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Pasiones compartidas

Ensayo sobre el amor

ADN Cultura

El narrador Marcelo Birmajer demuestra, a través de la literatura y la vida cotidiana, cómo el amor es lo único que permanece inalterable en un mundo en permanente cambio

Hay dos títulos de Somerset Maugham con significados similares: Lo mismo de siempre y Entonces y ahora . Siento especial debilidad por el primer título, que agrupa una decena de cuentos, todos ambientados en las primeras cuatro décadas del siglo XX, en Inglaterra o los mares del Sur. La novela, en cambio, cuenta una aventura de Maquiavelo, en viaje diplomático a Imola, comisionado por la signoria de Florencia para tratar con César Borgia, en el año 1502.

Maugham eligió el primer título como respuesta a una crítica del Times :

Cuando se publicó mi anterior volumen de cuentos, The Times encabezó su comentario con el título "Lo mismo de siempre". Ello, por supuesto, iba dicho con un sentido despectivo, pero yo no lo he tomado de tal manera y es así que no he tenido inconveniente en usar ese título para la presente colección que brindo al público lector.

También en la novela del viaje de Maquiavelo, el título remite a que, a la hora de contar historias de amor, nada cambia: "Entonces y ahora" perduran los mismos componentes.

"Seguiré escribiendo historias de amor como siempre -dice de algún modo Maugham-, y las historias de amor, sin dejar de sorprendernos, permanecerán iguales a sí mismas, entonces y ahora".

El e-mail , gracias al cual millones de personas escriben muchas más cartas de las que se han escrito nunca en la historia humana, marca un antes y un después en la tecnología de las comunicaciones; pero no dice nada especialmente nuevo sobre el amor. Ni el celular ni el Facebook nos traen novedades sobre los corazones rotos, las decepciones, los flechazos, las incongruencias o los aciertos amorosos. Como no las trajo el fax, ni antes el viaje a la Luna. En rigor, los Ulises tardan ahora mucho menos en viajar de Troya a Itaca, pero siempre hay un Ulises y una Penélope esperando, viaje éste en cohete o espere ella diseñando una página web.

Los sistemas de gobierno se han izado y han caído con sorprendente celeridad: en los albores del siglo XX surgió en el imperio zarista una dictadura comunista que duraría hasta fines del siglo XX. Durante casi todo ese lapso, la URSS sería una de las dos potencias más poderosas del mundo. Pero a uno y otro lado de la cortina de acero, el amor continuó su paso cansino e inmutable.

Markus Wolf fue el más renombrado espía del Este -jefe del servicio de espionaje internacional de Alemania Oriental (aparentemente, el modelo para el Karla de Le Carré)-, también conocido como "El espía Romeo" por recurrir a secretarias solteronas y generosos donjuanes para obtener información. Cuenta en sus memorias, El hombre sin rostro , cómo utilizaba los romances amañados por él mismo, los burdeles y el temor a los escándalos, para conspirar contra el Occidente democrático. Pero el propio Wolf termina sufriendo el destino de cualquiera de sus víctimas, del Este o el Oeste, del comunismo o del capitalismo: se enamora de una mujer que no es su esposa, mantiene un amor secreto, se divorcia y teme que utilicen a su ex cónyuge para descubrir secretos.

Los hippies norteamericanos intentaron jugar al amor libre y la no posesión, a la desaparición de los celos y a las familias compartidas. Pero no pasó una década antes de que, como bien cuenta el historietista Robert Crumb, los metaleros posesivos se quedaran con las mujeres de los hippies no posesivos; los que pretendían no padecer celos confesaran simplemente su debilidad para asumirlos, y los hijos que no tenían claro quiénes eran sus padres fueran a investigar sus ADN con psiquiatras y abogados. Lo mismo de siempre. Entonces y ahora.

Nadie ha logrado escribir un tratado cabal del amor. Ni liberarlo. Ni descifrar su enigma. Como mucho, como Somerset Maugham, Marco Denevi, Bioy Casares, Bashevis Singer, se acercan a él con el atizador de la ficción. Como un asador que, desconociendo por completo el misterio del fuego, de todos modos se las arregla para acomodar las brasas, procurando no obstante, con exagerada precaución, que la llama no se transmita hasta su mano, como por una mecha, a través de la rama con la que ejecuta su esgrima.

