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Sibaritas

Historia de la mayor estafa enológica del mundo (primera parte)

Espectáculos

Foto: Archivo 
 

El libro. Mi informante secreto Ritchi, me pone en las manos un libro de esos que exige su lectura inmediata y casi voraz por el interés que despierta en una mente curiosa (¿o debería haber escrito chismosa?) como la mía.

El libro en cuestión es "The billonaires Vinegar/ The mistery of de world´s most expensive bottle of wine" , y su autor Benjamin Wallace se muestra como un obsesivo del tema, que terminó investigando hasta las últimas consecuencias el accionar de quien sería uno de los mayores estafadores del mercado mundial de vinos, Hardy Rodenstock.

Thomas Jefferson. Todo comienza con este padre fundador de los Estados Unidos, tres veces presidente de su país, y embajador en Francia en los años previos a la Revolución Francesa, es decir, entre 1784 a 1789.

Foto: LANACION.com 
 

Hombre amante del vino como pocos en su tierra, dedicó buena parte de esos años en Europa a recorrer los mejores viñedos de Francia, España e Italia. Hombre meticuloso, además, registró toda la correspondencia que recibió y envió en su vida pública y privada, por lo que hoy se conservan más de 43.000 cartas en su archivo.

Estas cartas de Jefferson serán piezas clave de la investigación porque contienen los pedidos de vinos que fuera realizando a las afamadas bodegas de la época.

Michel Broadbent. Se puede decir que fue por lustros la nariz de la casa Christie´s para todo lo que fueran remates de vinos raros.

Reconocido periodista especializado, que escribió un libro sobre degustaciones, que llegó a las 11 ediciones, con una venta de 160.000 ejemplares. Sus opiniones eran tan terminantes y decisivas como lo pueden ser hoy las del inefable Robert Parker, quien fue parte de este embrollo, si bien, según lo demuestran los hechos, salió mejor parado que el pobre Broadbent. Asimismo, solía escribir sus artículos con una pluma más literaria que periodística y referirse al color de un vino como "negro como una noche egipcia".

Christie´s. Otra protagonista central de la trama de Wallace porque fue en sus salones, y rematada por el mismo Broadbent, que se vendiera aquella botella de Château Lafitte 1787 (en aquella época el venerable apellido se escribía con dos T), que llevaba el Th.J . que identificaba las botellas que compraba Jefferson.

La historia de esta casa de remates es tan antigua, como que su fundador, James Christie, realizó la primera venta en su propia casa el 5 de diciembre de 1766. Los vinos comenzaron a formar parte de su catálogo de ventas a partir de la subasta del 31 de mayo de l967.

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La botella. Lo único que se pudo saber sobre el lugar donde había descansado por casi 200 años era que provenía de "una casa parisina, detrás de un doble muro falso".

El doble muro se usaba para ocultar objetos valiosos en tiempos de guerra. De hecho, durante la Segunda Guerra Mundial, La Tour D´Argent ocultó de esta forma las 20.000 botellas más valiosas de las 100.000 que componían su cava. El resto terminó en manos de horribles y gordos nazis (de acuerdo al estereotipo de Hollywood) que las malgastaron en burdas francachelas.

Para que nos demos una idea de exclusividad, en aquellos años previos a la Revolución Francesa, Lafite vendía 175.000 botellas, Margaux 150.000, Latour 125.000 y Haut-Brion 75.000. Esta botella era de la partida que ordenara Jefferson en 1788, de la que una parte iba para George Washington y el resto para él. Pero su parte nunca llegaría a sus manos por diversos motivos. Por fin, agreguemos que Francia recién hacía 25 años que elaboraba vinos de calidad.

Un poco más de los nazis. Parece que el más malo de todos era Hermann Göring, que no había bodega que le alcanzara. Lo valiente fue que cuando él encargaba vino a las grandes bodegas, le embotellaban vinos vulgares en botellas de grandes marcas (lo que aportó más confusión a este mercado que se generó posteriormente).

Incluso, se habló mucho de la abstención de Hitler al alcohol, pero en su refugio del Nido de las Águilas en los Alpes bávaros, apareció, al final de la guerra, una bodega con 500.000 botellas de las más afamadas etiquetas.

El remate fatal. El remate se llevó a cabo el 5 de diciembre de 1985, aniversario del primer remate de esa casa. Y para que nos demos una idea, los anteriores récords de precios correspondieron un Lafite1822 vendido en 1980 por 31.000 dólares; luego, en 1984, en Dallas se pagaría por un Mouton-Rothschild 1870 38.000 dólares.

Por la botella fiasco de la historia que cuenta Wallace se pagaron ¡156.000 dólares! Y su comprador fue Chistopher Forbes, hijo del multimillonario Malcom Forbes, que por aquel entonces calzaba 35 años de edad. Kip Forbes jamás llegaría a probar el contenido de la botella, ya que la usó para exhibirla y nada más.

