ensayaban novedosas y más siniestras variantes de las ya viejas ideas. Tómense por caso las enseñanzas de José C. Astolfi, un discípulo de Quirno Costa, de enorme impacto en generaciones enteras de estudiantes, incluso la mía. En una conferencia de 1940 exhortaba: "Mística, del griego mystis, es el reconocimiento de la limitación humana para resolver el Misterio (...). La mística de la enseñanza se conjuga con la mística del nacionalismo, sentimiento que no es nuevo ni exótico entre nosotros (.). Esta mística del nacionalismo debe encenderse en la escuela. Somos un país de aluvión (.). Pese a la admirable fuerza de asimilación de nuestro medio, ciertos núcleos extranjeros se resisten a disolverse en la masa común. Semejante oposición engendra un innegable peligro: se ha creado una nueva técnica de conquista. (.)Dios quiera que nunca el ejército se vea en la necesidad de defender nuestro suelo mediante una campaña militar, pero el magisterio debe desde ya ocupar su lugar para luchar contra esa otra campaña preparatoria, porque a él le incumbe primordialmente esa tarea."

Como muchos argentinos, Scasso se había embebido de esa mística xenófoba y paranoica. Fue salvado del bochorno por camaradas más prudentes que impidieron que su proyecto malvinero llegara a dañarnos. Pero no se salvó de una mancha más infamante. Era nazi, o casi.

Por cierto, sus tratos con personeros del Eje durante la guerra mundial están bien documentados. Y cinco años antes de que amagara la invasión de las Malvinas, había comandado la visita a Alemania de los acorazados Moreno y Rivadavia. Desde el puerto de Wilhelmshaven el almirante fue llevado a Berlín en un avión de la Luftwaffe. Allí se entrevistó durante media hora con Hitler. Luego, en una de las recepciones oficiales con que fue agasajado, brindó por "el Führer, cuya figura prestigiosa es la expresión exacta de las grandes cualidades de su raza". Y en otro agasajo discurseó: "Nunca será la Argentina un enemigo de Alemania, (.) no sólo (por) nuestra comunidad de ideales e intereses, sino también (por las) afinidades de temperamento entre nuestros pueblos". Cerró brindando "por la grandeza y prosperidad de Alemania (y) por el ilustre hombre de Estado que hoy rige sus destinos, el excelentísimo Führer y Canciller del Reich" (Archivo DEHN, informe Scasso, doc.7, citado por Histamar).

No sorprende entonces que Hoover tuviera en la mira a Scasso. Y tampoco asombran otros datos provenientes de mi arcón de residuos documentales. Por ejemplo, un segundo escrito del jefe del FBI, también de 1942 y dirigido al mismo interlocutor, que informa sobre un presunto plan japonés para tomar las Malvinas con apoyo militar argentino. En este caso, se trata de un memorando que parece signado por una extraña cábala: está fechado el 2 de abril.

Con estos antecedentes casi podemos sentir alivio de que, finalmente, quien se lanzara al infausto gesto fuera Galtieri. Cumplió con el sueño de su predecesor y pasó a la historia como un Cyrano patético, sin el penacho redentor del antihéroe de Rostand. Por suerte, el peligroso Scasso no llegó tan lejos. Quedó empantanado en una historieta. .

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