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A bordo del Transiberiano

Domingo 12 de abril de 2009

A Dios le tomó siete días crear el mundo y a mí me llevó el mismo tiempo convertirme en ruso.

Ese fue el resultado de mi viaje en el famoso Transiberiano, que con sus 9289 km de recorrido es la red ferroviaria más extensa del mundo, conectando Rusia occidental con la parte oriental, China y Mongolia. Se trató sin duda de un viaje que me conectó con un increíble escenario de bosques de coníferas, alerces, pinos y lagos congelados, pero también con lo más profundo de la cultura euroasiática.

Durante una semana tuve que convivir con más de 50 jóvenes del ejército ruso, donde expresiones como privyet, kak de la, kak vas za vut -hola, cómo estás, cómo te llamás- son parte del lenguaje cotidiano. La gente se interesa por otras nacionalidades y por eso es fundamental adquirir un conocimiento básico del idioma.

Se viven largas jornadas compartiendo vodka; jugando a los dados; comiendo noodles -fideos chinos de arroz o trigo-, pan, puré instantáneo, frutas y todo lo que ofrecen los vendedores ambulantes que recorren el tren, o bien que se encuentran en las estaciones.

Mi aventura partió de Pekín y fue hasta Irkutsk, una de las ciudades más importantes de Liberia, hoy utilizada como base turística para visitar el famoso lago Baikal. De aquí se obtiene el 20 por ciento de agua dulce del planeta. Una vez recorrida Irkutsk, me dirigí a Moscú y finalmente a San Petersburgo.

Una de las grandes experiencias de mi travesía fue observar cómo la gente de un vagón entero se ponía de pie y cantaba el himno ruso, bajo los efectos del bien conocido vodka. Mi adaptación a la cultura local fue tal que mi dieta cotidiana consistía en el menú del ex ejército soviético: carne y cerdo enlatados, un sobre de chocolate y una galletitas.

Los días en el transiberiano no sólo me hicieron cruzar un continente, sino que también me llevaron a un viaje al centro de una de las culturas más relevantes de la historia de los últimos siglos.

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