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El juez no corrigió a la política

LA NACION
Miércoles 20 de mayo de 2009 • 14:20
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El fallo del juez federal Manuel Blanco era previsible: la Justicia -y en especial los jueces de primera instancia- no tiene fuerza suficiente para oponerse a todas las maniobras y artimañas del sistema político.

El tigre tiene demasiadas manchas y el juez parece haber visto que no tiene fuerza para enfrentarse a las candidaturas testimoniales, el último pecado de la ingeniería politiquera vernácula.

Sólo cabe esperar que la Cámara Nacional Electoral, que aún no tiene cerrada la discusión sobre este punto y que está integrada por constitucionalistas, revoque la sentencia.

El fallo de Blanco se apoya en la falta de pruebas suficientes para oponerse a las testimoniales: el cuestionamiento efectuado por el Acuerdo Cívico y Social contra las candidaturas testimoniales es tan sólo hipotético y, como no hay pruebas de que el candidato no vaya a asumir, no se puede rechazar anticipadamente su postulación.

La sentencia fue anticipada por La Nación el viernes último.

Claro que se puede compartir el criterio de Blanco o no. Para los más rigurosos intérpretes del sistema constitucional republicano, no hay duda que las candidaturas testimoniales violan el espíritu de la Constitución nacional, porque lo que pretende la Carta Magna es impedir que los miembros del Congreso y del Poder Ejecutivo salten de un poder a otro.

En un sistema presidencialista, a diferencia del gobierno parlamentario, es necesario mantener una división estricta de poderes, para que sus integrantes defiendan intereses distintos y el Congreso controle al Poder Ejecutivo.

El sistema político salió completamente de cauce constitucional.

Los políticos recurren, cada vez con más frecuencia y profusión, a incontables artimañas y trampas.

En la historia argentina hubo de todo, desde el fraude, hasta las colectoras y en los últimos tiempos la imaginación fue prolífica este tipo de engendros electorales.

Por eso, las candidaturas testimoniales pretenden ser una picardía política más.

Para peor, la gente tiene un notable desinterés sobre los avatares políticos y sus trampas y no condena los excesos.

Esto es lo que explica que, aún cuando las testimoniales no sean una mancha más al tigre, el juez no se anime a encarar la tarea de limpiar el sistema político, que lo desborda. ¿Acaso se podía esperar que lo hiciera, si Daniel Scioli, gobernador bonaerense, no pudo oponerse a un capricho de Néstor Kirchner?

Allá, detrás de los jueces, pesa también una espada de Damocles: el Consejo de la Magistratura, dominado por el oficialismo y listo para remover a cualquier juez rebelde.

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