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Historias con nombre y apellido

Un bombero en el corazón del dolor y las llamas

Información general

El operario tenía atrapado su brazo en el rodillo de una rotativa y pedía a los gritos que se lo amputaran. Golpeado por el terrible dolor y por el pánico del momento creía todavía posible que el rodillo siguiera moviéndose y que aquel monstruo mecánico se lo terminara deglutiendo sin que nadie pudiera hacer nada. Lo rodeaban compañeros desesperados e impotentes. No le caía una gota de sangre porque el acero presionaba sobre el húmero a la manera de un feroz torniquete. Pero el dolor lo hacía temblar y el miedo lo cegaba: como no había forma de liberarlo ni de hacer retroceder el rodillo, rogaba dramáticamente que le cortaran el brazo.

Diego Maximiliano Vilariño llegó enseguida con un grupo de bomberos y trató de calmar al operario y de mover los engranajes de esa máquina infernal que lo aplastaba, pero, manualmente, la operación resultaba imposible.

El ambiente estaba cargado de histeria y de suspenso. Maxi, sin embargo, oía todo como en sordina. El bombero estaba concentrado únicamente en descubrir cómo aflojar el mercanismo. Se tiró en el piso y se metió debajo de la rotativa, como si se tratara de un auto, y empezó a examinar los tornillos y las tuercas. Fue entonces cuando descubrió que desarmar la rotativa llevaría horas. Había que romperla por algún lado: no quedaba otra. Pidió a sus compañeros que le alcanzaran una cortadora y estuvo trabajando sobre el metal, separando las planchas con una expansora hidráulica, colocando tacos de madera para sostenerlas y abriéndose paso lentamente hasta que, de pronto, sintió las primeras gotas rojas que le caían sobre la cabeza y se dio cuenta de que arriba los rodillos por fin cedían y de que el brazo del operario empezaba a sangrar porque el "torniquete" se aflojaba. Los enfermeros del SAME y los compañeros del pobre herido tiraron en ese momento del brazo y lo liberaron, y se llevaron al operario en una ambulancia hasta un hospital de agudos.

Como siempre, como cada bombero de esta ciudad, Vilariño regresó esa tarde a su cuartel sin esperar nada de nada. Pero un tiempo después, le otorgaron una medalla de oro por esa pequeña acción y un domingo por la tarde recibió una llamada extraña. El sargento de guardia le dijo: "Atendé, Maxi, que es para vos". Maxi levantó el teléfono y vio que el sargento venía llorando por el pasillo. "Mi nombre no te va a decir nada -dijo la voz-. Soy el tipo que pedía a los gritos que le amputaran el brazo". Llamaba para agradecer, algo totalmente exótico en esta sociedad de ingratos. Y entonces Maxi lo escuchaba con lágrimas en los ojos: aunque le habían quedado algunas dificultades motrices, el operario había salvado el brazo y podía volver, en breve, a trabajar.

Vilariño es ahora inspector y jefe de turno del Cuartel 3 de Barracas, pero recuerda con exactitud y detalle esos y otros cien episodios en los que estuvo metido. Le informé a la Superintendencia de Bomberos de la Policía Federal que quería conocer a un héroe de verdad, y se tomaron varios días para elegir entre muchos destacados a este joven veterano de 36 años con varias condecoraciones y cicatrices. Maxi sabe que está representando a sus compañeros de ruta, especialmente a su generación, y me muestra por dentro el cuartel central, el puesto de comando, la solitaria hilera de equipos antiflama, botas y cascos, y, finalmente, el casino de oficiales, donde nos sentamos a charlar.