Un hombre, desesperado por la soledad, se inventa una amante, de la cual pinta un retrato y lo expone ante los otros inquilinos de la pensión. Una mujer de mal vivir, al descubrir la posibilidad de un chantaje, se presenta en la pensión diciendo ser la mujer del cuadro. La novela es Rosaura a las 10 , de Marco Denevi (1922-1998), publicada por primera vez en 1955.

En su novela, ambientada en Buenos Aires en los años cuarenta, la sordidez y la misantropía juegan un rol preferente y paradójico: son elementos opuestos al amor, pero también sus motores. Camilo Canegato, el torturado protagonista, construye un amor único apartado de todos. Tan exclusivo es su amor, que incluso debe dejar fuera de él a la propia mujer amada. Porque el amor, parece sugerirnos Canegato, los amores fatales, casi siempre son una relación con uno mismo, en la que la persona amada no es sino una excusa, una pintura falsa a la que le damos vida a nuestro antojo.

En las novelas y cuentos de Bashevis Singer (1904-1991) la pregunta por la existencia de Dios y por un orden moral en el universo se transforma en comedia. Isaac Bashevis Singer, hijo de rabinos, equidistante de la ortodoxia religiosa y de los iluministas revolucionarios, hizo de la desesperación del hombre frente a lo incomprensible de la vida un estilo literario. No encontró mejor escenario para revelar la inconsistencia de las convicciones humanas que el amor. Enemigos , una historia de amor, primero serializada en el diario idish Forward y publicada como libro, en inglés, en 1972, narra la historia de Herman Broder, un judío polaco que escapa de los nazis gracias a que su empleada doméstica, Yadwiga, lo esconde bajo una parva de heno.

Cuando Herman comienza una nueva vida con Yadwiga en Nueva York, su antigua esposa, a quien creía asesinada por los nazis, reaparece. Mientras tanto, Broder vive un tempestuoso romance con Masha, una hermosa sobreviviente que lo solivianta sexual y pasionalmente.

En esta tragedia de enredos, Singer arma una frase que lo define como ninguna: "Pero así son las cosas de la vida. Ellas pulverizan las burbujas de la presunción, pulverizan las teorías y destruyen las convicciones".

Los personajes de Singer expresan sus reflexiones por medio de lugares comunes, frases sin sentido o invocaciones perdidas a Dios. Lo milagroso es que estos elementos conforman cuentos y novelas llenos de sentido y de una inquebrantable lógica interna.

Frente a los mandatos de la religión y los mandatos de la ortodoxia revolucionaria que lo acosaron en los inicios del siglo XX, Singer opta por elegir personajes que militan en la incertidumbre. Un mismo protagonista, con distintos nombres, recorre las escenas de Enemigos , El esclavo , El mago de Lublin , El certificado y muchos de sus cuentos. La variedad de siglos y escenas que recorren sus personajes muestra que la vida es igualmente absurda en cualquier tiempo y lugar.

Los personajes de Singer no tienen la suerte de ser agnósticos: son ateos o creyentes ortodoxos con la misma intensidad y alternativamente. Herman Broder descree de todo mientras se acuesta con Masha, pero se vuelca fanáticamente hacia la religión cuando cree que lo ha engañado.

La ignorancia respecto a qué quiere de ellos el Todopoderoso no conduce a los personajes de Singer a negar su existencia ni, mucho menos, a descreer del Bien y el Mal. En un mundo donde las creencias de cualquier signo parecían la única posibilidad de lenguaje, persistió en legarnos ficciones donde los personajes son incapaces de encontrar una teoría de la vida. Y mucho menos del amor, que a menudo parece excederla.

Adolfo Bioy Casares (1914-1999) imaginó una clínica donde se utiliza el dolor humano como energía eléctrica, anticipó la clonación en "Máscaras venecianas" y los hologramas en La invención de Morel .

La conservación del alma en una materia que no sea el cuerpo original -o ni siquiera un cuerpo: un bastidor, una piedra de galena, un perro- es una de las obsesiones que Bioy convirtió en tramas. En las novelas y cuentos de Bioy, aunque el alma pueda escindirse del cuerpo, necesariamente debe encontrar una materia donde anclar.

