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Sobre los exploradores del futuro

Mori Ponsowy Para LA NACION

Domingo 12 de abril de 2009
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Las mujeres estaban vestidas de largo y los varones de smoking. El menú incluía una infusión de cucarachas silbantes de Madagascar, tarántulas glaceadas a la miel, bruschettas de escorpión, carne de cocodrilo grillada y canapés de lombrices y larvas. Mientras los invitados saboreaban estas exquisiteces, un grupo de músicos tocaba una pieza de Mozart y un monito vestido con pañal saltaba de hombro en hombro robando canapés. También hubo un canguro que golpeó a un invitado en el baño y un gran búho que permaneció posado sobre el brazo de su dueño toda la noche. Quizá el ave no se sintiera demasiado a sus anchas en los salones del Waldorf Astoria de Nueva York.

Todo esto ocurrió hace un par de sábados con motivo de la Cena Anual del "Explorers Club", una sociedad fundada en 1904 y dedicada a promover la investigación científica de la tierra, el mar y el aire. La primera persona en llegar al Polo Norte, la primera en ascender a la cima del Monte Everest y la primera en la superficie lunar fueron intrépidos miembros de este Club.

Esa noche, el orador principal fue el entomólogo Edward Wilson. Este profesor de Harvard empezó narrando anécdotas de sus viajes por las montañas inexploradas de Sarawak y Borneo. El punto central de su discurso, sin embargo, no tuvo tanto que ver con lo anecdótico, sino con el futuro de la exploración. Wilson dijo que al final de este siglo no quedará un solo centímetro de la superficie del planeta sin explorar. Toda la geografía terrestre, todos los rincones exóticos con los que los exploradores soñaron durante siglos habrán sido recorridos por el hombre. ¿Significará eso el fin de toda exploración? No, según Wilson.

En opinión del científico, los exploradores del futuro se dedicarán a conocer lo muy pequeño. Aquello que habita y late bajo nuestros pies sin que hasta ahora le hayamos prestado demasiada atención. Estudiarán el millón de especies diferentes de lombrices de tierra, o las miles y miles de bacterias y sus potenciales usos como generadores de energía limpia o como devoradores de residuos.

Probablemente, lograr un mapa cabal de toda la superficie terrestre ha resultado más sencillo de lo que será trazar uno sobre lo infinitamente pequeño. Al fin y al cabo, ¿cuánto nos conocemos a nosotros mismos? Wilson mismo mencionó que en la cavidad bucal de cualquier persona o en un zapato usado habitan más bacterias que en toda una selva tropical. También nuestro cerebro es hasta ahora un universo mayormente inexplorado.

Tal vez dentro de uno o dos siglos, para la Cena Anual del Club de Exploradores, sus miembros ya no lleven búhos y canguros, sino que asistan solos. Tal vez entonces hayan empezado a sospechar que las mascotas más exóticas son nuestras propias neuronas. Ese descomunal territorio virgen frente al que los desiertos, los polos y la luna no son más que simples cabecitas de alfiler.

© LA NACION

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