Si usted es una persona con dificultades visuales, navegue el sitio desde aquí

La música que tuerce los destinos

SEGUIR
LA NACION
Sábado 06 de junio de 2009

Un chico toca una melodía de Bach, con su propio violín, en una casa de la villa 31, y los vecinos y los pibes de la calle se van juntando para escucharlo en silencio religioso. Parece algo inaudito, una música mágica e inesperada que de repente baja y lo cambia todo. Luego, una chica toca unos compases de Brahms con su flamante clarinete en la zona más marginal de Lugano y cesan todos los ruidos y se callan todas las bocas como si Dios hubiera irrumpido en los páramos con una luz analgésica y cegadora. Esa clase de imágenes surrealistas pero verdaderas no están vinculadas con una película, sino con un pianista: Claudio Espector, niño prodigio que surgió del frío y padre de todos esos milagros.

Ahora le dicen el "maestro" porque lo es, pero en 1978 sólo era un instrumentista excepcional que tocaba música clásica y que había hecho un curso decisivo con el artista emérito de un país que ya no existe. El artista se llamaba Rudolf Kerer y el país era la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Al año siguiente el pibe argentino ganó una beca del Conservatorio de Moscú, y sus padres y su novia fueron a despedirlo a Ezeiza. Todos lloraban. Claudio iba a subirse a un avión por primera vez en su vida y se marchaba por ocho años al otro lado del mundo. A una ciudad donde no conocía a nadie, donde no se hablaba español ni inglés, con un sistema político y humano absolutamente distinto, y una sociedad llena de soledades y cosas desconocidas.

Cuando llegó a la capital del socialismo real lo pusieron en una sala del aeropuerto y le pidieron que esperara. Estuvo esperando horas y horas en silencio, hasta que a la una de la mañana pasaron a buscarlo en un ómnibus vacío. Durmió en una residencia helada con unos estudiantes palestinos, y al día siguiente finalmente lo hospedaron en el edificio del Conservatorio: le tocó compartir habitación con un mexicano; tenían un piano vertical en cada cuarto y estaban obligados a levantarse a las seis de la mañana para hacer fila y acceder a los pianos de cola que abarrotaban el subsuelo. Los pianos de cola no alcanzaban para todos y había que madrugar mucho para tocar siete horas seguidas, ensimismados en las partituras y febriles en el arte de la digitación.

El maestro Espector junto a dos alumnos extraordinarios de Lugano: Ezequiel y Cecilia
El maestro Espector junto a dos alumnos extraordinarios de Lugano: Ezequiel y Cecilia. Foto: LA NACION / Rodrigo Néspolo

Lo primero que le impresionó a Espector fue comprobar el prestigio popular que tenía en Rusia el oficio de músico académico. Los taxistas y los comerciantes de la calle veneraban a los alumnos del Conservatorio y los chicos de ocho o nueve años que tocaban allí tenían un nivel asombroso. La música había alcanzado una masividad y una democratización únicas.

Ocho años después, al regresar a Buenos Aires y chocarse con la realidad de un país que no valoraba demasiado a sus artistas ni la formación musical de los niños, Claudio sintió el impacto profundo y la necesidad imperiosa de hacer algo.

En principio, abordó conciertos profesionales e integró un sexteto exquisito bajo la dirección de Alicia Terzian: el Grupo Encuentro de Música Contemporánea, con el que dio varias veces la vuelta al mundo. Pero más tarde, en 1998, lo llamaron de la Secretaría de Educación del gobierno de la ciudad para ver qué se podía hacer con la repitencia y el fracaso escolar. Espector les propuso crear escuelas de música, orquestas en barrios pobres. No existía la demanda, pero había que crear la oferta. Le aceptaron el convite y entonces Claudio se abocó a los colegios de Lugano y lanzó invitaciones para tocar violín, violoncelo, flauta travesera y clarinete. Las lanzó con cierto escepticismo, pero para sorpresa de todos se anotaron trescientos chicos. Espector formó un grupo de docentes que eran solistas en las principales orquestas de Buenos Aires y después realizó una primera selección: tuvo que elegir a sesenta chicos porque no daban abasto.

Los niños se acercaban respetuosamente a los instrumentos, los probaban y elegían por instinto aquel que le calzaba mejor. Es milagroso ese momento crucial en el que un músico novato descubre que su sensibilidad y hasta su cuerpo están hechos para un violín o para un celo.

