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Un hijo es una pregunta

PARA LA NACION
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Sergio Sinay
Domingo 03 de mayo de 2009

Señor Sinay:

Si los padres son responsables de los hijos, dándoles amor y cariño y una buena educación, ¿cómo puede haber padres que les echan culpas a esos hijos de sus propias malas elecciones, de tener un trabajo que no les gusta, de haberse sacrificado por ellos y de su insatisfacción existencial? ¿Acaso no son ellos, los padres, los que decidieron tener a esos hijos? ¿Puede un padre cargarle a un hijo supuestamente amado la culpa por todas sus malas rachas en la vida? 

Laura Estraviz

La relación entre padres e hijos es asimétrica por naturaleza. Esta es la única, entre todas las relaciones humanas, que resulta imposible si unos no crean a los otros. Todos los vínculos se establecen entre personas ya concebidas. Así ocurre con la pareja, con la amistad, con las sociedades de trabajo, con los agrupamientos deportivos, culturales, políticos o religiosos, e incluso (porque también es un vínculo) con la enemistad. Para que haya padres e hijos, en cambio, aquéllos, los adultos, crean (en todo el sentido de la palabra) al hijo, ya se trate de una concepción biológica o de una adopción (a los fines del vínculo, lo crean).

En ese acto surge una responsabilidad especial, acaso la mayor que se pueda imaginar. Habrá que responderle a esa vida, la del hijo, que se establece como una pregunta abierta: ¿para qué estoy aquí? ¿Cuál es el propósito de mi presencia? ¿Qué soy? Las réplicas iniciales a estos interrogantes, aquellas que darán instrumentos a los hijos para hacerse cargo de continuar con las respuestas y para vivir vidas con sentido, corren a cargo de los padres.

La relación es asimétrica, porque en la polaridad padres-hijos aquéllos tomaron la iniciativa, tienen funciones indelegables, son responsables de liderar una educación, de transmitir valores, de conectar a los chicos con lo valioso de la existencia, de transmitirles vivencias, memoria, noción de continuidad existencial, de pertenencia a una totalidad que viene de antes y continuará luego. La gran terapeuta familiar Virginia Satir (1916-1988), verdadera matriarca de esa disciplina, y una de las fundadoras del prestigioso Mental Research Institute, de Palo Alto, California, dice en su sustancioso libro Relaciones humanas en el núcleo familiar (también publicado como Peoplemaking ) que ser padres no es concebir bebes, sino diseñar seres humanos. Satir subraya las dos preguntas esenciales en esa dirección: ¿qué clase de ser humano quiero que sea mi hijo? y ¿qué es lo que puedo hacer para que lo logre?

Parece claro que en las actitudes paternas y maternas que inquietan a nuestra amiga Laura hay poca presencia de estas ideas. Sólo quien olvida la asimetría natural y necesaria, quien cree que los chicos se crían y educan a sí mismos, por arte de magia, quienes confunden tener un hijo con jugar a las muñecas; pueden pensar su función en términos de "sacrificio" o pueden creer, de veras, que la presencia de un hijo en sus vidas es la causa de sus males existenciales.

Aunque suene taxativo por demás, todos los hijos existen por elección de sus padres. En tanto seres conscientes (es decir, capaces de nombrarnos con la palabra "yo", de elaborar proyectos y pensamientos, de ponerles nombre a las emociones y reconocerlas, de sabernos finitos y de hacernos preguntas a partir de esa conciencia); no podemos escapar de ese atributo. Esto significa que, con los límites que nos ponen la realidad y los imponderables, elegimos siempre. Y aun en los casos en que pareciera que no hay opción, elegimos nuestra actitud ante esa situación. No hay, en mi opinión, hijos inesperados, hijos que nos fueron "enchufados", hijos que llegan sin aviso, hijos no deseados. Cuando no se los desea, cuando no se los espera, cuando no están en nuestros proyectos de vida (todo lo cual es válido), los hijos no llegan. Somos humanos, elegimos, y nuestro deber moral esencial es hacernos cargo de nuestras elecciones. Decir que no elegimos es una manera de optar. Sinuosa, pero una manera al fin.

En El valor de educar , obra lúcida e implacable, Fernando Savater dice: "Nuestra humanidad biológica necesita ser confirmada; un segundo nacimiento en el que nuestro esfuerzo y la relación con otros seres humanos confirmen el primero". Nacemos humanos, señala Savater, "pero no basta, debemos llegar a serlo". Cuando los padres guían a sus hijos hacia esa meta, completan su propia humanidad. Cuando no lo hacen, la deterioran.

sergiosinay@gmail.com

El autor responde cada domingo en esta página inquietudes y reflexiones sobre cuestiones relacionadas con nuestra manera de vivir, de vincularnos y de afrontar hoy los temas existenciales. Se solicita no exceder los 1000 caracteres.

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