El mercado. Este mercado se alimenta, justamente, de un conjunto de ricos y nuevos ricos, algunos, quizás, genuinamente interesados por estas cosechas fuori serie , y buena parte de ellos adoran que quienes comparten sus mesas vean en estos vinos una demostración de su inocultable poder adquisitivo.

En la década de 1850, el principal comprador de vinos eran los Estados Unidos, que terminó desplazado como tal entre 1860 y 1890 por.¡la Argentina! No obstante esto, todo Première Cru que se producía terminaba en Inglaterra, admiradora indiscutida de los grandes vinos franceses. En aquella época victoriana, por ejemplo, a Benjamin Disraeli, que fuera un recordado primer ministro, le recomendaron para el asma y la gota que tomara Lafite frecuentemente...(¿por qué no encontraré médicos que me receten de esta forma?)

¿Por qué EE.UU.? En los Estados Unidos de los siglos XVIII y XIX era frecuente el abuso en el consumo de whiskey y ron, que con sus altos contenidos de alcohol, producían nefastos efectos en la población, de donde se viera al vino como una alternativa más benigna para consumir.

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Jefferson escribía: "...no hay país borracho donde hay vino barato...". Tan convencido estaba de esto que con Washington fundaron en 1774 una empresa que se llamó The Wine Company , con el fin de combatir el consumo del ron al que se consideraba tan peligroso como hoy se considera el consumo de drogas.

Tamaños de botellas. El tema importa y mucho por dos motivos: a) el vino envejece mejor en botellas de mayor tamaño; y b) no siempre se embotellaban en grandes botellas, de donde se podía sospechar de un vino que venía en una botella magnum si la bodega no las había utilizado en el año al que se alega que pertenece.

En Burdeos los tamaños se denominan: magnum (equivale a 2 botellas comunes); Marie-Jeanne (3 botellas), Double Magnum (4 botellas), Jeroboam (6 botellas) e Imperiále (8 botellas). En la Borgoña y Champagne la cosa cambia un poco. A la Jeroboam la llaman Rehoboam ; a la Imperiále le dicen Matusalem ; tienen la Salmanazar que equivale a 12 botellas, y la Nabucodonosor que equivale a 20.

Broadbent degustando. Ya se sabe que estos eruditos hacen del momento de la degustación una suerte de ceremonia que agrega, sin duda, importancia a su tarea. Y si se trata de vinos del siglo XIX y más atrás, la impostura es mayor.

En el caso de Broadbent solía colocar un reloj a la vista, porque iba puntuando minuto a minuto la evolución que iban teniendo los vinos después de abiertos. Además sostiene que "un vino muy añejo hay que olerlo de inmediato porque su aroma desaparece muy rápido".

Según sus dichos, el mejor vino que degustó fue un Lafite 1870 embotellado en una magnum . Es evidente que hoy no podría integrar esta cofradía de expertos voladores, que aterrizan, catan 200 vinos en 48 horas, los puntúan prolijamente, cobran y parten hacia el próximo embuste, perdón, quise decir, la próxima cata.

Final de la primera parte. No suelo sentir simpatía cuando me dicen "continuará", quizás por un trauma que me viene de cuando era chico e iba a ver al cine Grand Splendid las películas de Buck Rogers , que siempre pasaban a la semana siguiente justo en el momento en que -en el medio del espacio- el malo ¡abría la portezuela! de la nave espacial y se preparaba a arrojar al héroe ¿al vacío? Pero me queda muchísimo todavía por comentar del libro de Benjamin Wallace y la trama de fraudes que relata. Y prepárese, porque los nombres de famosos intachables que cita son para el escalofrío. Se lo quedo debiendo... .

Miscelánea enológica. Esta semana tuve dos experiencias que deseo contarle. La primera es que desempolvé una botella de Carrascal 1988 , que venía de las épocas en que Bernardo Weinert y Raúl de la Mota iban por las viñas tomados del brazo. Una experiencia inolvidable. Veintiún años después se mostró como un gran vino, con todo su aroma y su sabor en una evolución increíble, que se dio de patadas con la cháchara sobre la guarda de vinos argentinos, el olor a cuero húmedo, el aroma a agua deshidratada, etc.

La otra experiencia fue probar los vinos Tomero de la Bodega Vistalba de Carlos Pulenta. Probé un 2004 y un Reserva 2006, ambos hechos con la cepa Petit Verdot , que Carlos los llevó a Bélgica y provocaron un gran suceso. Esta cepa es poco conocida por el público, porque se la ha utilizado para cortes, pero en el caso del Tomero y la mano de Pulenta, queda claro que le han hecho por fin justicia.

A mí se me presentó con mucha mejor nariz el 2006 que el 2004, pero ambos muy agradables para el paladar, con la madera justa que no llega a desvirtuar el bouquet. Y hablando de colocar vino en los Países Bajos, si hay alguien experto en el tema ese es Carlos, no lo dude.

Por Alejandro Maglione Especial para lanacion.com amaglione@lanacion.com.ar
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