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Un film que respira libertad y bohemia

En Jardines en otoño, Iosseliani se burla de la política, cuestiona la xenofobia y reivindica los placeres simples

Jueves 30 de abril de 2009
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Jardines en otoño (Jardins en automne, Francia, Italia, Rusia/2006). Dirección: Otar Iosseliani. Con Séverin Blanchet, Jacynthe Jacquet, Otar Iosseliani, Lily Lavina, Denis Lambert y Michel Piccoli. Fotografía: William Lubtchansky. Música: Nicholas Zourabichvili. Edición: Otar Iosseliani y Ewa Lenkiewicz. Diseño de producción: Yves Brover y Emmanuel de Chauvigny. Presentada por IFA Cinema. Duración: 115 minutos. Apta para todo público. Nuestra opinión: muy buena

El director georgiano Otar Iosseliani es uno de los grandes maestros de la tragicomedia, dueño de una mirada que pendula entre cierto optimismo humanista y el desencanto que le provocan los tiempos modernos, y cultor de un tono melancólico y excéntrico a la hora de retratar las desventuras de sus atribulados y queribles personajes. Su filmografía, por suerte, no es nueva para los cinéfilos argentinos: además de una amplia retrospectiva que organizó el Bafici en su edición de 2005, se estrenaron en el circuito comercial Y la luz se hizo y Hogar, dulce hogar .

Formado en la vieja escuela soviética y radicado en Francia desde hace un par de décadas, su cine respira libertad y bohemia, desparpajo y sofisticación (véanse en este sentido sus largos y virtuosos planos secuencia) para, como en el caso de J ardines en otoño , reírse de las miserias de la política, cuestionar la xenofobia y reivindicar los placeres más genuinos y primitivos de la amistad (sus criaturas se lo pasan bebiendo, cantando y charlando).

El antihéroe de Jardines en otoño es Vincent (Séverin Blanchet), un patético ministro que se ve forzado a renunciar tras una ola de protestas públicas. De regreso a la vida civil, se quedará sin trabajo, sin esposa y sin hogar (su departamento ha sido tomado por africanos). Nada de eso parece preocuparle demasiado, mientras sus amantes, sus amigos y los dueños de los bares estén dispuestos a compartir con él su tiempo libre.

En el universo de Iosseliani (casi) todo es posible: desde un humor físico que remite al gran Jacques Tati hasta una infrecuente capacidad para hacer brotar el absurdo en medio de las situaciones más banales y convencionales, pasando por reminiscencias del cine mudo y hasta del género musical. Y no sólo de ex funcionarios o de inmigrantes ilegales está compuesto el mundo de Jardines en otoño , ya que incluye también a religiosos afectos a los excesos, a animales exóticos, a artistas (uno de ellos interpretado por el propio director) y hasta al gran Michel Piccoli en el papel de? la madre del protagonista.

El cine de Iosseliani apuesta muchas veces a la acumulación y al desenfreno y puede, por lo tanto, incomodar a cierto público habituado a una narración más clásica y al típico gag de acción y reacción. No todos los pasajes del film son igualmente intensos y eficaces, pero aun con sus desniveles o exageraciones hay en Jardines en otoño una permanente apuesta al riesgo, una mirada propia (y despiadada) sobre el consumismo y la crisis de valores. Un retrato social con el sello inconfundible de este satirista insoslayable del cine europeo de los últimos 40 años.

Diego Batlle

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