Maxi es flaco y atlético, y no parece policía. Creció en San Martín oyendo una sirena a lo lejos y viendo cómo un vecino salía rápido, tomaba su bicicleta y se iba pedaleando. Cuando, un poco más grande, se dio cuenta de que esa sirena prefiguraba un incendio o un accidente, y de que aquel vecino era un bombero voluntario, empezó a soñar con ese riesgoso oficio. A los 16 años le pidió a su madre que le firmara una autorización para entrar en ese cuerpo, pero ella tuvo miedo y se la denegó. Hizo la conscripción en la infantería de marina y luego siguió profesorado de gimnasia, pero el día que explotó la AMIA estaba viendo televisión, el lento rescate de los cuerpos, las caras compungidas y, de repente, se topó con la imagen de cuatro bomberos que se hicieron a un lado justo cuando una pared se les derrumbaba encima. En aquel instante, algo hizo clanc en la cabeza de Vilariño. Ya era mayor de edad, así que se anotó en la academia de policía y a los tres años pasó a la escuela de especialidades, donde fue entrenado para la emergencia. Egresó de allí con el mejor promedio, y el primer caso real que le tocó fue una chica embarazada que, intentando arreglar una canilla de la bañera, había metido un dedo de la mano y se le había quedado adentro. No salía ni con detergente, y había que romper la pared y luego cortar el grifo con elementos de alta precisión. En ese momento fundamental, a Vilariño se le ocurrió hacerle un chiste de humor negro y la chica se largó a llorar, y su jefe lo sacó carpiendo. Un bombero vive situaciones tragicómicas casi todos los días. Están llenos de anécdotas inocentes y cuentos impublicables esos cuarteles de hombres duros, que se llaman a sí mismos "combatientes" porque combaten a la Bestia. Le dicen la Bestia al fuego, a quien temen y adoran como un dios maligno y fascinante. "Entré y pensé que podía, pero de golpe me cacheteó la Bestia y tuve que salir", se escucha entre esas paredes. El propio Vilariño, en un momento, relata un incendio y me cuenta: "Entonces, vimos a la Bestia; era impresionante, y nos miramos entre nosotros a los ojos. No podíamos creerlo".

El joven que creció oyendo una sirena tenía tanta vocación que se anotaba en todas las misiones, y andaba día y noche por toda la ciudad buscando a la Bestia. Cuando suena la chicharra y se encienden las luces codificadas y se oyen los altoparlantes, el bombero tiene conciencia de que sale a la incertidumbre. No sabe exactamente qué le espera; no conoce el lugar ni la magnitud del fuego, si hay o no víctimas, ni cómo deberá atacar el problema. Lleva por toda arma un cilindro de aire comprimido para treinta minutos, una máscara sellada, un casco de plástico resistente, botas con punteras de acero, un chaquetón grueso y una "monjita", especie de capucha antiflama. "Es un incendio lindo", se entusiasma diciendo cuando el caso es difícil. Y, al terminar, el bombero se da la mano con sus camaradas y regresa con ellos en la autobomba: van todos cansados, pero felices. Hay felicidad en la desgracia porque hay dicha en un trabajo bien hecho. En este oficio, como en otro cualquiera.

El inspector estuvo en rascacielos y en terceros y cuartos subsuelos de un edificio, verdaderas ratoneras de humo negro. Formó parte del equipo que luchó contra el depósito de Canal 13, cuando tuvieron que atacar en nueve líneas durante horas y horas. Fue trasladado luego al cuartel de Urquiza, donde ya tenía que tomar solo las decisiones, y realizó incontables salvamentos. Durante la crisis de 2001, arreciaban los hombres y mujeres que, deprimidos por la devaluación y el desempleo, se arrojaban al paso del tren. Un hombre lo hizo de la peor manera: se paró en el centro de las vías y esperó a la locomotora de frente. La formación lo golpeó de tal manera que se fue hacia atrás, cayó tieso de espaldas y quedó encastrado en los fierros inferiores de la máquina, que de inmediato se detuvo. El frustrado suicida estaba lastimado pero vivo, y Maxi se tiró al piso, se arrastró y quedó junto al cuerpo sangrante. Al llegar a la víctima, escuchó que le decía con un hilo de voz: "No me dejés; sacame de acá. No me dejés". Maxi lo abrazó y le dijo: "Te voy a sacar: te lo prometo". Hubo que hacer algunas maniobras, inmovilizarlo sobre una tabla y luego entregarlo a una ambulancia. Cuando el inspector llegó al hospital Pirovano para recuperar su camilla, el médico lo llevó hacia un costado y le reveló que el paciente tenía sida, y dedujeron, entonces, que en el shock de su dolor, envuelto en sangre, temía que nadie quisiera tocarlo.

Siento escalofríos cuando Vilariño me muestra una foto en la que hay un Ford Falcon arrugado. Las hazañas de los bomberos están bastante expuestas: los canales abiertos y las cadenas noticiosas tienen ahora cámaras en todos lados y los fotógrafos de la prensa gráfica llegan en seguida. Los bomberos trabajan muchas veces dentro de la gran pecera mediática, con dramas en vivo y en directo. Los otros días, al volver de un incendio que había durado doce horas, Vilariño tenía en su celular llamadas de toda su familia y un mensaje de su pequeña hija. El casco de Maxi tiene una cruz y usa una gran linterna amarilla en un costado: es fácil reconocerlo en el barquillo del autoelevador. "Papi, no me gustó verte ahí colgado", le decía la niña, que lo había visto en el noticiero. A pesar de que el bombero tenía ya el cuero curtido, la vocecita de su hija le entró como un misil en el corazón.

