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El secreto de la revolución digital

El autor de Bit Bang narra aquí la génesis de su libro, un viaje guiado al modo en que "piensan" las máquinas actuales

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LA NACION
Sábado 06 de junio de 2009

He aprendido algo. Es más fácil escribir un libro que escribir sobre un libro que hemos escrito. Para empezar, Bit-Bang. Viaje a la revolución digital no es mi primer libro. Aparte de mis cuentos, que en su mayoría ya han sido publicados, tengo escritas dos novelas, que reposan inéditas en mi biblioteca. Estos experimentos de juventud me enseñaron la gimnasia mental que permite mantener un libro de forma constante en la cabeza durante meses, verlo crecer sin podarlo en exceso, cobijarlo sin sobreprotegerlo.

Llegó después otra gimnasia, más rigurosa y constante: durante los últimos 16 años vengo publicando una columna de opinión, pistas e ideas sobre tecnología digital, "La compu", en LA NACION.Estas lecciones conducirían a la experiencia de escribir Bit Bang , que, eso sí, es mi primer libro publicado.

Y ésa es una historia extraña.

***

Empieza unos 16 años atrás, cuando coordinaba un taller de escritura en la sede de la Avenida Alem del Ciclo Básico Común de la UBA. Entre las muchas personas que asistieron estaba Natalia Ginzburg (homónima de la celebrada escritora italiana), que a causa de esas apasionadas tertulias decidió cambiar su rumbo académico. Abandonó Arquitectura y se anotó en Letras. Con los años se convertiría en editora de libros de Editorial Atlántida.

Natalia solía leer "La compu", y un día me mandó un mail en el que me proponía escribir un libro sobre tecnología para Atlántida. Eso fue en febrero de 2008, exactamente un año antes de que entregara el manuscrito de Bit Bang . Cuando tuvimos la primera entrevista quiso saber por qué no tenía ningún libro publicado. "Supongo que estaba esperando que alguien me lo pidiera", le respondí.

Sin embargo, tuvo que tenerme mucha paciencia, fue un año complicado para mí y la agenda no ayudaba. Por fin, varios meses después, nos sentamos en el café Los Inmortales, acá enfrente del diario, a definir lo que con el tiempo se convertiría en Bit Bang . Ese día hubo un simulacro de incendio en el edificio y aproveché esos 45 minutos libres para decidir con ella el contenido del libro. Así de mal venía mi agenda.

Incendio virtual mediante, le planteé una serie de ideas que se ajustaban -yo creía- al modelo del libro de tecnología. "No están mal -ajustició mi futura editora-, pero lo que quiero es un libro fuera de lo común, que sólo vos puedas escribir, no simplemente otro libro de computación." Me sentí honrado por esta confianza, y todavía me siento así, pero había hecho un papelón. Y lo sabía. La verdad es que si Natalia no hubiera criticado con diplomática severidad mi primera y timorata lista de temas, Bit Bang nunca habría sido lo que es.

Porque resulta que es, también, un insólito libro de computación.

***

Estaba, pues, arrinconado, ahí en Los Inmortales, y apuesto a que no habría podido sino balbucir incoherencias, si no fuera porque guardaba desde hacía años, secretamente, una idea para un libro, una idea loca. Una idea quizás demasiado loca.

Perdido por perdido, con mi futura editora aguardando una idea que justificara su confianza y los pasados meses de espera, mostré mis cartas. Más de una década atrás me había preguntado por qué los chicos saben manejar computadoras y celulares mejor que los adultos. Tendemos a creer que "hoy los niños son más inteligentes", pero la verdad es no hubo ningún salto evolutivo en la especie. No ha habido tiempo para eso. Lo que ocurre es otra cosa.

Las mentes de nuestros niños se han formado en un clima técnico completamente diferente del de nuestra infancia. Esto parece obvio, claro, hasta que lo miramos de cerca. Descubrimos entonces que entre nuestra infancia y la de nuestros hijos no han pasado 20 o 30 años. En términos de avance técnico han transcurrido más de 300. Por eso los chicos parecen más inteligentes.

Sin embargo, hay algo evidente que solemos pasar por alto, le dije a Natalia, entusiasmado (¿cuántas veces había imaginado que le vendía esta idea a un editor?): el nuevo paradigma de las máquinas y herramientas modernas tiene que ser muy sencillo, para que hasta un chico lo pueda entender. "¿Sencillo?", me preguntó incrédula. "Sí, mirá", le contesté, y para la segunda ronda de café tenía en una servilleta el esquema de todo el secreto de la revolución digital e Internet. Y, en efecto, era algo muy sencillo. Pero no sólo eso. Era algo sencillo y no publicado. Faltaba un volumen sobre computadoras que no mencionara ningún "paso por paso", ninguna abstrusa receta de clics, sino que, por el contrario, describiera las líneas de fuerza universales de todas las máquinas digitales, los conceptos no sólo omnipresentes, sino increíblemente sencillos que revelan cómo piensa una PC, un celular, una cámara digital. "Cuando ves esto con los ojos de un chico, entendés todo de golpe, se te va el miedo, te liberás", le dije.

"...se es el libro que quiero", selló Natalia.

Claro, ahora había que escribirlo.

***

La reunión en Los Inmortales se produjo ocho meses antes de que entregara el manuscrito, que de manuscrito, evidentemente, no tuvo nada. Computadora a full , decenas de mails y horas de chat. Saqué el prólogo y los primeros dos o tres capítulos justo antes de que terminara el año, para desesperación de mi editora, que no tenía claro cómo me las arreglaría con las fechas de cierre, y luego le dediqué las vacaciones enteras. Cuando estaba en vena escribía de 10 a 12 horas seguidas; cuando no, corregía. Había pasado tanto tiempo pensando en ese libro que, simplemente, me senté y lo escribí. Había leído muchas obras de tecnología y ahora tenía la posibilidad de insertar en esa biblioteca una que aún no existía. Fue una aventura extraordinaria. Pero no sin sobresaltos.

Así como las computadoras ayudan a redactar y editar con más eficiencia, su naturaleza líquida facilita el desliz. El antiguo y todavía irreemplazable papel me ayudó en las etapas finales. Como se hace con el desarrollo del software , iba congelando versiones de Bit Bang , rigurosamente numeradas, luego de revisar la copia en papel. Pero no en vano uno es neurótico, obsesivo y perfeccionista. Hubo media docena de copias preliminares en papel.

El 24 de febrero entregué el original. Ese día pasó el cometa Lulin. Me enteré a la noche. Me puso contento y me dio esperanza. Lo sentí como una buena señal. Pero no se lo dije a nadie.

Hasta ahora.

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