La música reordenó a muchos, les ayudó a mejorar la escolaridad. A otros no, pero las orquestas les generaron a todos por igual rigor y aplicación responsabilidad y orden. Chicos que rayaban el pupitre pasaron a cuidar con esmero y delicadeza sus instrumentos. La orquesta es un sistema colectivo y civilizador donde hay que escuchar a otro o acompañarlo o retrucarle, con movimientos suaves y a veces fuertes, y donde se pone en juego la capacidad para superar esa frustración que hay siempre entre lo que un artista cree que es y lo que efectivamente resulta: la música que escucha dentro de su propia cabeza y la que de verdad es capaz de producir.

Hicieron su primera presentación en sociedad con un cuento musical lleno de onomatopeyas que los chicos producían con sus instrumentos. Sus padres no podían creer lo que habían evolucionado. Desde ese instante inaugural hasta hoy han pasado once años.

Espector ha logrado armar 14 orquestas en Barracas, La Boca, Constitución, Once, Lugano, Parque Avellaneda, Mataderos, Retiro y Flores. Para esa monumental tarea, consiguió aglutinar a 150 profesores que provienen de sinfónicas, filarmónicas y otras formaciones de primer nivel de la Argentina. Y a más de mil chicos de clase media y baja, muchos de ellos carenciados y habitantes de villas de emergencia.

Hay orquestas integradas completamente por chicos de esos asentamientos abandonados por el Estado: pequeños grandes músicos que viven en la 21, en la 31, en la 1.11.14, y que tocan Beethoven, Bartok y Stravinsky. Hay ochenta chicos de la sede de Mataderos que viven en Ciudad Oculta, hijos de trabajadores inmigrantes de los talleres textiles en la orquesta de Parque Avellaneda, músicos amateurs pero camino a ser profesionales que habitan casas tomadas en Constitución y Once. Pero no hay diferencias entre ellos y los chicos de las clases medias con quienes se sientan a hacer música.

Ningún miembro de las orquestas fue alguna vez preso, ni produjo hechos vandálicos, aunque a los profesores se les parte el corazón al ver a veces los estragos de la desnutrición en niños pequeños o la violencia que algún padre borracho ejerce sobre sus hijos. Por lo general, sin embargo, la música los ha convertido a esos chicos en personajes admirados dentro de sus propias comunidades. Hace unos días un percusionista de Flores se sacó de las casillas porque habían llevado preso a su padre durante una razia. Al pibe lo habían echado de un par de escuelas y estaba "haciendo bardo" en la orquesta. "Voy a seguir hasta que me echen", les dijo a sus maestros. "No te vamos a echar", le dijeron ellos. "¿Ah, no? Ya vamos a ver", los desafió. Boicoteó todos los ensayos, pero al viernes siguiente, ante el público, a la hora de la verdad, tocó con una pericia y unos matices extraordinarios: lo aplaudieron de pie.

Pibes endiablados llegan a los ensayos antes que los profesores y están horas abstraídos con sus tersas melodías. Profesores renombrados trasladan en sus autos particulares los instrumentos que se necesitan. La música lucha contra el destino, y en ocasiones lo vence.

Espector se ríe al recordar un congreso de educación informal que se hizo en Bariloche y donde vinieron docentes de todas partes del mundo. El maestro viajó con quince chicos de entre 12 y 16 años, un grupo de cámara que quería conocer la nieve. Pero la nieve faltó a su cita y los chicos se sacaron los zapatos en el Hotel Llao Llao y anduvieron descalzos por el lobby riéndose y maravillándose de todo. Luego, dirigidos por Claudio, tocaron en el congreso y dejaron con la boca abierta a los asistentes. El modelo de las orquestas, con los profesores detrás de los atriles enseñando a los alumnos de un modo personalizado, y sobre todo el resultado demoledor de la música fascinó a los docentes que venían de Europa: ovacionaron hasta el delirio temas de Piazzolla; fragmentos de "Cuadros de una exposición", de Mussorgsky, y hacia el final también una versión deslumbrante de "Caminito".

Las orquestas tocaron varias veces en el Colón, el San Martín y el Coliseo, y participaron con éxito notable del Festival Martha Argerich. También fueron teloneros de Queen y de los Fabulosos Cadillacs. Hay cerca de 150 chicos que tocan a un nivel superior, un clarinetista está en la Sinfónica Nacional y varios se impusieron en concursos de la Orquesta Académica del Colón. Muchos ya se ganan la vida tocando y enseñado música.

Uno de ellos se llama Ezequiel. Entró a los ocho años en la orquesta de Lugano con la idea de tocar el clarinete, pero cuando agarró el violín descubrió que ese instrumento, esa postura y ese sonido estaban hechos a su medida. No llegaba a esa instancia con una gran vocación musical, pero durante ese primer año descolló de una manera tan grande que el director de la escuela hizo una excepción y le regaló un violín.

