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Pobreza y desarrollo cerebral

Por Eduardo Amadeo Especial para lanacion.com

Miércoles 27 de mayo de 2009 • 01:27
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Durante muchos años, la investigación predominante sobre la relación entre nutrición y pobreza ha puesto énfasis en el daño cerebral irreversible producido por la carencia de nutrientes adecuados durante los primeros años de vida. Por ese motivo se hace hincapié en la necesidad que las políticas públicas promuevan la lactancia materna y aseguren los suplementos necesarios para que ese daño no se produzca.

Los trabajos de O’Donnell y Albino entre otros, han alertado a la sociedad e impulsado muy valiosas iniciativas sociales para mejorar los niveles de nutrición en la pobreza extrema. Pero hace no mucho que han aparecido nuevos aportes que amplían la mirada sobre la relación entre pobreza y daño cerebral . Así, exigen ampliar la mirada en este tema tan vital . Los trabajos de Martha Farah (Universidad de Pensilvania) y Gary Evans y Michelle Schamberg (Cornell University) ponen énfasis en otra causa de agresión al desarrollo cerebral de los niños: el estrés.

Pruebas desarrolladas durante largo tiempo demuestran que cuando los niños han sido expuestos a situaciones constantes de estrés, el resultado va desde una reducción en las capacidades básicas de la memoria, hasta un desarrollo mas limitado de ciertas zonas del cerebro que son esenciales para la comprensión y el lenguaje. Y ello se da aun cuando los niños no hayan tenido carencias nutricionales.

En una descripción dramática, Farah explica como la excesiva secreción de una hormona llamada cortisol (asociada con el estrés) hace que "los chicos pobres tengan subdesarrolladas sus habilidades del lenguaje, dificultades en recordar eventos y estímulos, guardar y cambiar información durante algún tiempo y poder resistir la atracción de estímulos inmediatos para poder maximizar beneficios de largo plazo". Estas limitaciones impactarán luego en el pobre rendimiento escolar y seguirán restringiendo la posibilidad de que ese niño se convierta en un adulto que pueda imaginar y construir un proyecto de vida.

El estrés proviene de múltiples causas, pero, sobre todo, está generado por la percepción de vivir una vida impredecible, sobre la que no se tiene control, debido a razones tales como un ámbito familiar violento, con ingresos permanentemente inestables, o sentir la incapacidad de poder responder adecuadamente a las demandas de la educación y por tanto ser discriminado en la escuela. Si a ello, agregamos que otros estudios demuestran que el estrés maternal durante la gestación también genera en los bebes un daño que es de difícil reversión posterior, tenemos un panorama por demás complejo para el desarrollo de la vida.

La contención maternal, al neutralizar el efecto del estrés a través de la escucha, el afecto y el diálogo, reduce sensiblemente el deterioro. Pero las madres pobres tienen a su vez sus propias restricciones. Presionadas por su necesidad de trabajar, y los largos tiempos de viaje , tienen menos tiempo libre para poder contener a sus hijos. Situaciones de violencia familiar, jefatura femenina del hogar y embarazo adolescente, agregan limitaciones al apoyo que los hijos necesitan.

Con esta perspectiva, entonces, la política social debería aumentar la complejidad de su enfoque y sus intervenciones si pretende ser eficaz en asegurar que los chicos pobres puedan ser activos constructores de una vida de progreso.

No alcanza con asegurar su alimentación -por importante que ella sea- sino de intentar trabajar con las condiciones que afectan la armonía del hogar y la autoestima de los chicos. Dado que no es posible transformar todo el entorno familiar, habrá que hacerlo allí donde los chicos puedan recibir afecto y estímulo, incluyendo especialmente la potenciación del rol maternal. Desde asegurar un ingreso básico a las familias pobres con hijos, de modo que la madre se vea menos compelida a estar fuera del hogar; hasta la oferta de guarderías en la más temprana edad y asegurar que las escuelas discriminen a los chicos con problemas, la política social pública deberá ser un sistema que cubra todo el trayecto de vida.

Para ello, nada mejor que – además de optimizar su propia acción- confiar en el rol capilar de las redes sociales, que pueden llegar donde no llega el Estado y además pueden poner el afecto que se pierde en la rutina burocrática. Si nos damos cuenta que, según el Observatorio de la Deuda Social de la UCA el 60% de los menores de 17 años vive en hogares vulnerables; el 23% se ve afectado por la tenencia irregular de vivienda (sus familias se mudan constantemente), y los problemas de hacinamiento -más de tres personas por cuarto- afectan a dos de cada 10 chicos, entonces el objetivo de salvar a esos chicos de un trayecto de vida que se inicia con una carencia cerebral irreversible, debería convertirse, cuanto antes, en un objetivo nacional.

El autor fue secretario de Desarrollo Social durante el gobierno de Menem; actualmente es candidato a diputado nacional por Unión Pro

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