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Una amistad peculiar

Mori Ponsowy Para LA NACION

Sábado 30 de mayo de 2009
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Hace algunos años, un amigo me regaló un libro cuyo título es igual al de esta nota. Aunque él y yo compartíamos el amor por la literatura, no creo que me haya dado el libro porque lo considerara una gran obra literaria sino, simplemente, por su nombre: "una amistad peculiar" era también el modo como nosotros nos referíamos a nuestra relación. No éramos novios ni amantes, pero nos sentíamos unidos por un lazo especialmente fuerte y nos parecía que la palabra "amigos" no bastaba para describirlo.

El libro es una rareza. El autor es Dirk Bogarde -el famoso protagonista de películas como El sirviente , Portero de noche y Muerte en Venecia - y está compuesto por las cincuenta y ocho cartas que él envió, entre marzo de 1967 y enero de 1970, a una mujer a quien nunca conoció personalmente. "Nunca nos vimos y nunca nos hablamos", escribe Bogarde en el prólogo. "Ni siquiera sé con certeza qué edad tenía." La amistad empezó cuando, en una peluquería de Nueva York, ella ojeaba una revista inglesa y, al toparse con una entrevista con Bogarde, notó que la casa en la que aparecía fotografiado era la misma en la que ella había vivido hasta que el inicio de la guerra, en 1939, la forzó a abandonar Inglaterra. El amor que había sentido por esa antigua casa de campo del siglo XIII, sumado a la sorpresa de que ahora su dueño fuera una estrella de cine, la impulsó a escribirle a Bogarde. El le respondió inmediatamente, lo que dio origen a una relación intensa y excepcional que duró hasta la muerte de ella, tres años después.

Me he acordado mucho de ese libro en los últimos tiempos, sobre todo cada vez que en mi casilla de correo aparece un mensaje nuevo, originado en Facebook, que dice "Fulano quiere agregarte a su lista de amigos". Al principio, me ponía muy contenta cada vez que me llegaba un mensajito así: ¿a quién no le gusta tener amigos? Me alegró encontrar amigas de infancia, enterarme de que mi primer novio me recuerda con cariño, y volver a tener contacto con compañeros de universidad a quienes les había perdido el rastro. Cada vez que confirmaba una "solicitud de amistad" o que alguien aceptaba mi propia solicitud, veía con orgullo crecer mi número de amigos. De los primeros tres o cuatro, pasé a tener unos cuarenta en una semana y luego, en cuestión de meses, alcancé a los ciento veinte. Toda una hazaña para una introvertida que, hasta entonces, había creído que podía contar a sus amigos con los dedos de una mano.

Las dudas empezaron cuando me llegaron las primeras solicitudes de amistad de personas a quienes no recordaba conocer. Entraba a sus "perfiles" para refrescar mi memoria y enterarme de quiénes eran, pero seguían resultándome extraños. Algunos de esos desconocidos tenían la gentileza de agregar algún pequeño texto a su solicitud, diciendo de dónde creían conocerme o por qué me escribían. Pero la mayoría de las solicitudes llegaban sin nada: apenas un nombre extraño de alguien que quería agregarme a su lista y que yo lo agregara a la mía. Yo no sabía si hacer clic en "Aceptar invitación" o en "Rechazar invitación". Me parecía que si los agregaba a mi lista, de alguna manera tergiversaba la realidad y desvirtuaba el estatus de los que ya formaban parte de ella. Pero, por otra parte: ¿por qué no aceptarlos si la amistad es algo noble? Finalmente, en la mayoría de los casos, optaba por hacerme la distraída y cerraba la ventana de Facebook, sin tomar ninguna decisión.

Aunque no sabemos nada sobre lo que decían las cartas de la señora X a Bogarde -salvo lo que podemos deducir al leer las respuestas de él- supongo que el primer mensaje que ella le envió diría algo más que "Quiero agregarte a mi lista de amigos". De hecho, al responder, él le agradece "su extensa y encantadora carta" y confiesa que se siente "fascinado y sorprendido" por lo que ella cuenta. Imagino que si la señora X no se hubiera tomado el trabajo de escribir una carta "encantadora", Bogarde jamás le habría contestado y nunca se habrían convertido en amigos, peculiares o no.

En sus primeras cartas, Bogarde habla de la casa y, sobre todo, del gran jardín. "Sí, el camino de los castaños todavía está ahí", escribe. "Hoy, una explosión de nardos y margaritas, miles y miles de ellos. ¿Fuiste tú quien plantó la lila blanca en el rincón fuera de la cocina?" Pero a medida que la amistad va creciendo, los temas pasan a ser más íntimos y, las cartas, cada vez más sustanciosas. El habla de cuánto le costó acostumbrarse a ser una estrella de cine; describe la falta de libertad, las complicaciones para salir a la calle, el desagrado que le producían las mujeres "histéricas" que se escondían en lugares insospechados con tal de verlo de cerca. Le transmite la impresión que le producen las ciudades que visita: Viena, París, Gammarth, Budapest. Le escribe sobre la gente con quien se topa en las fiestas (Los Beatles, John Gielgud, la reina de Inglaterra), los directores con los que trabaja, el modo en que lo afectan los personajes que interpreta. Hablando de Accident , dice: "Cuando terminó la película y Stephen tuvo que morir, digamos, porque no había lugar para él en mi vida, me sentí totalmente destrozado".