Me cuenta el asunto del Falcon. Era un remise que venía con cuatro personas y que en una subida de la Autopista 9 de Julio quedó compactado entre un camión con cemento que se demoraba en subir y un Scania que se distrajo y se lo llevó por delante: cuando Vilariño llegó al lugar, el Falcon era un acordeón irreconocible. No tenía cola y el techo estaba hundido. Comenzaron a cortar el metal y oyeron que una de las mujeres pedía que atendieran con urgencia a un chico de doce años que tenía los ojos cerrados: su sobrino. Maxi percibió de inmediato que el niño había muerto, pero no podía decírselo a la tía porque desataría una crisis y, además, les sería imposible sacarla de allí sin antes sacar al chico, que bloqueaba el paso para el salvamento. Por mandato judicial, los bomberos tienen prohibido mover un cadáver, pero aquella vez era una cuestión de vida o muerte. De manera que se abocaron al chico simulando que estaba vivo, le colocaron ante los ojos de su tía un cuello cervical, lo alzaron de las axilas y lo acostaron en una tabla. Luego fue más fácil sacar a los demás, uno por uno, en medio del calor bochornoso de aquel día negro, ante decenas de cámaras de televisión que transmitían la tragedia desde la banquina. Un amigo de Maxi, que los miraba por la tele, festejaba cada rescate como si fuera un gol. Al final, se los llevaron a los tres con vida y los bomberos se abrazaron en un destello de alegría que se apagó cuando llegó el padre del chico muerto y lo vieron quebrarse en el asfalto. Maxi se miró la punta de sus botas y cerró unos instantes los ojos. Es la hora fatal de los combatientes, cuando nada ni nadie puede salvarlos.

Hubo dos ocasiones en los que la Bestia le rozó el corazón al inspector Diego Maximiliano Vilariño. Una fue en los intestinos de un edificio público, cuando, manguera en mano, luchaba contra el fuego y de pronto vio dentro de su máscara la cara espectral de su propia hija. Parecía una advertencia celestial o un mal presagio y, de hecho, no pudo sobrellevar la imagen y salió para replantear el ataque: su posición, efectivamente, era suicida. En ese mismo incendio, se quemó un hombro con vapor de agua.

La segunda vez que la Bestia lo arañó con su garra hirviente fue cuando se incendió la Galería Jardín. Maxi estaba de franco y se enteró de que había un bombero desaparecido. Se presentó en el cuartel, se colocó su equipo y salió para la escena de los hechos. El bombero apareció carbonizado. Cuando las víctimas son propias, tiembla la moral de los combatientes. Estaban todos destruidos. Bomberos que permanecían de licencia la suspendían; todos convergían en el cuartel donde se velaba el fantasma de un compañero.

Estamos conversando en el casino de oficiales, donde ocurren esos encuentros y pesadumbres. Entran tres expertos de la de la División Siniestros, que se dedican a analizar los incendios para descubrir sus causas, y los detectives del fuego saludan con afecto a Maxi antes de sentarse a almorzar. "Hablemos de la Bestia", le propongo. Vilariño distingue todos los colores del fuego y sabe qué quiere decir cada tonalidad del humo. Estuvo en el incendio de Ciudad Cotillón, una fábrica de varios pisos ubicada en el barrio de Once, que no paraba de quemarse. Recuerda haberse asomado, desde la planta baja, al hueco de la escalera y haber divisado una bóveda naranja, demoníaca y vivaz. En esas habitaciones de llamas puras hay cerca de ochocientos grados centígrados y es imprescindible buscar siempre el piso, porque la temperatura allí desciende a ciento cincuenta.

No se podía entrar en ese infierno. Maxi comenzó a lanzar agua desde una escalera externa, y luego se pasó a la plataforma del hidroelevador. Le dispararon durante tres días enteros, con sus noches, en turnos rotativos y tratando de darle al núcleo. Sabían que el fuego estaba adentro. Lo sabían por el humo. Pero la Bestia no se presentaba, así que tuvieron que romper ventanas y paredes para denunciarla. Ahí estaba la Bestia con todo su colorido mortal, y los combatientes le dieron, entonces, con rabia. Setenta y dos horas después, sólo quedaban cenizas en ese edificio chamuscado que, aun así, permaneció milagrosamente de pie. Fue uno de los incendios más grandes de la historia moderna. "No estuve en Cromagnon -me aclara-. Ese día tenía franco y, al llamar al cuartel, me dijeron que no hacía falta que viniera. Ya estaba todo perdido." Cromagnon no fue una tragedia de fuego lento. Fue una tragedia de asfixia rápida.