La novela más sólida, más llana, más divertida y más triste de Bioy es Dormir al sol (1973): un médico malvado descubre un método para instalar almas de perros en cuerpos humanos y almas humanas en perros. Utiliza este método para "tranquilizar" a las mujeres. En Dormir al sol el amor es un corrosivo que aparta al alma de las materias que ocupa, obligándola a vagar eternamente y sin descanso. La idea cruel de que el amor, la vida y la felicidad difícilmente quepan en un mismo cuerpo.

Entre estas tres novelas hay ideas originales, profecías tecnológicas y puntos de vista nunca antes avizorados, pero nada de lo que dicen sobre el amor era nuevo cuando se publicaron, ni pierde vigencia cuando las leemos hoy.

El amor llegará después

Mi relectura de Entonces y ahora -lo había leído hace una decena de años, con el título de Maquiavelo y la dama - sobrevino luego de leer La salamandra , del propio Maquiavelo, que a su vez fue un derivado de El príncipe , que leí por primera vez a principios de este año. Me lo habían regalado en Cartagena de Indias los editores de la remozada colección Austral. La verdad es que me gustó mucho, pero mucho más me gustó La salamandra , una obrita teatral satírica. Una comedia de enredos picante y maliciosa. No me extrañó, en la relectura de la novela de Maugham, la conclusión a la que había llegado el gran escritor inglés: que Maquiavelo, tan eficaz para escribir un tratado en apariencia infalible (en realidad un poco menos falible que los manotazos de ahogado del resto de los teóricos de la política internacional) y tan audaz para poner en escena una perversa historia de amor, debe de haberse visto igualmente desarmado frente a la belleza, en rigor, frente al momento en que le tocó aplicar sus estratagemas para conquistar a la mujer que le quitaba el sueño, como el menos favorecido de los mortales. En la novela de Maugham, es Maquiavelo el burlado, y el joven principiante quien, con el concurso del azar y la intuición, se lleva la codiciada presa.

Es probable, en suma, que el amor haya en ocasiones mejorado o entorpecido las relaciones políticas nacionales o internacionales (en su libro Un amigo de Hitler , Ian Kershaw narra cómo el Ministerio del Aire inglés, en la decisiva década del 30, quedó en manos de un Lord progermano gracias a la ambigua amistad entre su esposa y el primer ministro de Inglaterra); pero nunca las relaciones internacionales han logrado torcer los destinos del amor, en lo que tiene de pasional y magnético. Y frente a los embates del amor, ya sea en la forma de la atracción o del rechazo, no hay teóricos competentes.

Cuando terminaba de releer Entonces y ahora , mi amigo Pablo De Santis me regaló El explorador , una novela inconseguible de Somerset Maugham, publicada por primera vez en 1907, que sólo Acme (la editorial que, por sus prodigios, merecería ser también la compañía del Coyote) podía editar, en español, en 1942.

Era mucho mayor el encanto de encontrar un Maugham no leído que el poder de la trama. No obstante, me quedé con un detalle de la novela, el pretendiente del siglo XIX que le dice a la dama: "Te amo. Y no me importa que no me ames. Cásate conmigo: alcanzará con que me respetes. El amor llegará después". Cuando el pretendiente verdaderamente amado, Alec, cae en desgracia, aparentemente por cobardía (como en el film Las cuatro plumas ), el pretendiente hasta entonces rechazado, Bobbie, ofrece nuevamente matrimonio, a pesar de la sinceridad de Lucy respecto a que nunca podrá amarlo:

"-Quizás aprendas a amarme con el tiempo- dice Bobbie.

-Déjame decirte, primero -replica Lucy unos párrafos más adelante- que si realmente piensas que vale la pena casarse conmigo, cumpliré gustosamente con mi deber. Y que si no tengo amor para darte, tengo, en cambio, una buena cantidad de cariño y una buena cantidad de gratitud."

Esta declaración, tan repetida en las ficciones del siglo XIX y de las primeras décadas del XX, que comenzó a ser menos frecuente luego de la Segunda Guerra Mundial y es una especie en extinción en nuestros días (recuerdo un caso llamativo, por tratarse de Scorsese y De Niro: cuando el personaje interpretado por este último le propone matrimonio al personaje interpretado por Sharon Stone, en la película Casino ), puede ser considerada patética, desesperada, sumisa o falsa. Pero creo que los hacedores de ficción perderán un recurso extraordinario si simplemente dejan de considerarla.