Bogarde y la señora X se hacen adictos a su correspondencia. Ella le escribe diariamente y, aunque él lo hace con menor frecuencia, los días en que no escribe una carta, al menos le envía una postal. Cuando ella se enferma, él le manda libros para que se entretenga en la clínica. El cariño que se tienen es tan sincero que ella quiere legarle un Modigliani, pero Bogarde lo rechaza con humor, alegando que no es lo suficientemente grande para su casa. No hay tema que dejen sin tocar, y si eligen el adjetivo "peculiar" para referirse a su amistad, es porque saben que la cercanía que han logrado crear no es frecuente.

Se me ocurre que, si decidiéramos hacer un continuo con los distintos tipos de amistad, en un extremo podríamos poner las amistades peculiares y, en el otro, las ordinarias. Las primeras se caracterizarían por la cercanía, el conocimiento y el amor entre los amigos, y las segundas, por la distancia, el desconocimiento mutuo y la falta de verdadero interés. Las amistades peculiares serían las que pasan pocas veces en la vida y, las otras, las que ocurren en cada esquina, las que mantenemos con quienes nos cruzamos en el ascensor y con todas aquellas personas que nos presentaron alguna vez, pero cuyos nombres no recordamos. Mi hipótesis es que casi todas las amistadas que se originan en Facebook pertenecen al segundo grupo... aunque, en realidad, si uno quisiera ser fiel al significado de las palabras y no someterlas al proceso de decoloración y banalización que supone su incorporación al léxico mediático, las ordinarias ni siquiera deberían ser consideradas amistades.

¿Qué es la amistad, sino una larga conversación sostenida a través del tiempo? Una conversación entre dos personas que se sienten queridas y comprendidas en su singularidad por el amigo. "No es que simplemente conteste tus cartas. Te escribo. Trato de conversar contigo", dice Bogarde. "Disfruto esta relación silenciosa, más de lo que puedo decirte. Pienso en ti muy seguido; debo decirle esto o aquello otro; contarle algo de lo que me enteré, o hablarle sobre una música que escuché..." Me pregunto: ¿cuánto diálogo, cuánta escucha, cuánto lugar para que cada individuo se manifieste en su propia singularidad hay en Facebook? A diferencia de los blogs, aquí la página de cada miembro se parece tremendamente a las páginas de todos los demás; cambian las fotos y los nombres, pero las variaciones que cada quien puede hacer en su propia página son estrechísimas. Facebook uniformiza a sus doscientos millones de usuarios. Los convierte en engranajes de un sistema que atenta contra la profundidad, la calidez y la originalidad.

"El libro de las caras": eso significa, literalmente, Facebook. Tergiversando una vez más el significado de las palabras, se trata de un libro que no es libro y que funciona más como álbum de figuritas que como ninguna otra cosa, pues su principal objetivo parece ser coleccionar, sumar caras o nombres a la lista, juntar "amigos" sin importar quiénes sean, ir llenando las páginas vacías del ciberespacio que nos ha sido asignado hasta tener más amigos de los que nos es posible recordar y, sobre todo, amar. "La Librería Sumsum quiere ser tu amigo"; "Súmate a la causa por Keké, el perro quemado vivo". Me encantan las librerías y los perros, pero, francamente, jamás le contaría mis problemas a una librería y, en cuanto al pobre animal y todos los otros pedidos de firmas que llegan diariamente, después de haber leído tantas veces acerca de organizaciones humanitarias que desviaban recursos hacia actividades inconfesables, prefiero documentarme bien antes de adherir a cualquier causa.

Toda la crítica anterior tiene que ver con el mal uso que hacemos -y nos vemos obligados a hacer- de las palabras. Si en vez de "amigo", Facebook empleara alguna otra palabra, las relaciones que propicia serían más claras. ¿Qué cosa quieren realmente las personas, los negocios y las causas que piden ser nuestros amigos en Facebook? Quieren nuestra atención; que sepamos que existen; que los miremos; que estemos de acuerdo con sus cruzadas. "Fulano quiere un pedazo de tu tiempo", sería la manera correcta de formularlo. O, mejor: "Fulano quiere que seas su cliente".

Supongo que casi todos queremos ser famosos, que nos quieran, tener al resto del mundo mirándonos embelesados. Esta es otra explicación para querer coleccionar amigos en Facebook: no se trataría sólo de juntar caras, sino de hacernos la ilusión de que somos amados por muchos otros. Amor peculiar, éste, que lo único que da y lo único que pide es unos segundos de atención: el tiempo que lleve hacer clic en "Aceptar". ¿Será que eso es lo único que estamos dispuestos a dar al prójimo en los tiempos que corren? Una especie de quid pro quo individualista, de "yo te miro y, a cambio, tú también me miras", mientras olvidamos convenientemente que no somos más que números, idénticos unos a otros, perdidos en la noche de la infinita y anónima comunidad virtual.

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