Si usted es una persona con dificultades visuales, navegue el sitio desde aquí

"La adolescencia es poderosa"

En la escritura o detrás de la cámara, la directora de XXY explora personajes ambiguos y en estado de búsqueda. En esta entrevista, habla de El niño pez, la película basada en una novela suya que se acaba de estrenar

Sábado 11 de abril de 2009

Por Martín Lojo De la Redacción de LA NACION

Road movie exasperada y sombría, El niño pez , segundo largometraje de la escritora y cineasta Lucía Puenzo, acumula con desenfado relatos que bastarían para filmar media docena de películas. Muchos de ellos brotan de la historia de amor entre Lala Brönte (Inés Efrón), una joven de clase media alta, y la Guayi (Mariela Vitale), su empleada doméstica paraguaya: el asesinato de un juez, un parricidio, un incesto, el abuso de menores en un orfanato, las confesiones de un actor de telenovelas -encarnado por un sorprendente Arnaldo André-, una huida hacia el Paraguay y la leyenda de un niño que vive bajo el agua en el lago Ypoá.

Ocurre que el film, que acaba de estrenarse en Buenos Aires luego de ser recibido con aplausos en la sección Panorama del Festival de Berlín, no tiene como origen la economía utilitaria de un guión sino la libertad narrativa de la literatura: El niño pez es una adaptación de la novela que Puenzo escribió a los 23 años -su debut en el género- y que ahora reedita Beatriz Viterbo. La obra, además, ha sido publicada en Alemania, Italia, Francia, Inglaterra Estados Unidos y Brasil.

Con el mismo vértigo de ese relato, Puenzo se entusiasma y habla sin pausa cuando comenta a ADNcultura por qué decidió adaptar para el cine su novela. "Recordé que cuando la escribía tenía la sensación de que ahí podía haber una posible película, sin imaginar que yo iba a dirigirla nueve años más tarde. Lo decidí mientras editaba XXY y buscaba otro proyecto. La tomé como un experimento para comprobar si realmente podría ser una película. La primera dificultad que encontré fue la del narrador. La novela está narrada por un perro que tamiza la historia con un tono muy particular, humorístico y cínico. No podía mantenerlo porque la única posibilidad que me dejaba era plantar la cámara en ese punto de vista. Cuando lo dejé de lado noté que la historia se transformaba en un relato de cruce de géneros, como el policial y el melodrama, que se sucedían de manera muy sorpresiva."

-No solo El niño pez , sino también "Cinismo", el relato de Sergio Bizzio en el que está basado tu primer film, XXY , tienen esa distancia humorística muy exacerbada, y sin embargo resultan películas de tono serio. ¿Por qué tomaste esa decisión estética?

-Es muy difícil de explicar, porque no es consciente. Cuando me siento a escribir un cuento, una novela, una película, no tengo propósitos tan claros, ni siquiera el tema, que se me impone cuando terminé una primera escritura y me detengo a descubrirlo. Con El niño pez seguí forzando el humor, pero me daba cuenta de que la adaptación al cine pedía otro tono. Cuando lo reconocí y tomé ese tono, la historia empezó a encontrar su unidad. Esto no deja de sorprenderme. Todas mis novelas están cargadas de humor, y sin embargo en mis dos primeras películas surgió ese tono particular. De todos modos, el salto de registros me divierte. Cuando escribía XXY también estaba escribiendo La maldición de Jacinta Pichimahuida , y alternaba un par de escenas de la película y media página de la novela por día. Necesitaba ese contrapunto. Había días en que me volcaba sólo a un proyecto y no funcionaba bien ninguno de los dos. Hay un balance entre el drama y el humor que me gusta lograr a la hora del trabajo diario.

- El niño pez es sobre todo una historia de amor entre dos chicas de clases sociales distintas. ¿Qué te interesaba contar de esa relación?

-Me despierta curiosidad esa colisión de dos mundos que se produce muchas veces con las empleadas domésticas que viven muchos años en casas de familia de clase media alta. Se arman vínculos de mucha intimidad entre gente que no se relacionaría si no fuera por ese contrato laboral previo. En Lala, entonces, encontré un personaje que no tiene ninguna relación con su propio mundo, ni tiene amigos, ni está conectada con su universo social, pero se fascina con el mundo de la Guayi y vive prendida de él.

-¿Hay también una fascinación tuya con el Paraguay y el mundo de donde viene la Guayi?