Una sola vez en mi vida fui al hipódromo y lo hice, lo confieso, para escribir una nota. No era ésta. Pero muchos años después resurge la historia que me contó un empedernido jugador, un tendero de la calle Tucumán. No la incluí entonces en mi artículo por carecer de cualquier relación con la nota que me habían encargado. Además, el protagonista aún vivía.

Encontré a Jube -de algún modo hay que llamarlo- pegado a una radio (una radio pequeña, enfundada en un estuche negro de cuerina, con agujeritos para dejar pasar el sonido), sentado en la escalera, mirando la última carrera de la jornada. Le pregunté si había ganado o perdido.

-Siempre que vengo, gano -me respondió.

Volvimos caminando juntos por Libertador, ya era tarde en la noche; y me explicó la naturaleza de su victoria: la esposa no sabía que él jugaba a los burros. Cada vez que regresaba a su casa y se dormía en paz, lo consideraba una victoria; aunque hubiera perdido todo el dinero.

El dinero se recupera -argumentó-. Las protestas de una esposa y las horas sin dormir, se te marcan acá -agregó marcándose bajo los ojos las bolsas que no tenía.

-¿Y la radio?- pregunté.

-Para escuchar los partidos -me explicó-. Los caballos me aburren.

Lo divertía más pasar el tiempo de incógnito en el hipódromo que el concreto resultado de las carreras. De todos modos, apostaba, para no considerarse a sí mismo más estrambótico de lo conveniente.

Había conocido a Marita, su esposa, porque era la hija de unos clientes. Jube le llevaba quince años. La conocía de niña, pero sólo se permitió hablarle cuando ella cumplió los 18. A los padres no les gustó ni medio que el tendero, quince años mayor, al que le compraban tela, se le propusiera. En rigor, utilizaron el verbo "propasarse". La historia transcurría a mediados de los años 70 y me llamaba la atención que, mientras los disparos sonaban por todos lados, y renunciaba Cámpora y asumía y moría Perón, Jube mantuviera las reglas más básicas del decoro romántico: proponerse a la dama, manifestarse ante los padres. Pero los padres sencillamente lo despreciaron y Marita tenía novio.

De hecho, el novio también le compraba a Jube. Para colmo, Jube, por entonces realmente entregado a su pasión por los caballos, también dilapidaba el dinero en el dominó, el back gammon y los dados. El novio de Marita, Armando, estudiaba lo que, me tradujo Jube, hoy sería administración de empresas. El contraste entre ambos hombres no podía ser más desfavorable para Jube. Pero Jube le advirtió a Marita: "Tus padres saben que te amo. Vos sabés que te amo. Y Armando, tu novio, sabe que te amo. Sin embargo, me sigue comprando. Porque le conviene. Pero si yo fuera tu novio, jamás le compraría a un hombre que estuviera enamorado de vos".

Marita desoyó este argumento. Sus padres lo desoyeron mucho más. A los 20 años de Marita y 25 de Armando, se casaron delante de 140 invitados. Jube abrió ese día el negocio como todos los días, pero apenas si vinieron clientes, porque la mayoría estaba, primero en la ceremonia, y después en la fiesta. Habían invitado también a Jube. Pero el tendero no fue, y dijo a quien quisiera escucharlo: "Como jamás compraría tela al enamorado de mi novia, tampoco iría a la boda de la mujer que amo, si no es como novio". Pero debajo de sus frases cabía una melancolía ciega: ni siquiera tenía con quién desquitarse ganando a los dados.

El matrimonio duró lo que un suspiro. El administrador de empresas, recién recibido, se había mandado unos malos chistes con el negocio de diseño de ropa de los padres. Se quiso hacer el vanguardista: en vez de ir a comprar los modelos a Europa, pretendió imponer una moda tercermundista, a tono con la época. Lo siguiente que supo Marita fue que su esposo no estaba por ningún lado. Algo falló. Los suegros admitieron quedamente la bancarrota y también desaparecieron. Un mes más tarde se supo que Armando y sus padres se habían recluido en la única propiedad restante, en el norte argentino. La casa donde vivía Marita recibió la orden de remate y desalojo. Marita volvió a vivir con sus padres; peor que sola, abandonada.

