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Prohibido insultar

Mori Ponsowy Para LA NACION

Viernes 17 de abril de 2009

Cuenta mi madre que una tía abuela mía, paqueta pero venida a menos, se subía al colectivo y criticaba en voz alta a cualquier pasajero que oliera mal. "No aguanto esta chusma", decía sin remilgos. "¿Cuándo aprenderán que se tienen que bañar?" Corría la década del cincuenta y mi madre, que entraba en la adolescencia, se moría de vergüenza al ser vista al lado de esa tía, tan original en su casa cuando pelaba las uvas con tenedor y cuchillo, pero tan insensible en las calles cada vez que la libertad ajena ofendía su particular criterio del buen gusto.

Además de "chusma", otra expresión favorita de la tía era "yegua". La usaba para aludir a cualquier mujer provocativa y de medidas exageradas, pero también para referirse a otras mujeres, incluso de su familia, siempre y cuando ella las considerara despreciables por algún motivo.

Aunque esa tía abuela murió hace cuarenta años, desde hace un tiempo su espíritu anda de lo más vital dando vueltas por el país, despachándose a diestro y siniestro contra la Presidenta. Lo he leído en insultos irrepetibles, plasmados en algunos blogs y, con frecuencia, lo descubro vituperando en las mesas vecinas de algún bar. Sé, incluso, que uno de los lugares donde el fantasma de la tía se encuentra de lo más a gusto es en la sala de prensa de la Casa Rosada: un periodista amigo que va allí con frecuencia me contó que desde el inicio de nuestra democracia nunca había escuchado en boca de colegas adjetivos tan denigrantes hacia un presidente. Tanto es así que, según él, la palabra "yegua" resulta una caricia, comparada con otras que ahí se oyen.

¿De dónde nace esta tendencia a adjetivar con tanta virulencia a la Presidenta? ¿Por qué a ella más que a otros jefes de Estado cuyas imágenes también fueron debilitándose a medida que avanzaban sus mandatos? ¿Será, simplemente, que ella misma lo provoca con su estilo autoritario y de confrontación? Sin embargo, su marido tuvo un estilo similar y no se lo insultó tanto. ¿Será porque la situación del país deja mucho que desear? Pero peor estuvimos con De la Rúa y no se oían semejantes improperios. ¿Será, entonces, porque es mujer? ¿Quién sabe? Hace poco estuve en Chile, donde la popularidad de Michelle Bachelet también ha decaído considerablemente, pero no percibí el mismo encono.

Un insulto es una expresión que busca degradar, humillar y ofender a aquel hacia quien apunta la vulgaridad del mensaje. En inglés, insult , además de significar "insulto", es una palabra que también se usa en medicina para referirse al traumatismo que provoca una herida.

Esto arroja nueva luz sobre el significado del término: un insulto sería una palabra cuya finalidad es herir, si no el cuerpo, al menos la psique de quien lo recibe. Si esto es cierto, tal vez podría decirse que el fantasma de mi tía busca herir, dejar una marca -algo semejante a un mordisco, quizá- en el ánimo de la Presidenta.

Aún más elocuente es la raíz latina de la palabra: insultare significaba originalmente "saltar sobre" o "abalanzarse". Me pregunto, entonces, si acaso las personas que insultan a la jefa de Estado en el fondo desearían abalanzarse sobre ella, como una jauría de perros furiosos. ¿Estaré exagerando? ¿Mi tía abuela querría eso? No estoy segura, pero, a estas alturas, algo hace que no me sienta demasiado orgullosa de mi estirpe.

Desde el punto de vista formal, los insultos suelen ser falacias: argumentos equivocados. Se intenta ganar una discusión apelando a las emociones del receptor o de la audiencia, más que mediante un razonamiento válido. En lugar de enhebrar argumentos sólidos, en vez de apoyarnos en la evidencia o en los hechos, dejamos de lado la razón y nos refugiamos en las emociones.

En lógica, cada una de estas falacias tiene su nombre propio: argumentum ad odium , ignoratio elenchi , argumentum ad personam son sólo algunos.

