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De garantías, deseos y aspiraciones de monarcas

Roxana Kreimer Para LA NACION

Domingo 10 de mayo de 2009
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La religión cristiana es la única que plantea la indisolubilidad del vínculo matrimonial. Un filósofo cristiano, Jean Guitton, juzgaba que esto significó un avance para los derechos de la mujer, porque implicaba que el hombre no podría abandonarla con tanta facilidad mientras los hijos fueran pequeños.

Aun cuando esto haya sido cierto, sostener la indisolubilidad del vínculo cuando dos personas ya no son más felices viviendo juntas, no es algo que hoy parezca aceptable.

Si antes se privilegiaba a la familia como estructura, hoy se privilegia a la pareja como relación y no por ello no se forman menos parejas que antes. Lo que sucede es que ahora muchísimas menos parejas se casan.

Es que la identidad de la mujer ya no pasa por la estructura de la familia. Estar casada hoy ya no expresa un mensaje tan rotundo como antes. El estigma hacia la solterona (expresado en figuras como la de Doña Rosita la soltera) ha desaparecido.

La sociedad tampoco estigmatiza más a la madre soltera ni a los padres que no legitiman su unión por medio del Registro Civil o por la religión. Por el contrario, cada vez más personas consideran que el Estado no tiene por qué inmiscuirse legitimando un acto tan privado como una unión amorosa.

Los derechos sociales de los hijos y de los integrantes de las parejas heterosexuales y homosexuales deberían ser reconocidos, independientemente del estado civil de la persona.

Sólo en la Edad Media tardía, la Iglesia empezó a legitimar las uniones de hecho. Al principio, las casaba en la puerta de la iglesia; luego, adentro; más tarde, el Estado se ocupó de esa legitimación. Así como las uniones privadas comenzaron, en un momento histórico dado, a ser legitimadas por la religión y por el Estado, en otro momento pueden dejar de serlo.

Compromiso interno

También se considera que el compromiso debe provenir del interior de las personas. En ese sentido, si bien no me parece preocupante que las personas dejen de casarse, sí parece que a veces quieran comprometerse y formar pareja, sin darse a sí mismas el tiempo suficiente para conocerse o que esperen un flechazo que no siempre antecede a las relaciones amorosas muy intensas.

El compromiso, el conocimiento y la intimidad con el otro no surgen por decreto; necesariamente requieren el paso del tiempo.

En otras culturas en que los matrimonios son "arreglados" por los padres, se piensa que, si se dedica tiempo a la tarea de conocer al otro, con suerte surgirá el amor.

Esperan menos de entrada y, a veces, obtienen más que en nuestra cultura, para lo que no estamos proponiendo que reaparezcan los matrimonios arreglados. Es que a veces resulta problemático que se espere demasiado de entrada sin dar la oportunidad de que, a lo largo del tiempo, el compromiso sea construido lentamente.

En el extremo opuesto, ¿por qué las parejas siguen casándose? Porque los cambios sociales son lentos y todavía el matrimonio tradicional sigue siendo una estructura social atractiva para muchas personas.

También puede ocurrir que lo sea por razones económicas o porque, más allá de la legitimación estatal y religiosa, hay una voluntad de legitimar la unión ante la sociedad. Esta es la razón por la que muchos hacen la fiesta, pero no se casan ni por el Registro Civil ni por la Iglesia.

Para algunas mujeres, en tanto, todavía sigue siendo muy fuerte la imagen simbólica del casamiento, heredera de los símbolos de la monarquía. La novia tiene vestido de reina, desfila sobre alfombras rojas como una soberana y baila valses como en los salones europeos.

Eso, en parte, explicaría por qué todavía son capaces de pagar ellas solas 10.000 dólares por la celebración.

La autora es licenciada en filosofía y doctora en ciencias sociales

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