No era que a los padres les interesara Jube, o que hubieran descubierto algo meritorio en él. Por el contrario, solían lamentarse, junto con Marita, de haber perdido al mejor partido del Once. ¿Qué le había pasado a ese chico? Quizás alguna vez regresara. Pero lo cierto es que cuando Jube, como un maratonista incansable, volvió sobre sus pasos para rescatar a esa niña a la que ya no le quedaban ni las primicias, no encontraron fuerzas para oponerse.

-Qué persistente- comenté.

-Eso que llaman amor -replicó Jube, llegando a Pueyrredón, a los 60 años, fines de la década del noventa- es persistencia más suerte.

Todavía no sé si estoy de acuerdo con esa definición, pero la atesoro como una buena réplica de un compañero casual.

"Ella nunca estuvo enamorada de mí -siguió Jube-. Y creo que nunca olvidó a Armando. Pero allá lejos y hace tiempo, me dijo lo que se decía: no te amo, pero acepto ser tu esposa".

-¿Y usted?- pregunté.

-Le dije que me alcanzaba con que me respetara. Que el amor llegaría con el tiempo.

Creo que fue la última vez que escuché esa declaración pronunciada por un ser del presente: no volví a encontrarla ni en las telenovelas. Casi no la había escuchado antes.

Cunado conocí a Jube en el hipódromo, su matrimonio con Marita llevaba un cuarto de siglo. No habían tenido hijos. Y sin embargo, permanecieron juntos.

-Muchos amigos, en los años setenta, cuando estaba de moda ser liberado, encontraron mi situación un poco deprimente. Casi todos ellos se fueron separando, en medio de los peores escándalos que te puedas imaginar. Amigos que se fugaron con la esposa de otro. Hijos con el alma destrozada. Gritos en la calle. Marita me respetó siempre. Fue la esposa más dedicada que puedas encontrar. A mí me alcanzaba con estar con la mujer amada y que me entregara su cuerpo, cada vez que lo requería. Siempre se sintió culpable por no amarme y consideraba ésa su mayor falta: de modo que nunca se permitió otra. Mis amigos me comentaban que sus mujeres, que aparentemente los amaban, se quejaban todos los fines de semana de dolor de cabeza. No iban a la cama ni lavaban los platos. Compartían la crianza de los hijos. Es verdad, no tuvimos hijos, pero Marita se corta una mano antes que dejarme lavar un plato. A mí no me gustaba ver gente, y mientras que las esposas de mis amigos los obligaban a organizar salidas con gente a la que no hubieran querido ver ni para cobrar, basta con que yo le diga a Marita que nos quedemos viendo la tele en casa, para que nos quedemos viendo la tele en casa. Y por entonces la tele era en blanco y negro. Honrarás a tu marido. Yo siempre le pedí todo con delicadeza y ella siempre respondió que sí. Era lo que me podía dar y me lo da hasta hoy. Tené en cuenta que ella todavía es joven. Nunca le vi un gesto de placer verdadero, y nunca dijo que no.

-¿Y por qué no tuvieron hijos? -dije en un fallido intento por cambiar de tema.

-Bueno -replicó con una expresión ambigua-, Marita te dará una versión biológica, yo te puedo dar otra, y los doctores no saben. Pero la verdad? la verdad: yo siempre quise ser el único chico de la casa.

Ya que no podía cambiar de tema, al menos me hundí en él.

-Y todos estos años -dije-, verla acudir al dormitorio, como usted dice, sin "un gesto de placer verdadero"? ¿no lo entristecía?

Jube se tomó un rato antes de responder, como si estuviera cavilando a qué caballo jugarle. Finalmente explicó:

-No se puede tener todo. Yo prefería una esposa obediente, respetuosa. No te voy a negar que me hubiera gustado sentirme, alguna vez, un amante hábil. Pero siempre me sentí un semental que tenía lo que quería. Y, entre nosotros, eso de que no le gustara tanto? no me terminaba de disgustar. Una vez leí que escribiste que una pareja estable es lujuria más respeto.