-El guaraní es un idioma que me intriga tremendamente, la musicalidad que tiene. Recuerdo caminar de chica por las calles de Buenos Aires, escuchar el guaraní y no entender una palabra. También me interesan sus mitos. Más que leer literatura juvenil, yo leía mitos y leyendas. En esos relatos, en los sueños y en los documentales de animales encontraba las historias más poderosas. Por ejemplo, recuerdo haber visto un documental en el que le metían una cámara en el estómago a un tiburón hembra para mostrar cómo las crías se comen unas a otras en el vientre. Nace sólo el más fuerte, herido por las mordidas de sus hermanos. En una historia así hay una estructura dramática, personajes, todos los elementos necesarios. Pero la construcción de los mitos siempre me fascinó. Qué hace que un pueblo, una ciudad o una familia invente una leyenda, muchas veces para asimilar un hecho muy oscuro que, de ese modo, encuentra su contracara luminosa. La leyenda del niño pez es un invento de un diario amarillista paraguayo que compraba habitualmente en Constitución. Decía "Hallaron vivo al niño pez", con una foto de un nene con gelatina en los ojos y cartulina entre los dedos, como membranas. Guardé esa noticia y un tiempo después empecé a reescribirla, haciendo el ejercicio de pensar, desde la leyenda ya construida, cuál era su origen. Así llegué al personaje de la Guayi, que tanto en la novela como en la película es el más complejo y más rico de todos, con más secretos y matices. En la casa de los Brönte, la Guayi domina la familia, ella es la titiritera que mueve los hilos, pero no como un personaje inescrupuloso, sino cargado de amor y de conflicto. Hace de su sexualidad y de su cuerpo abusado un arma. Sabe cómo defenderse con sus armas más poderosas. Montada alrededor de la leyenda y de la Guayi surgió toda la historia.

-En El niño pez , Lala atraviesa un proceso de masculinización y de destrucción de su vida cotidiana, XXY trata sobre un personaje pseudohermafrodita, en La maldición... el protagonista está dividido entre su personalidad real y el personaje que interpretó para la televisión. ¿Qué aspecto te interesa de esas identidades inestables e indefinidas?

-La adolescencia es uno de los momentos más poderosos de la vida, una etapa en la que la persona se gesta. El adolescente cree no saber nada, pero en realidad intuye mucho más de lo que llegó a descubrir hasta el momento de sí mismo. Veo a los adolescentes y tengo la sensación de que en el fondo saben quiénes van a ser cuando maduren, sólo que no lo descubrieron todavía. En esa supuesta ambigüedad hay una apertura que muchas veces los adultos van perdiendo. No creo que esos personajes, por tener esa supuesta confusión, estén perdidos o sin un rumbo. Aunque no de manera consciente, vuelvo una y otra vez sobre esa edad. También en la novela que escribo ahora. Encuentro muchos elementos interesantes en esa etapa de búsqueda.

-En tus obras esa ambigüedad no se resuelve, se sostiene la indefinición en ese punto intermedio.

-Sí. Como lectora y espectadora me molestan los finales que bajan mucha línea, que son muy conclusivos y no dejan espacio para que vos imagines nada. En consecuencia, yo escribo finales un poco más abiertos. Me molestan mucho la literatura y el cine que son demasiado explícitos, que no confían en el público y le subrayan constantemente todo. Muchas veces en este rodaje teníamos temor de que ciertas cosas fueran muy herméticas, pero prefería correr ese riesgo que subrayar en exceso.

-¿Qué elementos distintos te aportan el cine y la literatura en tu trabajo creativo?

-Todas las artes tienen sus leyes, sus limitaciones y ventajas. En cuanto al cine, sobre todo en la Argentina, hay limitaciones. Uno está todo el tiempo diciendo: "esta escena la tengo que sacar", "si pienso en seis perros tengo que tener tres". No es un tema menor; después de esta película, en la que hubo mucha mesura de parte de todos para poder filmar, estoy metida en una novela que en el cine sería una superproducción. En la literatura no hay límite. Pero implica un trabajo en soledad y quietud durante meses. Después de eso volver al cine te enfrenta con el trabajo en equipo, con la posibilidad de compartir con otros lo que hacés. Escuchar otras voces y ver otras caras es muy oxigenante. En mi caso, tiendo a escaparme del cine literario, aunque las películas partan de la literatura. Hago mucho esfuerzo por despojar esos relatos literarios originales, deshuesarlos hasta que quede un andamiaje sobre el que pueda construir una nueva estructura dramática.

-¿Ya estás trabajando en otra novela?

-Sí, se llama La furia de la langosta . Es la historia de uno de nuestros "prófugos millonarios", los que han quebrado bancos y licuado empresas. Está narrada desde los ojos de todos los que lo rodean, sus hijos, las mucamas, sus guardaespaldas. Algunos de ellos sienten adoración por él, y un día se dan cuenta de que era un ser muy monstruoso. Está contada en clave de humor, un tono similar al de El niño pez o La maldición... Un humor muy oscuro.

© LA NACION

Te puede interesar