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El zapping amoroso y las recetas de la abuela

Roxana Kreimer Para LA NACION

Domingo 07 de junio de 2009
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Los estudios antropológicos nos informan que, en la mayoría de las culturas humanas, predominan los modelos de pareja sucesiva. Sólo el catolicismo planteó la indisolubilidad del vínculo matrimonial. Pero lo que nos diferencia de estas culturas en las que también es natural separarse cuando la pareja no se lleva bien es que se trata de contextos colectivistas con fuertes lazos sociales, dotados de sistemas solidarios para la crianza de los hijos y para la provisión de bienes materiales y espirituales.

En esas culturas el que no está en pareja no se siente solo.

En Occidente, cada vez son más las personas que tienen vidas plenas sin estar en pareja. Disponemos de muchas más opciones que nuestras abuelas, tanto para la relación de pareja como para otras formas de sociabilidad, y esta diversificación de posibilidades es sin duda una riqueza.

No obstante, la contracara del declive del modelo social basado en el ideal de la familia y de la pareja duradera es la soledad que padecen muchas personas en las grandes ciudades, donde los ámbitos de encuentro se reducen cada vez más, los espacios públicos se convierten en corredores de vehículos y el prójimo a menudo es visto como un potencial enemigo: si un hombre se acerca a una mujer en la calle, lo primero que ella piensa no es que la va a invitar a tomar un café, sino que le puede robar.

Si fuera correcta la hipótesis de que los vínculos de pareja se disuelven cada vez más rápido, habríamos pasado de un modelo de relación en el que se toleraba demasiado a otro en el que ya no se tolera casi nada.

Con el zapping amoroso la pareja duraría tan poco como un trabajo, un electrodoméstico de última generación o un candidato "testimonial". La mayoría de los padres, con suerte, verían a sus hijos los fines de semana. Las mujeres de más de 50 años que desearan formar pareja verían que muchos de sus potenciales candidatos las confinan al outlet , incapaces de valorar la belleza que pueden reflejar las arrugas.

No debemos lamentar el ocaso del amor romántico. Nos hemos librado de un conjunto de ideas nefastas que, a las mujeres en especial, nos han taladrado el corazón y, lo que es peor, el cerebro: que existe una sola persona en el mundo destinada a satisfacernos, que si uno no cae de entrada fulminado por el rayo amoroso debe fijarse en otra persona, que el amor consiste sólo en reconocer semejanzas más que en convivir en armonía con nuestras diferencias, que una pareja que se separa es un fracaso. Si valoramos la potencialidad del inicio, cuando todo parece viable, pero aún es incierto, ¿por qué no valorar lo que ha sido pleno, aunque haya concluido?

Sería de lamentar el ocaso del valor del compromiso, no el formal (instituido por el Estado o la religión), sino el que se establece entre los integrantes de una pareja como la firme voluntad de seguir junto al otro.

Si bien es cierto que en los modelos tradicionales del Occidente moderno con frecuencia fue sólo la fachada de un vínculo meramente instrumental, a veces es lo único que sostiene a la pareja a la hora de enfrentar dificultades de todo tipo.

Si esta situación es transitoria y luego vuelven a retomar su lugar los restantes componentes de la relación amorosa, el compromiso será un eslabón imprescindible para favorecer la continuidad de la pareja en momentos difíciles. Si, en cambio, ante los primeros conflictos de peso las relaciones humanas se resquebrajan, habremos proclamado el triunfo de un individualismo feroz, la incapacidad de reconocer nuestras semejanzas y aceptar nuestras diferencias. La lógica de la sociedad de consumo habrá conquistado finalmente nuestros corazones.

La autora es licenciada en Filosofía y doctora en Ciencias Sociales

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