Me sorprendió tanto que me detuve, debió tomarme del hombro y subirme a la vereda, para que no me llevaran puesto los autos como tromba de la avenida Pueyrredón.

-¡Pero usted me leyó! -grité.

-No le voy a contar esto a cualquier potz -respondió-. Dejame que te diga: yo aportaba la lujuria y ella, el respeto. No sé si otra combinación es posible.

Nos despedimos en esa esquina. Él siguió por Pueyrredón, hacia el Once. Y yo me perdí por Libertador hacia el otro mundo: Rodríguez Peña, Posadas, esas calles raras, cualquier cosa que me alejara de aquel encuentro fantasmagórico.

Final en el aire

Coincidí con Guillermo Martínez y Pedro Mairal en el festival de Morelia, en México, a fines del año pasado. Cuando terminaron nuestras actividades, Martínez se quedó en el DF; pero Mairal y yo compartimos el avión de regreso a Buenos Aires. Nos sentaron en la misma fila de asientos, con un pasillo de distancia. Yo traía de Nueva York Indignation , la última novela de Philip Roth.

Al llegar a la página 50, me puse de pie y me abalancé sobre Mairal: "¿Está muerto?", le pregunté. "¿El narrador está muerto?". Y le extendí el libro. Sólo cuando Mairal me regresó el libro, asintiendo, noté que la azafata me estaba haciendo señas desde el final de pasillo: el avión llevaba varios minutos de turbulencia, y debía sentarme y ajustarme el cinturón. Por un momento había olvidado el temor a mi propia muerte, inmerso en esa muerte de ficción, en esa gran novela de amor que es Indignation .

El amor del que estamos hablando en este artículo es aquel que sucede entre hombre y mujer. Pero Roth logra en su novela presentar la intensidad de sus ramificaciones: el padre que enloquece de amor paternal por el hijo; la madre que comienza a sentir rechazo por el padre loco; y el despertar del amor, en forma de indignación, en el joven protagonista, en su primer contacto con el misterio de las mujeres.

El protagonista revela con toda precisión el que aparentemente es el mayor misterio humano: qué ocurre después de la muerte. Sin embargo, ni una conclusión clara podemos deducir de las historias de amor que refulgen en la novela: entre los dos estudiantes, entre el hijo y el padre, entre el hijo y la madre, entre ambos progenitores. El protagonista puede explicar con claridad qué es la muerte, pero ni siquiera en la muerte encuentra explicación para las historias de amor.

No era la primera vez que compartía un libro de Roth en un avión.

Venía leyendo El animal moribundo , en un viaje de regreso de España. Mis compañeros de asiento eran un anciano y su esposa. En algún momento de la noche me quedé dormido, y desperté con las luces del nuevo día. El anciano leía mi libro sin complejos. "Este Kepesh, dijo refiriéndose al protagonista, defiende la liberación sexual de los años 60, pero quiere que la cubana sea exclusivamente suya. La liberación sexual de los años 60 terminó con las vírgenes y este escritor no se da cuenta. Dice que las mujeres aprendieron a comportarse en la cama gracias a los años sesenta? ¡pero se olvida de que también por eso dejaron de llegar vírgenes al matrimonio! Y por eso se muere de celos cada vez que la cubana le dice hasta mañana ". Cerró el libro y me lo devolvió, decepcionado. "A una virgen le podés enseñar a ser una mujer sexualmente experimentada, pero a una mujer experimentada no le podés enseñar a ser virgen. Ese es todo el asunto."

Cuando la azafata nos dejó la bandeja con el desayuno, la esposa le dijo en voz alta, para que yo escuchara:

-¡Estamos en pleno siglo XXI, volvés de visitar a tus hijos en España, en un avión, y seguís diciendo las mismas estupideces! ¡Vos no evolucionás nunca!

-Primero -replicó el anciano- yo no nací en el siglo XXI. Segundo, podrás decir lo que se te antoje, pero vos llegaste virgen al matrimonio?

El silencio que siguió a esa declaración no fue de los que generalmente llamaríamos cómodos. Con un pequeño salto en el tiempo, puedo aprovecharlo como punto final para estas ligeras variaciones sobre el amor. .

Por Marcelo Birmajer Para LA NACION - Buenos Aires, 2009
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