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Mitos y verdades argentinas

Víctor Trucco y Mario Mactas Para LA NACION

Viernes 15 de mayo de 2009
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Una serie de frustraciones, sueños desproporcionados y comprobaciones históricas nos llevan a la conclusión de que la Argentina no puede ir hacia adelante en lugar de retroceder, como ha sucedido, desde la riqueza hasta la pobreza. Las causas no provienen de enemigos externos ni de conspiraciones, sino de nosotros, por haber aceptado como verdades indiscutibles mitos que tienen el prestigio ideológico de lo políticamente correcto y un divorcio trágico de la verdad.

Solemos vivir primaveras que se celebran como victorias cuando no son otra cosa que la recolección de escombros abandonados por previos detentadores del poder después de haberse entregado al despilfarro, la promesa demagógica, la miopía y el amiguismo. Se habla entonces de pesadas herencias, o de un "país en llamas", socorrida imagen que recorre las décadas. Comparado con lo precedente, luce como bonanza y éxito. Hasta el nuevo crepúsculo: mayor pobreza, mayor marginación, sueldos más bajos, desocupación, empresas que marchan a la quiebra, ciudadanos que pierden sus ahorros y jubilaciones. Cada vez que ocurre, las instituciones se lesionan, el ingreso por persona cae y el conjunto se manifiesta en exclusión, desempleo y violencia.

Estas situaciones se repiten porque nos aferramos a mitos. Son paradigmas que no funcionan, y que los hechos desmienten una y otra vez. Es el camino del fracaso histórico vendido como victoria y propuesto por líderes que parecerían surgidos de una larga hibernación para juzgar el presente y el futuro. Suponemos que fracasan los hombres, pero los hombres son quienes se apoyan en ideas sustentadas en mitos, en suposiciones falsas.

Un mito es creer que la pobreza y la exclusión social existen porque no hay distribución del ingreso. El problema es que la creación de riqueza en el país no es suficiente: es necesaria la inversión. Pero la Argentina no mueve a confianza y no recibe inversiones siquiera de sus propios habitantes.

Un mito es creer que la riqueza se produce sólo explotando a otros, tomando para sí el trabajo y el esfuerzo de otros.

Un mito es dar por descartado que para que un proceso sea exitoso debe, necesariamente, haber víctimas. Tal es el caso de la soja, producto del riesgo, la investigación, la inversión y la visión. El mito de que el ámbito de la producción agropecuaria y agroindustrial es algo parecido a un país aparte, renuente a los cambios y duramente conservador, ya ha sido largamente desmentido por los hechos. "En la Argentina, la sociedad del conocimiento aterrizó en el campo", dice Juan José Sebreli. Los mitos derivan en la confiscación de la renta, la interrupción del ciclo de la riqueza, la caída de la actividad en el espacio que podríamos llamar urbano-rural, los pueblos empobrecidos y la desocupación en crecimiento.

Un mito muy arraigado consiste en creer en un Estado inteligente, sabio, justo, creativo y solidario, amo y señor cuyas virtudes le permiten funciones que van más allá de la República y la Constitución.

Un mito, complementario del anterior, es pensar la democracia no como un sistema de gobierno con representatividad popular sino como una potestad sin límites que se otorga al ganador de las elecciones. Cuando se producen reclamos y diferencias se invita a los ciudadanos a formar un partido político, ganar y hacer, llegado el turno, lo mismo. Es el mito que conlleva la confusión entre Estado y gobierno. Un mito que no deja entender que el ciudadano no pretende reemplazar a nadie en el gobierno cuando reclama, sino conseguir justicia y ejercer sus derechos.

Un mito es pensar que la actividad privada se mueve por la codicia, mientras los gobiernos, cualquier gobierno, lo hace por altruismo y vocación de servicio.

Un mito es que hay un camino argentino, específico y mejor de hacerlo todo y que, en consecuencia, es absurdo e inútil admirar aquello que da resultados fuera de nuestras fronteras geográficas.

Los mitos son numerosos y terminan en parálisis paradigmática. Frente a esta situación, podemos darnos cuenta, advertirlo, comprender la realidad y distinguirla del falseamiento malicioso o meramente obtuso. Dejar de cometer los mismos errores.

Entender.

Hablamos de entender que somos parte del mundo y que el intercambio es global y cambiante. Que la riqueza se crea con inversión, para lo que se requieren capital, trabajo y recursos naturales. Al preguntarnos cómo se articulan la oferta y la demanda, aparece el mercado. Si pensamos en la competencia, surge la innovación, como sucedió en años recientes de derrumbe y oscuridad , cuando el país parecía empantanado sin remedio: la innovación y la creatividad aparecieron en el campo con nuevos paradigmas: dejar el arado y adoptar la siembra directa, recurrir a la ciencia, la investigación y la biotecnología. La Argentina consiguió ser extraordinariamente competitiva en la producción de alimentos, y se abrieron mercados de exportación.

Al darnos cuenta, podremos abandonar la autorreferencia y entender las causas por las cuales otras naciones consiguen mayor crecimiento. Si ocurriera, seguramente empezaríamos a mejorar.

Al darnos cuenta, podremos entender el papel fundamental del conocimiento. Podremos saber que un país no puede prosperar cuando los buenos negocios se invierten en mantener malos negocios. El papel del Estado es importante, y no menos importante es definirlo y consensuarlo, pero no puede ponerse en discusión que ha de encaminarse a generar los cambios institucionales que permitan desarrollarnos. El límite para los ciudadanos es realizar actividades lícitas, y el límite para el Estado es que se cumpla con el derecho y mantener las instituciones de la República.

Hay, además, un darse cuenta de la trascendencia de las formas. En estas horas pasa frente a nosotros una competencia para construir candidaturas que poco parece tener que ver con la selección de los mejores sino con un torneo de lealtades que habrán de mantenerse hasta que llegue la hora de cambiarlas por otras. El ejemplo de Alfonsín es claro. Sería bueno imitarlo.

Tenemos que darnos cuenta de las razones por las cuales nos pasa lo que nos pasa, y cambiar. Los mitos en cuestiones de fondo y el desinterés por las cuestiones de forma trascienden la política y alcanzan a los formadores de opinión, a los intelectuales, a empresarios, trabajadores y, en general, a los argentinos sin preocupación por el Estado de Derecho, sobrevivientes profesionales por necesidad y con un escéptico cinismo como equipaje.

Víctor Trucco es presidente de la Fundación Darse Cuenta, de la que Mario Mactas es director de Contenidos.

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