Una de las falacias más estudiadas y que suelen enseñarse en casi todos los cursos de lógica elemental es la falacia ad hominem . Esta forma errónea de razonar consiste en responder a un argumento atacando a la persona que lo hace en lugar de proporcionar evidencia en contra del argumento en cuestión.

Si bien desde el punto de vista estrictamente formal este modo de argumentar es del todo inválido, en retórica es una herramienta que se usa con frecuencia para abandonar el terreno de la razón y pasar al de emociones que, como emociones que son, todo lo nublan y todo lo confunden. En el fondo, lo que se logra con esta falacia es desviar la atención de lo sustancial y cambiar de tema.

Constato con tristeza que nuestra política es un hervidero de ad hominem . El Gobierno tiene la costumbre de tildar de oligarca y golpista a todo aquel que no esté de acuerdo con sus políticas, y parte de la ciudadanía cae en la trampa y responde, a su vez, defendiéndose apasionadamente. Al enojo de unos, los otros respondemos con más enojo; la bola de nieve va creciendo, y el resultado es que, en lugar de centrarnos en la razón, teñimos nuestros diálogos de una pasión tan marcada que dejan de ser diálogos para convertirse en enfrentamientos.

El resultado de todo esto es que, en vez de dedicarnos a discutir los asuntos fundamentales para el progreso del país, vivimos cambiando de tema.

Es cierto que, aparte de las políticas específicas, una de las cosas que más molestan de la Presidenta es su estilo: la prepotencia y la agresividad con que ordena la ejecución de las políticas. Hasta los peronistas más sagaces reconocen que uno de los mayores errores del Gobierno ha sido la animosidad y el encono polarizante que sembró en la población. Si en ella esto ha molestado aún más que durante el mandato de su marido, tal vez sea por un factor de hartazgo, sumado al hecho de que quizá muchos habíamos pensado que, al tener una jefa de Estado mujer, su estilo sería más suave y conciliador. Esto explicaría por qué en Chile las quejas hacia Bachelet se centran más en sus políticas y mucho menos en torno a su persona.

También es cierto que los gobernantes, además de representarnos y organizar la cosa pública, suelen convertirse en ejemplo o modelo de conducta para la población. Si con Menem el país se hizo más farandulero de lo que era, quizás el estilo del matrimonio actual nos haga más propensos al insulto y la descalificación personal. Sin embargo, creo que criticar desde la sociedad civil los ríspidos modos de nuestros gobernantes, valiéndose de modos similares a los suyos, no sólo no contribuye a mejorar el panorama nacional, sino que, además, nos coloca en la paradójica situación de criticar lo mismo que, instantes después, hacemos con entusiasmo.

Si no tenemos gobernantes idóneos para educarnos en la moderación, quizá nos corresponda a los ciudadanos la difícil pero no imposible tarea de educar a nuestros gobernantes. Una de las maneras de hacerlo es a través del voto. Pero otra que podemos usar todos los días, no sólo en época de elecciones, es evitar caer en mecanismos fáciles de descalificación. Está bien que seamos apasionados, pero tal vez convendría empezar a cambiar de estilo y concentrarnos en analizar y discutir lo que realmente importa.

No cambiemos de tema; dediquémonos a construir lo importante. ¡Evitemos los ad hominem !

Cuenta mi madre que cada vez que la tía barboteaba una de sus invectivas contra alguien, ella -que era aún demasiado joven y respetuosa de sus mayores como para decirle algo- no sabía dónde esconderse. En realidad, más que enfrentar a su tía abuela, lo que mamá más hubiera querido habría sido tener el valor para acercarse a ese desconocido y pedirle perdón.

Algo similar nos pasa ahora a algunos que, aun en desacuerdo con muchas políticas y actitudes del Gobierno, sentimos vergüenza por el modo con que muchas personas adjetivan a la Presidenta. Sólo que en este caso no es tanto a ella a quien querríamos pedir disculpas, sino a aquellos argentinos que la votaron, que todavía se sienten representados por ella, y a quienes también ofendemos cada vez que insultamos a Cristina en lugar de criticar, con inteligencia, sus políticas.

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