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La música de la desgracia ajena

Hernán Casciari Para LA NACION

Domingo 12 de abril de 2009
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BARCELONA Hay un segmento en el canal EuroNews en el que ofrecen diversas noticias del mundo con imágenes y audio originales, sin locutores ni entrevistas. Es un experimento informativo estremecedor que nos acerca a las realidades del mundo desde lo sensorial. Durante veinte minutos, sin que nadie explique los hechos, este informativo mudo nos presenta los sonidos de una guerra, de un juicio, de un festejo deportivo multitudinario, de una manifestación, de un atentado, de una boda real, de un desastre. Únicamente el sonido ambiente y las imágenes rigurosas, sin edición ni juicio. Esta semana el centro de Italia apareció muchas veces retratado de esa forma.

Casas y edificios en ruinas, escombros y sirenas de ambulancia. Gritos superpuestos de bomberos, chicos, voluntarios y enfermeras. Ladridos de perros, un abrazo entre dos hombres, una mujer alzando una fotografía, alguien a lo lejos gritando un nombre de pila, dos, tres veces. Timbres de celulares, camionetas. Pedidos de silencio y otra vez gritos. Llantos a lo lejos, lamentos apagados. Insultos y grúas. Chirridos y rosarios a cuatro voces.

Si cerrabas los ojos y atendías al volumen del televisor, comenzaba a pasar algo increíble: la mezcla de las palabras, de los gritos, de los llamados y los lamentos se convertían en una barahúnda difusa. Se perdía el sentido del idioma, sólo quedaba su gestualidad y su entonación, y entonces ya no eran decenas de italianos los dolientes, sino decenas de argentinos. Sonamos idénticos. No es parecido ni semejante: en el fragor, es igual. La manera de llorar de esas mujeres, el modo de alzar la vista al cielo pidiendo explicaciones, los gritos de los hombres sanos que levantan ladrillos a contrarreloj, la musicalidad de la desesperación es la nuestra. Es la nuestra en el murmullo de cada detalle.

Cada pueblo tiene una música del dolor, y el ritmo es el llanto de sus mujeres. Por ejemplo: en Oriente Medio, la mujer se arrodilla y se golpea el pecho, las palmas abiertas, después abofetea el ataúd. Es un ritmo. Nosotros no somos así. Podemos comprender ese dolor, pero no es nuestro. Los nórdicos, en cambio, dejan los ojos fríos en la nada. Los ingleses mastican su desesperanza, pero no la escupen. Recordemos a los hijos de la princesa Diana (William y Harry), muy niños aún, rojos de angustia pero sin llanto, recibiendo el cajón que guardaba a su madre. Tampoco somos así. Ni japoneses. Ni mexicanos.

Nosotros asumimos la desgracia con el sonido que esta semana se alza en el centro de Italia. Lloramos de ese modo, gritamos con la misma aspereza, y así, como ellos, levantamos las manos y ponemos los dedos, juntas las yemas, apretadas, para preguntar por qué. Somos dos gotas de agua hirviendo. Por más esfuerzo que le pongamos a la compasión, al dolor por la desgracia ajena, cuanto más nos parecemos al que está sufriendo, cuanto menos desiguales somos, nos duele más. No es que el dolor sea racista. No tiene nada que ver con la xenofobia. Es la sangre, que tiembla en el epicentro de lo que somos.

© LA NACION

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