Me relata con precisión otros incendios tristemente inolvidables y, de pronto, trata de levantarme el ánimo contándome cómo actúan los hados en determinadas circunstancias. Una vez, cuando se quemaban dos departamentos, advirtieron que había un muchacho sentadito en un aire acondicionado amurado al exterior del piso 19, desde donde miraba fríamente su propia encrucijada: las llamas o el abismo. Maxi subió por las escaleras interiores; se metió en el departamento incendiado; corrió agachado para no ser calcinado por el calor; atravesó el humo y alcanzó la ventana. Aquel flaco que pendía de un aparato a setenta metros de altura no tenía más de 19 años y estaba completamente sereno, a pesar de que la sombra de la muerte lo rondaba. Vilariño lo tomó por sorpresa desde atrás, lo abrazó para que no se asustara y lo roció con agua. Luego, lo metió de un tirón, lo llevó hasta el baño y le colocó un momento el equipo de respiración. Le pidió que tomara una bocanada profunda y atravesaron el averno a velocidad inaudita; bajaron las escaleras y se salvaron por muy poco.

Miro al inspector Vilariño y le adivino el pensamiento. Este oficio peligroso, que envejece prematuramente a los hombres, no es por la paga ni por las condecoraciones. También Vilariño forma parte de esa extraña hermandad del honor que no aparece en los diarios ni se jacta de sus heroísmos, y que no puede ni podrá jamás jubilarse, a pesar de que el Estado lo pase a retiro. Los héroes verdaderos son invisibles y no se retiran nunca. Estamos a punto de despedirnos y le pido que me narre brevemente cómo rescató hace un año a una mujer que intentaba tirarse desde la terraza de un edificio de la avenida Carlos Pellegrini.

Nadie sabe cómo consiguió esa señora robusta y desesperada eludir la seguridad y alcanzar las alturas de ese edificio público. Lo cierto es que, al mirar hacia arriba, Vilariño la vio ese día sentada en una viga. Maxi se colocó el arnés con ganchos de acero, subió a la terraza y ató la soga a las patas de un tanque de agua. Mientras venía el grupo de rescate y se amontonaba gente en la calle, diez pisos más abajo, la mujer reclamaba que Maxi no se le acercara por nada del mundo. "Me tiro", decía. Maxi empezó a hablarle con su voz de novio confiable. "Me voy a tirar; estoy jugada", decía la mujer de la cornisa. TN, C5N y Crónica TV filmaban en directo. "No te acerqués más, hijo de puta, porque me tiro", seguía diciendo. No estaba bromeando. El grupo de rescatistas finalmente llegó a la escena, que Maxi les había descrito con lujo de detalles por radio. Uno de ellos ya le rozaba la mano a la mujer; otro preparaba un lazo. En un instante de distracción, el rescatista la enlazó y la apretó contra el hierro. Fue un movimiento rápido y sincronizado: el enlazador quedó colgando del vacío y Maxi, encaramado a la cornisa. Una médica del SAME le había dado una hipodérmica con un calmante para dejar a la suicida fuera de combate, y Maxi no veía el momento de poder atraparla y clavarle la aguja. Ya subía el hidroelevador, en ese lapso donde todos se bamboleaban como en un trapecio sin red. Le ataron una pierna a la mujer, que gritaba y se resistía, y entonces le dieron un jeringazo en el muslo. El inspector se arrojó a la plataforma del hidroelevador, tomó de las piernas a la dama, la metió de prepo en la barquilla y se le tiró encima para que no pudiera mover una ceja. Ya la mujer estaba sin fuerzas, como entregada. Comenzó a llorar mientras el hidroelevador bajaba, y por la ventana los oficinistas sacaban fotos con sus celulares y aplaudían.

Era 9 de enero, y Maxi llegó a la vereda empapado en sudor. Abajo había un enjambre de periodistas: los bomberos tendrían diez horas de fama televisiva y luego volverían a caer en el olvido. No hay quejas: así funcionan las cosas. Aquel mismo chico que creció oyendo la sirena se secó la cara con la manga del overol y aceptó un trago de agua fresca. Era el agua más rica del mundo.

El personaje

DIEGO MAXIMILIANO VILARIÑO
Bombero y jefe de turno del cuartel 3

  • Edad: 36 años
  • Nacionalidad: argentina
  • Obra: es inspector y uno de los bomberos más condecorados de su generación. Trabaja en Barracas. La Superintendencia de Bomberos de la Policía Federal lo eligió para esta nota y lo autorizó para contar sus experiencias. En sus 15 años de actividad, participó de salvamentos, espectaculares rescates y pavorosos incendios.
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