Llevar un violín al barrio y tocarlo todas las noches era un hecho revolucionario. El violín se convirtió de pronto en un objeto de superación. Como Paganini, que aprendió jugando e investigando, Ezequiel leía apasionadamente libros de técnica y tocaba a Vivaldi, mientras su vecino salía al patio trasero y se sentaba a escucharlo con devoción. Bach y Vivaldi no le impiden liderar también una banda de metal y practicar kung fu, aunque últimamente ya no tiene tanto tiempo, entre las presentaciones profesionales, sus clases en el Conservatorio Nacional, las lecciones que está tomando para ser luthier y las enseñazas que él mismo imparte, ahora como profesor, en la orquesta de Lugano.

"La música no salva pero abre puertas -me explica el violinista-. Un pibe virtuoso rompe todos los prejuicios que hay contra los pobres en esta sociedad. La música te da atajos para ir por otro camino."

En Lugano, el maestro Espector me señala a otra instrumentista notable: Cecilia, una flautista que entró a los diez años en la orquesta. Ya estudiaba danza clásica y teatro, y sus padres no estaban muy de acuerdo en agregar la enseñanza de un instrumento a tanta actividad creativa. Aceptaron bajo una resignada suposición. Que se trataba de un berretín pasajero. Al llegar a la escuela, ese primer día, resulta que la niña no estaba anotada y se puso a llorar. Los profesores no pudieron resistir ese llanto y la dejaron pasar igual. A la tercera semana ya tocaba flauta travesera, guiada por un profesor de la orquesta estable del Colón.

Se lució en muchos teatros importantes y en cines de barrio a sala llena, pero el momento más emotivo le sucedió precisamente en el Colón, cuando hace siete años tocaron quinientos chicos latinoamericanos y para llegar bien a ese día mítico y deseado tuvieron que redoblar la marcha, sobreexigirse y aprender en tiempo récord obras complejas de grandes genios de la lírica que estaban por encima de sus posibilidades técnicas. El concierto fue estruendosamente bueno y Cecilia estuvo a punto de quebrarse en lágrimas mientras saludaba en el escenario.

Al contrario de la experiencia vivida por Ezequiel, nadie le regaló a Cecilia una flauta, con lo que su práctica se reducía a tocar durante los ensayos de la orquesta oficial o en el Conservatorio Manuel de Falla, donde estudia para el profesorado. Ella y su familia estuvieron ahorrando todo un año, peso sobre peso, para comprar una flauta travesera de primer orden. Cecilia la compró usada y recuerda que viajó abrazada a ella en el colectivo, llorando de felicidad, y que al llegar a su casa vaciló en ponerse a tocar, y que en una brevísima ceremonia la extrajo de su estuche y comenzó a probarla. Estuvo tocando toda la tarde y toda la noche. No podía dejar de tocar. Tocó hasta el día siguiente. "La música cambia a las personas -me dice-. Los padres valorizan más a sus hijos. La música cambió mi vida. Y Claudio Espector fue la persona que nos dio esa oportunidad."

El sueño de aquel pianista poseído por los demonios de la música que tocaba en el subsuelo del conservatorio de un país que ya no existe consistía en tomar a un niño de seis años, enseñarle todo lo que había aprendido, presentarlo al mundo y convertirlo en una megaestrella. No podía imaginar todavía, bajo la nieve de Moscú, que la música cambiaría también su destino y que a cambio de un genio único y egoísta lo esperarían cientos y cientos de chicos entrañables salvados del olvido.

Miro al flaco Espector, ya canoso y sonriente, y escucho imaginariamente a Bach. Lo están tocando en estos momentos un violinista en una casa de la villa del Bajo Flores y otro en la zona oeste de la villa 31, y hay un clarinete que suena en una calle de Constitución y una flauta que se abre paso en Mataderos. La música ataca por todos lados. Ataca y nos deja perplejos. Tiene una luz intensa. Milagrosa.

Mirá el multimedio

El personaje

CLAUDIO ESPECTOR Armó 14 orquestas con niños en la ciudad

Quién es: un eximio pianista clásico que estudió ocho años en el Conservatorio de Moscú, que luego dio varias veces la vuelta al mundo con el Grupo Encuentro de Música Contemporánea y que ahora también toca en el grupo tanguero de Daniel Binelli.

Qué hizo: creó un programa donde ya hay mil chicos de clase media, baja, villas de emergencia y casas tomadas que tocan música en Barracas, Lugano, La Boca, Parque Avellaneda, Mataderos, Retiro, Flores y Once.

Algunos logros: hay 150 chicos con nivel profesional que ya viven de la música.

Te puede interesar